martes, 4 de abril de 2017

EL MARQUÉS DE MONTALBÁN, HERMANO MAYOR DE LA COFRADÍA DE LA VERA CRUZ*

Los archivos nunca dejarán de sorprendernos. Decimos esto porque ellos son los guardianes de la historia, sin interpretaciones coyunturales ni barnices teñidos; máxime cuando se da el caso de la cofradía de la Vera Cruz montillana que apenas conserva fuentes documentales directas (reglas, inventarios, libros de cabildo, cuentas, etc.), dado que estuvo inactiva en algunos periodos, además de su mudanza de sede canónica en 1809, por orden episcopal.

El hecho de no contar a día de hoy con la documentación producida por la cofradía en tiempos pasados nos limita su conocimiento y evolución interna, sus pormenores, su anual devenir y la coexistencia e integración social que mantuvo en la Montilla señorial de la modernidad. Para llenar este vacío histórico sólo nos queda utilizar las noticias que proporcionan los archivos públicos y eclesiásticos que, si bien no guardan la intimidad y regularidad de lo particular, conservan numerosas referencias que nos permiten reconstruir –de algún modo– las actividades de la cofradía donde se requería la intervención de la autoridad diocesana o la validación legal de la «fe pública».

Por ello, los archivos de protocolos son un venero inagotable de noticias dormidas entre los legajos notariales donde se registraron contratos, compras, ventas, convenios, donaciones, mandas, fundaciones de obras pías, etcétera, en los que la cofradía actúa como una de las partes.

Detalle de la escritura notarial donde el mayordomo de la Vera Cruz alude al Marqués de Montalbán como hermano mayor de la cofradía penitencial.

Tal es el caso que traemos hoy hasta estas páginas, pues se trata de una escritura de venta otorgada por la cofradía de la Vera Cruz a favor de Francisco Martín Márquez, en 1661. Por suerte para nosotros, dicha escritura contiene anexado el expediente informativo que reúne todos los trámites que la cofradía hubo de salvar para conseguir su objetivo, lo cual multiplica la información ofrecida en el expediente, un recorrido procesal que va desde el consentimiento por parte de la autoridad religiosa hasta los agentes que intervinieron.

Por lo que se desprende del citado instrumento, la corporación de la Vera Cruz tenía “entre sus bienes suyos propios dos olivares que el uno está en el pago de el Cuadrado linde con olivares de el licenciado Ignacio de Carmona y tierras del Lcdo. Diego de Ayala que tiene treinta olivos, y el otro a la parte del navazo de Juan Zapatero lindo con olivar de Lázaro Martín Hidalgo y de olivares del Lcdo. Bartolomé del Baño que tiene sesenta pies”[1], los cuales anduvieron en manos de varios arrendadores que los descuidaron hasta convertirlos en improductivos. Ante tal situación, los cofrades acordaron desprenderse de ellos y solicitar a la autoridad diocesana su venta a censo (una modalidad de transacción parecida al préstamo hipotecario actual), fórmula con la que aspiraban a lograr rentas más fiables y tener menos quebraderos de cabeza.

Toda la gestión del proceso recaerá en la figura del mayordomo (gerente) de la cofradía, que en ese período es José de Montemayor Rico “Familiar del Santo Oficio y vecino de esta ciudad”. Cuál es nuestra sorpresa, cuando leemos una petición ológrafa y fechada en 31 de enero de 1661 en la que solicita al obispo de Córdoba “en nombre de su Excª el Sr. Marqués de Montalbán mi señor hermano mayor de dicha cofradía y por los demás cofrades de ella”[2] la debida autorización para enajenar los citados olivares.

La solicitud continuó su cauce y en el resto del expediente ya sólo aparece el mayordomo como representante de la cofradía. Fue recibida la instancia en palacio por el Vicario General, Carlos Muñoz de Castilblanque, quien requirió la opinión del Rector de la Parroquia de Santiago, Melchor de los Reyes Flores, el cual secundaba las intenciones de los cofrades de la Vera Cruz.

En 1650 el poeta barroco Francisco de Trillo y Figueroa
 enalteció con sus versos el nacimiento de Luis Mauricio
 Fernández de Córdoba, primogénito del marqués de Priego y,
en consecuencia, marqués de Montalbán desde su nacimiento.
A la sazón, el Vicario General designó “Juez comisionado” al Rector montillano para garantizar la transparencia del proceso. El primer paso  fue tomar declaración a cuatro testigos, dos clérigos y dos seglares[3], presentados por la cofradía para confirmar la propiedad, linderos y estado en que se encontraban sendos olivares. Una vez obtenidos los testimonios, el Rector emitió un informe favorable sobre la oportuna venta de los bienes rústicos.

Cinco días después, el Vicario General dio licencia para iniciar el proceso de venta en almoneda pública, mediante pregón en la plaza mayor. A partir del día 22 de febrero, el pregonero local Bartolomé Morquecho a diario hacía pública la oferta hasta en cuarenta y nueve ocasiones, durante las cuales pujaron cuatro interesados. Finalmente, el remate tuvo lugar el día 18 de abril, fecha en la que el citado Francisco Martín Márquez elevó la postura a 650 reales, adjudicándose la adquisición de los olivares.

La venta a censo fue registrada el día 24 de abril de aquel año, ante el escribano público Marcos Ortiz Navarro. En el acta notarial se recopilaron las condiciones propias de este tipo de contratos redimibles cuyos pagos eran semestrales, en los días de San Juan Bautista (24 de junio) y Navidad (25 de diciembre) hasta completar la cantidad acordada en la almoneda.

Al margen del interés que pueda suscitar el hallazgo de la compraventa de bienes rústicos de la cofradía, práctica habitual –por otra parte– en aquellos siglos en la hacienda del estamento eclesiástico, la principal noticia que nos desvela el expediente notarial es la conexión directa de un miembro de la nobleza montillana con una cofradía penitencial, máxime ocupando el cargo de Hermano Mayor, caso insólito que hasta la fecha no habíamos visto reflejado en la documentación manejada de la época de manera tan evidente.

Pero, ¿quién era el Marqués de Montalbán? Antes de adentrarnos en la persona que ostentaba el título nobiliario en aquel momento, hemos de  tener en cuenta una serie de premisas respecto al mismo, a su origen y aplicación.

El marquesado de Montalbán fue un título creado por el rey Felipe III el 19 de mayo de 1603, a favor de Pedro Fernández de Córdoba y Figueroa, IV marqués de Priego, para ser usado por los primogénitos o herederos de la Casa señorial de Priego (al igual que sucede con el Principado de Asturias en la Corona Española). De este modo el sucesor ostentaba este título hasta recibir la jefatura de la Casa, generalmente a la muerte de su predecesor.

En 1661 el marquesado de Montalbán recaía en Luis Mauricio Fernández de Córdoba y Figueroa. Era el quinto legatario que lo usaba. Había nacido en el palacio de Montilla el 22 de septiembre de 1650 (festividad de San Mauricio, mártir), fruto del matrimonio contraído entre Luis Ignacio Fernández de Córdoba, VI marqués de Priego, y Mariana Fernández de Córdoba Cardona y Aragón, hija del VII Duque de Sessa; quienes además tuvieron otros nueve retoños, todos nacidos en Montilla y bautizados en la Parroquia de Santiago por el Abad de Rute[4].


Escudo de armas que utilizó Luis Mauricio Fernández de Córdoba
a lo largo de su vida. Sostenido por el águila primigenia de los
Aguilar, aparece orlado por el collar de la Orden del Toisón
de Oro, timbrado por corona y terciado en faja, donde muestra
 los apellidos: (1) Fernández de Córdoba, (2) Figueroa,
Enríquez de Rivera, Manuel, (3) Ponce de León.
Luis Mauricio utilizó el título de marqués de Montalbán hasta 1665, año en que muere su padre; aunque lo mantiene hasta 1679, cuando nace su primogénito, Manuel Luis, fruto de su matrimonio con Feliche María de la Cerda y Aragón, hija mayor del VIII duque de Medinaceli.

Feliche María y Luis Mauricio celebraron sus esponsales en el Palacio Real de Madrid en 1675. A partir de entonces el marquesado de Priego traslada su residencia habitual a la Villa y Corte española, cuya situación se afianza una vez que recaen sobre la Casa de Priego los ducados de Medinaceli, Segorbe, Cardona y Alcalá de los Gazules, entre otros títulos, ante la falta de descendencia por línea de varón en el apellido de la Cerda[5].

Montilla pasará de ser la capital del Estado de Priego a una ciudad más de su extenso patrimonio, donde las competencias feudales en adelante fueron asumidas por sus subordinados –tales como el Contador mayor de la Casa– que también eran sus representantes en las ceremonias y actos públicos a los que los nobles tenían la costumbre de asistir.

Luis Mauricio fallece en Madrid en 1690, siendo el primero de los titulares del marquesado de Priego en ser inhumado fuera de Montilla. Ya entrada la centuria siguiente, en 1711, su hijo Nicolás se convertirá en el X duque de Medinaceli, reuniendo bajo su persona uno de los señoríos más grandes e influyentes de Europa. Los herederos de la casa ducal de Medinaceli continuarán la tradición de usar el título de marqués de Montalbán hasta mediados del siglo XIX.

*Artículo publicado en la revista Vera+Crux de Montilla. Cuaresma de 2017.

NOTAS:


(1) Archivo Notarial de Protocolos de Montilla. Escribanía 2ª. Leg. 260, fols. 409-429.
(2) Ibídem.
(3) Los testigos fueron: El Lcdo. Juan Bautista de Reina Pbro., el Lcdo. Andrés de Aguilar Granados Pbro., Andrés de Aguilar de Alba y Cristóbal de Aguilar Granados.
(4) LLAMAS Y AGUILAR, Miguel de: Árbol real de excelentísimos frutos cuyas ramas se han extendido por lo mejor del Orbe... siendo el mejor Príncipe Don Luis Fernández de Córdoba y Figueroa, Marqués VII de Priego, Duque VII de Feria… Biblioteca Nacional de España. MSS/18126.
(5) FERNÁNDEZ DE BETHENCOURT, Francisco: Historia genealógica y heráldica de la Monarquía Española, Casa Real y Grandes de España. Tomo VI. Madrid, 1905.






domingo, 26 de marzo de 2017

LA COFRADÍA DE JESÚS NAZARENO EN EL SIGLO XVII. APORTACIONES PARA SU HISTORIA.*

 A Jaime Luque, nazareno fiel y cofrade ejemplar.

El mes de marzo del año pasado vio la luz el libro de Actas del V Congreso Nacional de Cofradías bajo la advocación de Jesús Nazareno, que tuvo lugar en la vecina población de Puente Genil en febrero de 2014. El volumen ha sido editado por la Diputación Provincial de Córdoba bajo la dirección académica del Dr. Fermín Labarga García y la coordinación de D. Alejandro Reina Carmona.

El congreso fue organizado por la cofradía nazarena pontana bajo el epígrafe: «Camino del Calvario: rito, ceremonial y devoción. Cofradías de Jesús Nazareno y figuras bíblicas». Durante la sesión académica fueron presentadas ocho ponencias y una veintena de comunicaciones. Entre ellas se encuentra la enviada por quien escribe estas líneas, cuyo título es: La cofradía y hermandades de Jesús Nazareno de Montilla a través de sus constituciones y reglas. Siglos XVI – XVIII. De ella, hemos espigado algunos fragmentos referentes a la evolución que experimentó la cofradía a lo largo del siglo XVII; no sin antes ocuparnos de sus orígenes, a modo de introducción.

La popular calle Ancha (c.1913) coronada por la iglesia y convento de San Agustín, donde se erige la cofradía de los nazarenos en 1590, y se levanta la suntuosa capilla de Jesús, entre 1677 y 1689.













Las raíces de la «cofradía y hermandad de Jesús Nazareno y Santa Cruz de Jerusalén de Montilla» se hunden en una fecha imprecisa del año 1590, como atestigua la documentación de la época. Durante su primera década de vida la cofradía de los nazarenos se organiza, adquiere sus primeras insignias y enseres, y acuerda con los frailes ermitaños de San Agustín su lugar de culto, derechos y deberes con la comunidad, para después ordenar sus primeras constituciones y reglas, que son aprobadas el día 5 de junio de 1598 y rubricadas por el provisor y vicario general Andrés de Rueda Rico(1).

La cofradía nazarena tiene una gran acogida entre los montillanos. Es la primera corporación pasionista cuya penitencia no es la flagelación sino imitar a su titular y, a su semejanza, portar una cruz a cuestas durante la estación de penitencia que hacen la mañana del Viernes Santo al templo mayor, la Parroquial de Santiago. Además, la hermandad incorpora una gran novedad en la piedad popular, pues también será la primera que posea por titular una efigie de Cristo vivo –lo que causa gran devoción entre los penitentes–, ya que hasta entonces sólo se habían venerado públicamente imágenes de Cristo crucificado (Vera Cruz) y yacente (Santo Sepulcro).

Es tal la pujanza que la cofradía adquiere en sus primeras décadas de vida que decide solicitar a la Santa Sede la confirmación pontificia de sus Constituciones y Reglas, gestión que, según el historiador Lucas Jurado de Aguilar, fue concedida el 25 de octubre de 1621 mediante Bulla papal expedida por Gregorio XV “en que les concede diferentes indulgencias y gracias, y en ella se previene que los hermanos que hubiesen de entrar en esta Cofradía hayan de hacer información de limpieza como se observó muchos años”(2).

Durante la segunda mitad del siglo XVII la cofradía se reordena jurídicamente en hermandades. Este proceso no es exclusivo, ya que también lo hacen el resto de corporaciones locales. A través del mismo, un grupo de hermanos nazarenos se obligan a desempeñar una función específica dentro del cortejo procesional del Viernes Santo, asumiendo la organización y gastos que conlleve. Así, el hermano mayor de la cofradía acepta en nombre de los oficiales tal compromiso, que se registra ante escribano público, donde se detallan los derechos y deberes adquiridos por la hermandad (hoy se llamaría  reglamento de régimen interno), que viene a cumplimentar las Reglas de la Cofradía, que quedan como Estatuto Marco.

El día 29 de marzo de 1668 el hermano mayor, Antonio Ruiz Lorenzo, acepta por escritura notarial una hermandad compuesta por setenta y ocho cofrades nazarenos, que otorgaron “y dijeron que por cuanto la dicha Cofradía en la procesión que hace viernes santo por la mañana a donde sale la imagen de Jesús Nazareno en este paso quieren salir por vía de hermandad todos los días y años de su vida y después sus descendientes y dar en cada un año sesenta hachas para que vayan alumbrando la santísima imagen solo por razón de llevarlo en sus hombros y el palio que saca”(3).

Jesús Nazareno, a su paso por el Coto, en 1934. En aquellos años
difíciles fue hermano mayor don Enrique Luque Sarramayor.
Asimismo, se obligaban por ellos y sus descendientes “para siempre jamás de sacar en sus hombros la dicha imagen de Jesús Nazareno y llevar las varas de el palio y dar sesenta hachas de cera para vayan alumbrando el Santo Cristo y toda la gente que fue necesario para ello con sus túnicas todo en cada año”, y recogían en cinco capítulos la organización y puestos en la procesión: “se han de hacer cinco cuadrillas, nombrando en cada una su cabo y señalando los puestos que ha de llevar cada una para lo cual se a de echar suertes todos los años”. Los derechos post mortem recibidos para sí y sus herederos: “si alguno de los hermanos de esta Hermandad muriere los hijos de los otorgantes o los que sucedieren en su lugar de cada uno han de tener precisa obligación de dar cada un o dos reales para que se le diga de misas por el ánima de el tal hermano difunto en esta dicha capilla y por los religiosos de el dicho convento”. Y los deberes y sanciones: “cualquiera de los hermanos de esta hermandad que faltare en la procesión de Jesús ha de pagar media libra de cera para esta hermandad como no tenga causa legítima para ello y este sin perjuicio que han de pagar prorrata de cera que le tocare de la que hubiere quemado las dichas sesenta hachas”.

Aparte de sus compromisos en la procesión del Viernes Santo con el paso de Jesús Nazareno, también se obligaron a organizar y financiar “todos los años perpetuamente para siempre jamás el día de la Ascensión de nuestro señor Jesucristo han de celebrar una fiesta en este dicho convento en la dicha capilla de Jesús por los religiosos del dicho convento y por ello se les ha de dar la limosna que se ajustare”(4). Por último, dicha escritura fue enviada a la Autoridad diocesana para su definitiva aprobación.

Más adelante, el 19 de septiembre de 1683, «los hermanos de cera» de esta hermandad reformaron el capítulo segundo de sus constituciones ante el hermano mayor de la cofradía, Pedro José Guerrero, “ahora reconociendo la estrechez de los tiempos y pobreza de los dichos hermanos”. El citado apartado trataba de la cuota que los mismos debían de aportar para sufragar las misas de los hermanos difuntos, y “que por uno y otro de algunos años a esta parte a encarecido el cumplimiento”, por ello “el reformar dicha condición como por esta escritura”(5). Así, acordaron junto con el mayordomo de la hermandad, Juan de Carmona Rubio, relajar dicho cumplimiento y con las limosnas que se recogieran celebrar cuantas misas alcanzase el peculio obtenido en fechas cercanas a la festividad de Todos los Santos.

Aunque la efigie titular de la cofradía era Jesús con la Cruz a cuestas, también gozaba de gran veneración la cotitular, llamada “Nuestra Señora Madre de Jesús”, que había sido renovada por la cofradía en 1623, cuya hechura encargaron al artista Pedro Freila de Guevara, que la ejecutó en su taller de Córdoba(6).

Al igual que los hermanos devotos del Nazareno, sus análogos de la Virgen Dolorosa se organizaron en hermandades. Así, el día 1º de marzo de 1671 cincuenta y ocho hermanos concurrieron al “convento de señor San Agustín desta ciudad, a la puerta de la capilla de Jesús Nazareno”, donde fueron recibidos por el Hermano Mayor, Pedro Albornoz(7), ante quien se comprometieron “en aquella mejor vía y forma que mejor haya lugar en derecho para honra y gloria de Dios nuestro señor fundar una hermandad para el paso de Nuestra Señora que sale en la procesión de Jesús Nazareno Viernes Santo por la mañana”(8). En la reunión, redactaron los once capítulos de los que constan las reglas, nombraron por hermano mayor de la Dolorosa a Bartolomé Sánchez Raigón y a ocho cabos para las cuadrillas. Además, se obligaron a portar el paso de María Magdalena.

En 1690, el 26 de marzo se reúnen ciento veintiún hermanos devotos de la Dolorosa Nazarena junto con el mayordomo de la cofradía, el Lcdo. D. Pedro de Toro Flores, para normalizar ante escritura pública una “hermandad de cera de nuestra señora que sale en la cofradía y procesión de nuestro Redentor Jesús Nazareno el Viernes Santo de la mañana de cada año” alegando en el texto notarial “no haber escritura ni forma donde sean obligados a sacar las hachas en forma de hermandad en dicha procesión ni por donde se les obligue a pagar el renuevo ni haber otro instrumento más que la devoción que les asiste queriendo para mayor estabilidad y firmeza de dicha hermandad darle forma por el tenor de la presente”(9), y para ello se obligaron a sacar cada año cien hachas de cera para alumbrar el paso de la Virgen y, además, acordaron ciertos derechos que habrían de tener los hermanos y descendientes que integrasen dicha hermandad, siendo admitidos por el mayordomo.

Según relata el historiador local Francisco de Borja Lorenzo, en 13 de mayo de 1694 los componentes de esta hermandad reunidos en cabildo instituyeron los cultos propios a la imagen de la Virgen Dolorosa, coincidiendo con la festividad mariana del Patrocinio de Nuestra Señora, el segundo domingo de noviembre, “con sermón y música”(10).

Todo este insólito fervor nazareno quedará patentado con la construcción de una nueva capilla en el convento agustino, gracias al patrocinio de los marqueses de Priego y Duques de Feria. Para ello, en 1677 hubieron de rebajar la primitiva capilla, de reducidas dimensiones(11), sobre la que será levantada la actual, que se concluye e inaugura solemnemente en los primeros días de 1689, en torno a la festividad de la Epifanía del Señor.

Portada del opúsculo impreso que recopila
 los cantos escritos para la inauguración
de la capilla nazarena en 1689. (BNE)
Para tal efeméride, la Casa Ducal y la Cofradía organizaron una fastuosa Octava predicada por los más grandes oradores de la diócesis, cuyos panegíricos fueron impresos, al igual que las coplas escritas ex profeso para tal solemnidad(12).

La traza barroca de la capilla, de planta de cruz latina, fue levantada, diseñada y decorada con ricas yeserías por el maestro hispalense Pedro de Borja (autor asimismo de la iglesia del Sagrario de la catedral de Sevilla), bajo el patrocinio de Francisco Bernabé Fernández de Córdoba –precursor de la obra– hermano del VI Marqués de Priego, Caballero profeso de la Orden de San Juan de Jerusalén (Malta), Maestre de Campo y Capitán General que fue de varias provincias en Italia y España(13).

Una vez terminado el edificio nazareno la cofradía se encargó de ornamentarlo. El retablo mayor fue ejecutado por Cristóbal de Guadix, artista montillano afincado en Sevilla discípulo de Pedro Roldán, que lo talló en aquella ciudad entre 1702 y 1703. Los retablos laterales, dedicados a la Virgen Dolorosa y a San Juan, fueron realizados en nuestra ciudad por Gaspar Lorenzo de los Cobos, el primero de ellos es contratado el 17 de julio de 1707 donde el entallador “se obligó de hacer el retablo que la cofradía de Jesús Nazareno sita en la iglesia del convento del Sr. San Agustín della pretende se haga por el altar de Nuestra Señora de Jesús que está en su capilla en tiempo de once meses que han de correr desde primero de agosto que vendrán deste presente año de la data por el precio de quinientos ducados vellón dándole a dicho retablo ocho varas y media de alto y de ancho seis menos cuarta comenzando desde el suelo en la conformidad que le tiene planteado”(14). Posteriormente, ejecutaría el segundo y los marcos de los lienzos del Apostolado(15), cuyas pinturas fueron adquiridas en Sevilla. El historiador Lucas Jurado indica que la capilla estaba completamente adornada en 1718(16).

Aparte de la protección económica del marquesado de Priego, la cofradía nazarena recibió durante este período (1675-1730) una serie de donaciones testamentarias y herencias, con las que afrontó la decoración de la capilla, la posterior construcción del camarín adosado a ella, el exorno de sus imágenes titulares y, por otra parte, le permitió ampliar sus rentas anuales a través de la concesión de censos y el arrendamiento de las fincas rústicas y urbanas que los devotos habían legado a Jesús Nazareno. Un ámbito –el financiero– que aún está sin estudiar, pero que merece un trabajo independiente, ya que sin los piadosos donativos recibidos por la cofradía no se hubieran materializado proyectos tales como la majestuosa capilla nazarena, que felizmente ha sido restaurada y vuelta al culto en estos últimos años. Acertada iniciativa que ha recuperado el sanctum sanctorum de la religiosidad popular montillana.

* Artículo publicado en la revista local Nuestro Ambiente, marzo de 2017.

NOTAS

(1) Antonio Luis JIMÉNEZ BARRANCO: Establecimiento y Regla de la Cofradía y Hermandad de Jesús Nazareno y Santa Cruz de Jerusalén de Montilla. Montilla, 2008.
(2) Lucas JURADO DE AGUILAR: Manuscrito histórico-genealógico de Montilla [fotocopia de MS]. Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque, de Montilla (FBMRL), MS-298, pp. 41-43.
(3) APNM. Escribanía 1ª. Leg. 90, f. 382.
(4) Ibíd.
(5) APNM. Escribanía 6ª. Leg. 1052, f. 288.
(6) APNM. Escribanía 4ª. Leg. 627, f. 557.
(7) Según relata dicha escritura notarial, Pedro de Albornoz había costeado un nuevo manto y falda a la Virgen Dolorosa.
(8) APSM. Escribanía 1ª. Leg. 93, f. 286.
(9)     APNM. Escribanía 6ª. Leg. 1058, f. 214.
(10) Francisco de Borja LORENZO MUÑOZ: Historia de la M.N.L. Ciudad de Montilla. Año 1779. MS 54. pp. 97-103. FBMRL.
(11)  JURADO DE AGUILAR, op. cit.
(12) Joseph MARTÍNEZ ESPINOSA DE LOS MONTEROS: Letras de los villancicos, que se han de cantar en la... Octaua que se celebra en esta ciudad de Montilla en la colocación de la... Imagen de Jesús Nazareno, en su nueva capilla, dedicados a los... Señores Don Luis Mauricio Fernández de Córdoba, y Figueroa... y Doña Felicha de la Cerda Córdoba y Aragón... Córdoba, 1689. Biblioteca Nacional de España (BNE). Sig. R/34986/1.
(13)  JURADO DE AGUILAR, op. cit.
(14)  APNM. Escribanía 6ª. Leg. 1075, f. 361.
(15)  LORENZO MUÑOZ. Op. cit.
(16)  JURADO DE AGUILAR., p. 42.


lunes, 13 de marzo de 2017

MARÍA DE LA ENCARNACIÓN, LA «LLENA DE GRACIA»*

La última década del siglo XX resultó ser para la religiosidad popular montillana una verdadera revolución. Nuevas hermandades introdujeron en nuestra ciudad un soplo de aire fresco en el vetusto mundo cofrade local, cuyo espejo fue la sin par ciudad de Sevilla. Para muchos todo era novedoso, porque todo partía de la imaginación de una prole de cofrades deseosos de estrenar una mayoría de edad que les permitiera dar un nuevo significado a la añeja Semana Santa de su tierra natal.

María Stma. de la Encarnación, obra de Antonio Bernal, 1994.

Aquel insólito fervor hizo recalar en Montilla iniciativas que colmaron el ambiente cuaresmal de cultos y actividades que no tenían precedente. Las cofradías, poco a poco, se iban haciendo de un ajuar sacro cuyo punto de partida era la hechura de las que iban a ser en adelante sus imágenes titulares. Y esta hermandad no pudo elegir mejor, apostando por un joven Antonio Bernal que ya despuntaba en Córdoba.

Otro de los grandes aciertos que la bisoña corporación tuvo fue la de escuchar los sabios consejos de sus consiliarios, los sacerdotes Juan Valdés Sancho y Cristóbal Gómez Garrido, cuya pasión cofrade no podían ocultar.

Comenzaba la hermandad su andadura en 1993, aunque será en los años siguientes cuando apuntalen su existencia vital una vez fuese realidad tangible la veneración a sus «amantísimos» titulares, que vendrían a representar el trance evangélico en que Cristo muerto es desclavado y descendido de la Cruz, ante la rota presencia de su madre la Virgen María.

Quien escribe estas líneas, sin saberlo, se iba a convertir en testigo privilegiado de uno de aquellos episodios iniciales que se hallarán impresos en la memoria de los hermanos fundadores. Corrían los días otoñales de 1994 cuando una tarde me acerqué hasta el hogar de Cristóbal Gómez para empaparme de su infinita sabiduría. Aquella casa era muchas cosas además de vivienda familiar: confesionario, consultorio histórico, lugar de encuentro, sede de tertulias cofrades, etc… pero sobre todo era un hospital sacro, con su taller-enfermería, donde aquel virtuoso sacerdote sacaba el artista innato que escondía para restaurar a cuantas obras religiosas arribaban a sus aposentos.

Y como tal, aquel edificio no podía estar mejor situado en el callejero montillano, pues –como es sabido– configura la esquina de dos calles que la ciudad dedicó siglos atrás a santos enfermeros, San Luis de Tolosa y San Juan de Dios. Nada escapa a la providencia divina, porque aquel refugio de iconos religiosos heridos por el paso del tiempo que esperaban pacientes ser sanados por las manos de Cristóbal se iba a convertir en la primera «posada» montillana donde se hospedara la nueva imagen mariana de la hermandad jesuítica, hasta la llegada del día de su bendición.

Como era costumbre aquel sacerdote recibía las visitas en una sala que había a la derecha cuya ventana se abría a la citada calle San Juan de Dios. Allí, nos hallábamos cuando, echada ya la noche, de repente alguien llama a la puerta. El sacerdote se encamina hacia el zaguán. Al punto, una voz grave prorrumpió: –Padre Cristóbal, buenas noches, ya estamos aquí.

Entraron varios hombres que portaban un cuerpo envuelto en sábanas blancas. Él les indicó la sala donde habían de colocarlo, una habitación que estaba a mano izquierda de la entrada, junto a la escalera. Me acerqué para intentar ayudar, pero pronto me percaté de que no era necesario.

Una vez retiradas las telas apareció la bella silueta de una Virgen dolorosa. El rostro de aquellos cofrades lo decía todo, invadía el ambiente de aquella recoleta estancia la emoción contenida de un júbilo interior que atestiguaban sus brillosas pupilas. Para romper el silencio, el hermano mayor agradecía al consiliario su hospitalidad y todos coincidían en la excelencia artística y calidad humana del autor de la obra.

En aquel momento comprendí que había llegado a Montilla una nueva interpretación en la iconografía dolorosa de la Madre de Dios, un soplo de aire fresco que habría de ser el punto de inflexión en el panorama cofrade de la ciudad. María Santísima de la Encarnación, una inspirada creación de sublime expresividad barroca que aquella primera noche atraparía todas las miradas de quienes allí nos citó la providencia, una imagen «llena de gracia» que estaba llamada a cautivar los corazones de muchos cristianos. Desde entonces, el mío es uno de ellos.

* Artículo publicado en la revista Cruz de Guía, marzo 2017.

jueves, 2 de febrero de 2017

LA DEVOCIÓN A LA VIRGEN DEL SOCORRO EN LOS SIGLOS XVI Y XVII*




Una advocación ligada a El Gran Capitán

Efigie actual de Ntra. Sra. del Socorro,
realizada por Antonio Bernal en 2005.
Cuando nos disponemos a indagar sobre los orígenes de la advocación mariana del Socorro, debemos trasladarnos hasta los albores del siglo XIV y, concretamente, a la ciudad italiana de Palermo, capital de la isla de Sicilia. En este lugar, la propagación de la devoción por la Virgen del Socorro se debe a la orden agustiniana, ya que en su convento conservan el icono más antiguo, de origen bizantino, de la Señora del Socorro.

Pero fue en el medioevo cuando suceden una serie de hechos milagrosos relacionados con fervorosos devotos del icono siciliano de la Madre de Dios. Tras los mismos, la devoción crece vivamente por toda Italia, promovida por los frailes agustinos, que la trasladan a Nápoles, Roma, Cerdeña, Mallorca, Valencia y, prácticamente, por todos los conventos que fundan en el reino de Aragón en los siglos XV y XVI.[1]

Es tal la devoción que los italianos tienen a la Virgen del Socorro, que logran transmitírsela al insigne militar montillano Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán, tras llegar a Sicilia en su “socorro”, frustrando así la inminente invasión francesa de la península itálica. En años sucesivos, El Gran Capitán dio muestras de patronazgo y veneración hacia esta advocación de la Santísima Virgen.

Pero dentro de la península ibérica, también se suceden los ejemplos de devoción a esta advocación mariana. Así, en la villa de Tíjola, situada en la alpujarra almeriense, la patrona es la Virgen del Socorro. Su historia íntima nos dice que la imagen abogada de la población fue traída desde tierras napolitanas por El Gran Capitán. Así lo narra un historiador local:

La tradición nos dice que nuestra Virgen vino de Italia. Era el año de gracia de 1498. El Reino de Nápoles se vio invadido por las tropas de Carlos VIII de Francia. En su auxilio, los Reyes de España, D. Fernando Doña Isabel. Mandaron sus mejores Tercios, a cuyo frente iba un gran Jefe, Gonzalo de Córdoba. Al final de la histórica campaña, en la que los triunfos españoles se fueron sucediendo uno tras otro –Nápoles, Ceriñola, Garellano...- donde las tropas francesas quedaron completamente deshechas, el Gran Capitán, en conversación sostenida con su Capellán, reconocía que la causa principal de su plan estratégico fuese un éxito, no era otra que la intersección de la Virgen del Socorro; así llamada desde entonces, por haberles “socorrido” en todos los campos de batalla.”[2]

Monumento a Gonzalo Fernández de Córdoba en Montilla, su tierra natal, erigido en 1959.

Otro testimonio de la encendida devoción que Gonzalo Fernández de Córdoba tuvo hacia Nuestra Señora del Socorro lo tenemos en la provincia de Córdoba. En los primeros años del siglo XVI, cuando Don Gonzalo volvía de la capital del Reino de una audiencia en la corte, pasó por la villa de Pedroche, donde se estaba construyendo un convento para franciscanos.

 “Tuvo noticia de esta construcción el Gran Capitán, don Gonzalo de Córdoba, y quiso sufragar todos los gastos de la iglesia del convento, para cumplir cierta promesa hecha,  que se pondría bajo la advocación de Nuestra Señora del Socorro.
Respecto a tan alto caballero, el pueblo de Pedroche accedió y fue admitido como fundador, bajo las siguientes condiciones: Que no se enterrase en la capilla mayor persona alguna que no fuese religioso o noble de nacimiento, y que quedaba obligado a los reparos y reedificaciones de la iglesia, obligación que pasaría a sus sucesores. Sobre la puerta de la iglesia de la Virgen del Socorro se hizo la capilla y fue colocada la imagen. Desde el propio Pedroche se veía con claridad, pues estaba al descubierto por esta parte, defendida por una reja sobre la que el Gran Capitán puso sus armas.”[3]

En Montilla, la Orden de San Agustín se establece en 1520, y la advocación del Socorro estaba ya implantada cuando llegan los primeros frailes a habitar la primitiva ermita de San Cristóbal, ya que Nuestra Señora del Socorro recibe culto por esta época en uno de los lugares más privilegiados de los templos montillanos: en la capilla sacramental de la Parroquial de Santiago.

Aunque, hasta el momento, no hemos podido verificar documentalmente la entronización de la primitiva imagen de gloria de Nuestra Señora del Socorro en Montilla, es lógico ponderar que pudo haber sido enviada por Don Gonzalo Fernández de Córdoba, si no establecida por él mismo en una de sus visitas a la tierra que lo vio nacer.

Restos del convento franciscano de Ntra. Sra. del Socorro
 en Pedroche, hoy convertido en cementerio municipal,
 en cuya entrada se halla el escudo de El Gran Capitán.
De esta manera, la primitiva Virgen del Socorro –de la que no conocemos su iconografía– impregna su veneración entre los montillanos. Ha llegado hasta nosotros la noticia de un fervoroso devoto, el Licenciado Juan Rodríguez de Baeza, clérigo Beneficiado de Carmona, [primo hermano del] Chantre de la Catedral de Sevilla y muy vinculado a los Fernández de Córdoba por su linaje, ya que es nieto de Fernán Rodríguez de Baeza, recaudador y criado de Don Pedro, señor de Aguilar y padre de El Gran Capitán.

Juan Rodríguez de Baeza manifiesta su devoción hacia la Virgen del Socorro, legándolo por escrito en 1578 de su puño y letra en su testamentaría, donde favorece a la imagen y cofradía. “Ítem  mando se den tres mil maravedíes a la ymagen de Nª Sª del Socorro que esta en la yglesia del Sr. Santiago desta villa junto al Sagrario para ayuda al tabernáculo o para aquello que el administrador de la Cofradía della lo quisiere emplear, porque Ntra. Sª benditísima se acuerde de socorrerme en esta vida y al tiempo que Ntro. Sr. me llamare lo qual es de derecho de tiempo que yo fallezca…”[4] Del mismo modo, pidió ser enterrado en la cripta funeraria del Sagrario de la Parroquia Mayor.

Lo que sí podemos verificar en este bosquejo histórico, es la antigüedad de la advocación del Socorro en Montilla. En los primeros textos manuscritos que se conservan en el archivo parroquial de Santiago, ya aparece establecida la cofradía de Nuestra Señora del Socorro. Se trata del Libro Segundo de Testamentarías (el Primero está desaparecido), donde podemos leer cómo el Vicario toma cuenta al Colector de las misas funerales de los difuntos de las distintas cofradías que “se contaron veinte y tres días del mes de febrero del año pasado de 1575 hasta el último testamento que es en la plana de esta otra parte contenido inclusivamente de las misas que tiene recogidas y así las pagadas como por pagar y así de testamentos como de las cofradías de las Animas de purgatorio y de la Vera Cruz y de San Sebastián y de Ntra. Señora del Socorro[5].

Asimismo, constatamos dicha antigüedad en el Archivo General del Obispado de Córdoba. En el primer libro de Visitas Generales que se conserva, podemos leer la primera visita realizada a Montilla en 1580 por el Provisor del Obispo. En la relación de “Cuentas de cofradías, ermitas y hospitales” aparece la Cofradía de Nuestra Señora del Socorro.[6]

En agosto de 1580, la imagen de gloria de la Virgen del Socorro es tomada para fundar la cofradía de Nuestra Señora del Rosario, como quedó plasmado en la fundación de la misma por el dominico fray Diego Núñez del Rosario, quien “erigió y a erigido e fundado en esta villa en la dicha iglesia la Cofradía devota del Ntra. Sra. del Rosario e señaló la Imagen y altar que hasta aquí solía llamarse de Ntra. Sra. del Socorro que esta a la mano derecha como entramos en el Sagrario de la dicha iglesia y la nombró de nuevo del apellido y devoción del Rosario”.[7]

La antigua imagen de Ntra. Sra. del Sorroco
preparada para la estación penitencial de 1945.
Tras el cambio de advocación a la primitiva imagen de gloria, los hermanos de la Vera Cruz proponen titular a su imagen dolorosa Madre de Dios del Socorro, pasando así la advocación a venerarse en su ermita, junto al Santo Cristo de Zacatecas. Desde los años siguientes, la advocación del Socorro está incluida en el acervo patrimonial de la Cofradía de la Santa Vera Cruz.

A partir de 1580, los hermanos comienzan a venerar la imagen, integrándola en la estación de penitencia del Jueves Santo, donde iba cerrando el cortejo procesional. De su ajuar nos da buena noticia un inventario fechado en 1617 donde aparecen todos los atuendos propios de la Madre de Dios. “Una imagen de Nuestra Señora de bulto, un vestido grande de brocado verde y naranjado, un manto verde quemado, una saya de tafetán negro, una ropa de tafetán realzado negro, un manto de burato, una saya de tafetán de picote de seda tornasolada con molinillos, otra saya de tafetán amarillo cretado, una ropa de terciopelo negro con pasamanos de oro, un frontal de damasco ocre y naranjado que se hizo de una saya que dio Dª María Castro mujer de D. Juan López Banda. En el altar de Nuestra Señora un frontal carmesí y amarillo, otro negro de tafetán, una cruz grande dorara, otra cruz verde con fajas de oro alrededor, unas andas doradas de Nuestra Señora, dos jubones de telilla de Flandes azul, tocas y valonas de Nuestra Señora.[8]

Como refleja el extracto que hemos recopilado de este inventario, las pertenencias de la Madre del Socorro eran considerables. Muchas de ellas habían sido donadas por hermanos y devotos de la Virgen. Estas ofrendas se hacían generalmente en las testamentarías de los donantes y se conocen sobradas de ellas, entre las que hemos destacado las mandas que hace Lucía de Aguilar, viuda de Juan Trapero en su testamento otorgado en 1685: “Mando mi entierro sea en la hermita de la Santa Vera Cruz de esta ciudad.[…] Al Santo Cristo Crucificado desta dicha hermita de la Santa Cruz media libra de cera. […] A la Madre de Dios del Socorro que está en dicha hermita de la Santa Cruz una basquiña de ormesí que tengo mía propia.”[9]

A modo de conclusión, podemos decir que la documentación conservada en los archivos locales delata la presencia de la advocación de la Madre de Dios del Socorro en los umbrales del siglo XVI. Son éstos los que nos revelan los cambios y avatares históricos que sufrió la primera imagen que se veneró en Montilla, pasando de gloria a dolorosa y quedando fusionada desde entonces a la Cofradía de la Santa Vera Cruz, que le confeccionó altar y patrimonio propio en su desaparecida ermita.

*Artículo publicado en la revista Vera+Crux de Montilla, en marzo de 2006.

NOTAS


[1] CARMONA MORENO, F.: Devoción a Nuestra Señora del Socorro en Mallorca. Actas del I Congreso Nacional “Las Advocaciones Marianas de Gloria”. Córdoba, 2002. Tomo I, p. 545 – 562.
[2] RODRÍGUEZ CHECA, P.: Tíjola, ayer y hoy, p. 56. Almería, 1982.
[3] OCAÑA TORREJÓN, J.: Historia de la villa de Pedroche y su comarca, p. 76. Córdoba, 1962. Véase también: MORAL MANOSALVAS, A.: Pedroche Monumental, p. 135. Córdoba, 1997.
[4] Archivo Notarial de Protocolos de Montilla (ANPM). Escribano Jerónimo Pérez del Campo, f. 449.
[5] Archivo Parroquial de Santiago de Montilla (APSM). Libro 2º de testamentarías, f. 273. Año 1583.
[6] NIETO CUMPLIDO, M.: El patrimonio artístico de Montilla en sus textos (1580 – 1638), p. 189. Montilla: Historia, Arte, Literatura. Baena, 1988.
[7] ANPM. Escribano Juan Díaz de Morales, nª 1ª, Leg. nº 13, fs. 889-896.
[8] APSM. Libro 5º de Visitas Generales, f. 705.
[9] ANPM. Escribano Juan Márquez del Barranco. Leg. 1054, f. 227.

domingo, 18 de diciembre de 2016

UNA RELIQUIA DEL SANTO SOLANO LLEGADA DE LIMA EN 1749

Antigua calle del Sotollón, donde estuvo ubicado el hogar familiar
 en que nació San Francisco Solano. Sobre el solar de aquella
 casa se edificó el templo que lleva su nombre.
(Foto: Ruquel)
En los meses pasados, los montillanos hemos vuelto a revivir la presencia tangible de nuestro patrono en forma de reliquia. Esta vez llegada de La Puebla de Castro, un recóndito municipio de la provincia de Huesca. Hasta allí peregrinaron hace poco más de un año un grupo de fervorosos devotos de San Francisco Solano para comprobar in situ la autenticidad de las noticias localizadas a través de internet, la red de redes.
Como no podía ser de otra forma, después de aquella peregrinación se fueron estrechando lazos de unión entre ambas diócesis, que se vio confirmada cuando el Ordinario oscense autorizaba el traslado de la sagrada reliquia a Montilla, donde ha permanecido desde el día 3 de julio hasta el pasado 20 de noviembre.

A raíz de tan histórica visita se ha despertado en los devotos solanistas un inusitado interés por los testimonios y recuerdos de nuestro santo patrono, por ello hemos querido traer hasta estas páginas un episodio similar al vivido los meses pasados que sucedió a mediados del siglo XVIII.

Tiempos aquellos en los que Montilla festejaba la canonización del seráfico Francisco Solano, en octubre de 1727, un año después de que fuera elevado a los altares por Benedicto XIII, donde se celebraron “dos lucidísimos octavarios y procesión general, y entretejió graves diversiones de fuegos, juegos de cañas, corridas de toros, autos sacramentales, poesías y suntuoso adorno, fue tanta la concurrencia que las gentes no cabían en el pueblo…”[1] como nos evoca el historiador coetáneo Francisco de Borja Lorenzo Muñoz en sus obras.

Más tarde, en 1742 los montillanos lo votaban –por tercera vez– por patrono y patricio de la ciudad, y no contentos con aquello solicitaban a la Santa Sede Romana que el día 14 de julio, fecha de su glorioso tránsito, fuera instituida por fiesta de precepto para sus paisanos, lo cual aprobó Benedicto XIV en 1745.

En medio de aquellos lustros de insólito fervor solanista llegaba a nuestra ciudad una importante reliquia del apóstol de las Américas procedente de Lima. Se trataba de otro capítulo más de aquel reguero de efemérides que no dejaban de elevar la admiración de los montillanos a su prodigioso paisano.

La crónica de su traída estará protagonizada por otro gran montillano y franciscano, Alonso López de Casas, que siendo Guardián del seráfico convento Casa Grande de Granada fue elegido Comisario General de la Orden para las Indias Occidentales.

Tal cargo permitirá a fray Alonso recorrer el virreinato del Perú durante un largo periplo, que se prolongará entre los años de 1735 y 1746. En Lima pasó la mayor parte del tiempo, desde donde realizaba las visitas a los conventos franciscanos establecidos en los nuevos territorios del imperio español. Asimismo, durante su estancia en la capital ocupó una cátedra en la Real y Pontificia Universidad de San Marcos y fue elegido calificador y consultor del Santo Oficio de la que desde su fundación fuera llamada Ciudad de Reyes[2].

Una vez regresa a tierras andaluzas, fray Alonso vuelve a su tierra natal para donar una reliquia ósea y un pedazo del sayal que vestía el mejor de los montillanos en su óbito, que logró le fueran proveídos por el Procurador General de la causa del Santo Solano, fray Fernando de Herrera, en 1737.

No en vano, López de Casas entrega las reliquias y su auténtica a la iglesia patronal de Montilla el día 11 de julio de 1749. Para la ocasión, había adquirido un relicario de plata donde iban alojados ambos vestigios de aquel humilde fraile que llevara la cruz y los evangelios al Nuevo Mundo. Para certificar el traspaso de aquella joya espiritual asistió el escribano de la ciudad, Domingo González Domínguez, que levantó acta del histórico momento.

Atrio porticado que da acceso a la iglesia erigida en honor
del Santo Solano, cuyo alzado se proyectó a partir de su
beatificación, en 1681.
(Portfolio Fotográfico de España, c. 1913)
Dada la importancia de la misma, hemos preferido transcribir íntegra la declaración López de Casas:

“En la Ciudad de Montilla en once días del mes de Julio del año de mil sietecientos quarenta y nueve Ante mí el escribano del Rey Nuestro Sr. y público del número de esta Ciudad el R[everendísi]mo. Padre Fr. Alonso López de Casas natural de esta Ciudad Lector Jubilado Ex definidor y Padre de esta Santa Provincia de Granada del orden de nuestro Padre San Francisco, Ex comisario General de las del Perú, del Claustro y Universidad de la Ciudad de Lima, Catedrático de Prima en la Cátedra de Escoto, Calificador y consultor del Santo Oficio de la Inquisición de dicha Ciudad, y al presente residente en ésta, bajo de juramento que hizo en forma de Derecho puesta la mano en el pecho dijo que hallándose en la referida Ciudad de Lima en el uso de su empleo de tal Comisario General, y en el Convento de Nuestro Padre San Francisco de ella, en cuya Iglesia se venera el sepulcro de Sr. San Francisco Solano, natural y patrono de esta dicha Ciudad, a principios de el año pasado de mil sietecientos treinta y siete por el Rvdo. Padre Fr. Fernando de Herrera Ex definidor de la Provincia de Lima, Procurador General de dicho Glorioso Santo y Notario Apostólico, se le entregó un hueso, a el parecer de una espaldilla del expresado Glorioso Santo, y parte del su hábito con que murió, que dicho hueso es del tamaño de media nuez mediana, y lo uno y otro lo sacó de la Urna en se veneran sus reliquias, y se lo dio con certificación escrita y firmada de su puño para que lo trajese o remitiese a esta dicha Ciudad su dichosa patria, y el Rmo. Padre Declarante ha conservado y guardado dichas reliquias y Certificación con el cuidado que se requiere, y habiendo conseguido con felicidad su restitución a esta dicha Ciudad, le ha hecho fabricar un relicario de plata en forma de custodia, del alto / de una tercia con su viril ovalado, y con rayos de sol y estrellas, y en el remate una cruz, todo de peso de quince onzas, y en dicho viril dos vidrios de cristal, que por un lado se ve la dicha reliquia del hueso y sayal del hábito que en él se ha colocado, y por el otro solamente se ve el sayal que llena dicho viril, y el tamaño de este es de cuatro dedos de alto y tres de ancho, para que se coloque y tenga con la mayor veneración en la iglesia del Santo Glorioso Sr. San Francisco Solano fabricada en la misma casa en que tuvo su feliz nacimiento en esta dicha Ciudad. Y para que en ningún tiempo se dude de la realidad de dichas reliquias y se les dé por fieles el culto que merecen hace su Rma. esta declaración voluntaria Ante mí, con todas las circunstancias que para su fe y crédito se requieran. Y todo dijo ser la verdad por el juramento que lleva hecho. Y lo firmó, y que es de edad de sesenta y cinco años, de todo lo cual yo el escribano doy fe”[3].

La declaración anterior está precedida de la patente que certifica la entrega en Lima, la cual está rubricada por el citado delegado de la causa, cuyo contenido trasladamos a la letra:

“Certifico yo Fr. Fernando de Herrera ex Definidor Procurador General de San Francisco Solano y Notario Apostólico como tal, que este hueso y parte de hábito es del Santo Solano Solano [sic], que lo saqué de la urna en que se veneran sus reliquias, para que N.M.R. Padre Comisario General Fr. Alonso López de Casas, tiernísimamente amante y paisano del Santo lo lleve o remita a Montilla dichosa patria del Santo, y para que conste di la presente en Lima &ª”[4].

Reliquias y relicario donados en 1749 por el montillano
Fr. Alonso López de Casas. En la actualidad se veneran
en el altar mayor del templo patronal.
Seguido a la declaración de López de Casas, el acta notarial recoge dos declaraciones más de testigos que se hallaron presentes en Lima durante la extracción de las reliquias y su posterior entrega al Comisario General. Ahora,  ambos declarantes le acompañan en Montilla y vienen a corroborar la declaración del fraile montillano.

La primera de ellas está rubricada por “el M.R.P. Fr. Eugenio de Lanuza y Sotelo del orden de nuestro P. San Francisco Ex Secretario General del Perú y Definidor de esta Santa Provincia de Granada, y estante a el presente en esta Ciudad, bajo de Juramento que voluntariamente hizo in verbo sacerdotis puesta la mano en el pecho dijo que ha acompañado en su viaje a el Rmo. Padre Fr. Alonso López de Casas Comisario General de las Provincias del Perú en la América, desde que salió de estos Reinos de España hasta que se ha / restituido a ellos, despachando la secretaría de dicha Comisaría General”[5].

Como el mismo Lanuza expone, había acompañado a López de Casas durante aquel dilatado viaje, siendo autor de un detallado diario manuscrito titulado Viaje ilustrado a las provincias del Perú, que hoy se conserva en la Biblioteca Provincial de Córdoba, del cual hizo una edición la Pontificia Universidad Católica del Perú en 1998[6].

La segunda declaración está tomada a “Don Fabián Preciado / natural de la población de Zipaquirá inmediata a la Ciudad de Santa Fe de Bogotá en el nuevo Reino de Granada de las provincias del Perú en la América, y residente al presente en esta Ciudad”[7].

Fabián Preciado se agregó a la comitiva franciscana en enero de 1736 a su paso por Zipaquirá, durante su visita a Bogotá. Según declara, desde esa fecha se hallaba en compañía de fray Alonso, con quien decide viajar a España. Una vez en tierras andaluzas, se establece en Montilla donde contrae matrimonio y está plenamente integrado hasta el fin de sus días. Además, Preciado hizo honor a su apellido y origen, pues se ganó la simpatía de los montillanos que comenzaron a denominar la calle donde reside como la del Indio, nomenclatura que aún subsiste en el léxico común del vecindario, a pesar de llevar dedicada esta vía pública ocho décadas a José María Carretero.

Concluye el documento notarial con la entrega del relicario a la «Obra Pía de San Francisco Solano» institución que desde sus orígenes fue la encargada del culto y conservación del templo patronal.

Capilla mayor de la iglesia de San Francisco Solano,
hacia 1960. (Foto: Arribas)
En ella, por parte de López de Casas se incluyeron las condiciones de su custodia y veneración, quien las confería “a la Iglesia y Obra pía / de Sr. San Francisco Solano que se sirve y venera en esta dicha Ciudad en la misma casa de su sus dichosos Padres, y en que tuvo su feliz nacimiento para que siempre perpetuamente se conserven en ella y en su Altar mayor en sitio decente como se requiere bajo de dos llaves, que la una ha de estar y permanecer en poder del Sr. Vicario que es y fuere de esta dicha Ciudad y la otra en poder del Mayordomo de dicha Obra pía del glorioso Santo sin que se puedan manifestar dichas reliquias sin la precisa concurrencia de ambos ni por ningún caso por urgente que sea, se han de poder sacer de dicha Iglesia si no fuere para procesión pública”[8].

En caso de que dichas cláusulas fueran vulneradas, fray Alonso daba “facultad a el síndico del Convento de Ntro. Pe San Francisco extramuros de esta dicha Ciudad que es y en adelante fuere para que inmediatamente pueda recoger y recoja las dichas reliquias y relicario, y llevar lo uno y otro al dicho Convento en donde permanezcan perpetuamente con toda veneración, sin que por sus prelados permitan que se saquen de ella y para que sus religiosos como hermanos del glorioso Santo tengan dichas Reliquias con la veneración y culto que corresponde”[9].

El mayordomo de la Obra pía, Francisco Sánchez Prieto, aceptaba lo estipulado en el protocolo notarial por López de Casas, quien le hacía entrega del relicario en presencia del escribano, los declarantes y los testigos Alonso de Aguilar Tablada, el clérigo Francisco Javier de Cea e Ignacio González Domínguez.

Alonso López de Casas había nacido en Montilla el 21 de noviembre de 1683, fruto del matrimonio formalizado por Diego López de Casas y Ana María de Rivera[10], vecinos de la calle Corredera. Desde su infancia tiene presente la estela franciscana en el hogar familiar, pues su padre era hermano de la Santa Escuela de Cristo –cuya dirección espiritual estaba a cargo de los franciscanos– y uno de los hermanos de éste, Fr. Juan de Casas, era observante morador del convento de San Lorenzo extramuros y Vicario de la clausura clarisa de Ntra. Sra. de la Coronada en Aguilar de la Frontera.

Como hemos referido antes, Fr. Alonso López de Casas fue lector jubilado y definidor en la provincia de franciscana de Granada, además de guardián del convento Casa Grande de la ciudad nazarita, hasta que embarca para América en 1735. A su vuelta, ya como afamado exégeta, parece que dedicó el resto de sus días a predicar por toda la bética. De hecho, en Montilla ya había ocupado el púlpito de la iglesia patronal en octubre de 1727, siendo el último de los panegiristas que disertaron en el primer octavario celebrado en honor de San Francisco Solano –en acción de gracias por la canonización– cuyos sufragios corrieron a cargo del X duque de Medinaceli, Nicolás Fernández de Córdoba y de la Cerda[11].

Detalle de la firma ológrafa de Fr. Alonso López de Casas,
 que fue elegido Comisario General de la Orden Franciscana
 
para las provincias del Perú en 1735.
Fr. Alonso López de Casas hallará la muerte repentinamente “sin poder recibir los sacramentos” en el convento franciscano de Baena, en 1759. Según reseña el cronista Laín y Rojas, desde que regresó del virreinato del Perú, trece años antes, el fraile montillano “repartió por los conventos de la Provincia muchas limosnas que había traído de América”[12]

De esta afirmación tenemos constancia documental, pues fray Alonso también realizó otras donaciones a los conventos de Santa Clara y Santa Ana de nuestra ciudad, de cuyo estudio nos ocuparemos en otra ocasión. Entretanto, seguiremos tras los pasos de este insigne montillano olvidado, para intentar rescatarlo de la ignorancia histórica y sumar un eslabón más a la cadena que une a Montilla y la Hispanidad.

NOTAS


[1] LORENZO MUÑOZ, F. de B.: Historia de la M.N.L. Ciudad de Montilla, 1779. Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque, ms-54, pág. 157.
[2] LANUZA Y SOTELO, E.: Viaje ilustrado a los reinos del Perú en el siglo XVIII. Lima, 1998.
[3] Archivo de Protocolos Notariales de Montilla. Escribanía 7ª. Leg. 1288, fols. 251-255v.
[4] Ibídem.
[5] Ibíd.
[6] Op. cit. Viaje ilustrado…
[7] Ibíd.
[8] Ibíd.
[9] Ibíd.
[10] Archivo Parroquial de Santiago de Montilla. Lib. 30 de bautismos, fol. 236.
[11] Op. cit. Historia de la M.N.L. Ciudad de Montilla… pág. 158.
[12] LAÍN Y ROJAS, S.: Historia de la Provincia de Granada de los frailes menores de N.P.S. Francisco, pág. 510. Martos, 2011.