sábado, 11 de julio de 2026

EL ARCHIVO MUNICIPAL, CINCO SIGLOS PARA CONOCER LA HISTORIA DE MONTILLA*

Se cumplen quinientos años del documento más antiguo conservado en el Archivo Municipal de Montilla. Nos referimos al acta que inicia el libro 1º de los acuerdos capitulares, levantada en el cabildo celebrado el día 23 de abril de 1526. 

En aquella sesión ordinaria “estando ayuntados en cabildo los nobles señores Alonso Ruiz Salvador alcalde y Pedro Gómez de Medina y Juan Márquez y Alonso de Medina regidores y Alberto Caballero alguacil mayor y Bartolomé de Montilla jurado, estando presente Pedro Márquez escribano público”, quienes conducían el gobierno local, en aquella sesión tomaron una serie de medidas. Entre otras, nombraron al citado escribano “curador de menores”, ordenaron “que ninguna persona sea osado de pasar con carretas por la puente de Benavente” porque se había reedificado recientemente, y proveyeron a dos vecinos para guardas de las viñas de los pagos de la Dehesilla y de Sepúlveda, que juraron su nuevo oficio llevando cada cual “ocho maravedís por cada aranzada de las viñas que guardare”. 

Cabecera del acta capitular de 23 de abril de 1526, el texto más antiguo conservado en el archivo

Más allá del valor histórico y documental de esta acta, resulta anecdótico que gran parte del cabildo estuviese dedicado al sector de la vitivinicultura, lo que corrobora su antigüedad en la población y prioridad para las autoridades municipales. 

Si bien, hay constancia documental de que Montilla tiene entidad municipal propia desde el siglo XIV no será hasta los albores del quinientos cuando se normalice la obligatoriedad de testimoniar por escrito todo aquello que concierne al gobierno, administración, hacienda y servicios públicos asumidos por el entonces llamado “Concejo de Justicia y Regimiento”. 

Algo parecido ocurrió con el resto de instituciones locales. Por ejemplo, los escribanos reales con oficio en Montilla comenzaron a guardar metódicamente las actas de la “fe pública notarial” a partir de la Pragmática de 1503, y los archivos eclesiásticos cuentan con registros de asientos sacramentales (bautismos) desde 1520. 

Varias son las causas que condicionaron la necesidad de producir documentación escrita como fundamento de derechos en la vida oficial y cotidiana, pública y privada, de los montillanos, pero existe un factor común que se revela determinante como fue el asiento y residencia permanente de Catalina Fernández de Córdoba, II marquesa de Priego, a partir de 1528. Con la titular del señorío, su familia y cortesanos instalados en el nuevo palacio nuestra ciudad va a experimentar a lo largo del siglo XVI un crecimiento demográfico, urbanístico y cultural sin precedentes. 

Es más que probable que el arribo de una de las mujeres más poderosas de Andalucía a la emergente villa de la campiña cordobesa motivara a los cargos y oficios públicos de la población a obrar con mayor diligencia y firmeza en el cumplimiento de sus ocupaciones. Y decimos esto porque –en lo que respecta a los fondos históricos del archivo municipal– a partir de entonces se comienza a producir y guardar por los regidores montillanos la documentación referente al ejercicio de sus funciones políticas y administrativas. 

Así se desprenden de los manuscritos de mayor antigüedad –además de las actas capitulares– como son los informes sobre los amojonamientos de las dehesas y tierras de labor del término (1528), la recopilación de escrituras públicas actuadas por los regidores en representación del Concejo (1552), los expedientes sobre la regulación de los abastos a la población (1553), las actas de los cabildos relativos a la gestión de las propiedades del Ayuntamiento (1554), la contabilidad de los bienes propios y los arbitrios de tributos y tasas municipales (1560), la documentación relacionada con los impuestos estatales destinados a sustentar la Hacienda Real (1577), los libros recopilatorios de denuncias por infracciones penales (1576), la relación de los padrones (1600), o la recopilación de decretos, cédulas, provisiones y reales órdenes (1603) son algunas de las series más extensas e interesantes de este conjunto documental. 

Asimismo, por su importancia social, cabe destacar las series dedicadas a la correspondencia recibida y emitida, las instancias o solicitudes presentadas en el Ayuntamiento, la documentación relativa a las quintas, levas y milicias, que durante siglos movilizaron a los paisanos en edad para el servicio militar, los padrones de vecinos y censos electorales que ofrecen una visión demográfica y urbanística de la ciudad, los catastros y amillaramientos del capital y rentas del vecindario, o el desempeño de servicios públicos como la seguridad ciudadana, obras y urbanismo, la educación, la beneficencia o la sanidad, entre otras. 

El archivo fue inventariado por primera vez a finales del siglo XIX por Dámaso Delgado López, con motivo del traslado de la Casa Consistorial de la plaza de la Rosa al antiguo convento-hospital de San Juan de Dios, su sede actual en la Puerta de Aguilar. Más tarde, en 1914, el archivero Bartolomé Madrid-Salvador Benítez lo organizará en tres secciones: Fondos Municipales, Contribuciones-Estadística y Gobierno-Correspondencia. Pero no será hasta la década de los 80 del siglo XX cuando se acometa su clasificación actual, dividida en cuatro amplias secciones: Gobierno, Administración, Servicios y Hacienda, que a su vez se dividen en series generales y series específicas, atendiendo a su tipología.

Uno de los documentos más valiosos que guarda el archivo es el Título de Ciudad, concedido por Felipe IV en 1630

Desde que la Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque recibió la encomienda de gestión del Archivo Municipal a mediados de 2024 se viene trabajando en proporcionar una mayor eficiencia y divulgación de este patrimonio documental esencial para la historia de Montilla. Para ello, se ha considerado una prioridad proceder a la unificación de sus fondos, a fin de conocer su contenido y volumen real, lo que se ha verificado gracias a la colaboración del personal del Área de Cultura del Ayuntamiento. 

Una vez reunido y localizado, se ha procedido a su reordenación siguiendo el cuadro de clasificación existente. A fin de liberar espacio en los colmatados depósitos que lo alojan, se está trabajando en la valoración y selección del material administrativo que fuere susceptible de eliminación, en base a la normativa vigente. 

Para llevar a cabo estas tareas se está contando con la asistencia técnica de la Diputación Provincial de Córdoba. Asimismo, el Ayuntamiento ha suscrito dos proyectos ofertados por la entidad provincial para dar prioridad al inventariado de los fondos del archivo aún pendientes y su completa automatización en la aplicación de gestión de archivos, ofrecida a través del Plan provincial de Informática. 

Igualmente, el Archivo Municipal se ha incorporado al proyecto provincial denominado “Portal de Archivos municipales”, una herramienta que ha puesto a disposición de investigadores y público en general la documentación histórica que ya se encontraba digitalizada. Desde hace unos meses, a través del enlace https://portaldearchivos.dipucordoba.es/municipio/montilla/ se pueden consultar y descargar casi un millar de unidades documentales, entre las que cabe destacar las Actas capitulares y los Padrones vecinales. 

En la actualidad, se continúa con el inventariado y normalización del conjunto documental, y ya se trabaja en la continuación de la digitalización de los fondos históricos, que permitirá la preservación de los originales y su posterior difusión electrónica a través del Portal de Archivos, cuyos trabajos se llevarán a cabo gracias a los acuerdos suscritos entre nuestro Ayuntamiento y la Diputación Provincial.

*Artículo publicado en la Revisa de Información Municipal. Montilla, julio 2026. Núm. 205, págs. 22-23.

sábado, 14 de marzo de 2026

EL PRENDIMIENTO DE CRISTO Y SU ORIGEN EN LA SEMANA SANTA DE MONTILLA*

La edición actual del diccionario de la Real Academia Española define la palabra prendimiento con tres acepciones. La primera: “Acción de prender, captura”. La segunda: “por antonomasia, prendimiento de Jesucristo en el Huerto”. Y la tercera: “Pintura o grupo escultórico que representa el prendimiento”.

La imagen de Jesús de las Prisiones, cuyo primer nombre
fue «Santo Cristo del Prendimiento
» en el siglo XVII.

En apenas dos líneas la RAE nos invita a recordar la escena de la tarde del Jueves Santo interpretada en la montillana Plaza de la Rosa –nuestro particular Getsemaní– desde 1914.

Si retrocedemos en el tiempo y consultamos el que está considerado primer diccionario de nuestro idioma, el Tesoro de la lengua castellana, o española, publicado en 1611 por Sebastián de Covarrubias, al transitar entre sus páginas hallamos una escueta y certera definición de Prendimiento: «dizese solamente del que Judas hizo vendiendo a su Maestro» (fol.595r).

Esta breve frase demuestra que el vocablo prendimiento ya era utilizado en el lenguaje barroco del siglo XVII hispánico, aplicado en exclusividad al episodio bíblico ocurrido a Jesucristo en el huerto de los olivos, en los extramuros de Jerusalén.

En este sentido, la acción de prender a Jesús era cita obligatoria en los populares sermones «del paso» que los predicadores exhortaban en las puertas del templo al inicio de cada estación de penitencia, a fin de «mover a compasión» el corazón de los cofrades y público allí congregado en torno a una sagrada imagen o misterio. Es de suponer que el pasaje del beso y traición de Judas –uno de los doce amigos de Jesús– tomaría especial protagonismo en Montilla a partir de 1625, cuando se fundó la cofradía de la Limpia Concepción de la Virgen María y el Cristo de la Oración en el Huerto, que procesionaría el paso evangélico antecedente al prendimiento.

A lo largo del siglo XVII la Semana Santa montillana crecerá en número de cofradías y de pasos –futuras hermandades– que completarán la representación plástica y visual de cada uno de los trances de la pasión de Cristo. Dentro de esta fervorosa corriente religiosa de acercar al pueblo llano el rostro humano de Dios, a mediados del seiscientos debió aparecer el paso del prendimiento en nuestra Semana Mayor.

Hasta ahora sólo se tenían vagas noticias de este paso representado por la imagen de Jesús de las Prisiones (primer titular de la actual cofradía de Jesús Preso, que en la actualidad se venera en Palma del Río), del que las referencias más antiguas databan del siglo XVIII. Hoy traemos hasta las páginas de esta publicación un interesante testimonio documental que retrotrae el uso popular del término prendimiento y su representación plástica en Montilla hasta 1667, a la sazón integrado en el cortejo procesional de la cofradía de la Vera Cruz, que venía a complementar la serie de los pasos ya existentes desde años atrás como eran la flagelación de Cristo amarrado a la columna (1601), la presentación al pueblo y coronación de espinas «Ecce Homo» (1597) y la Crucifixión en el monte Calvario [Cristo de Zacatecas], además de la soledad de la Virgen María [del Socorro].

Con este objeto, el 8 de mayo de 1667 comparecieron ante el hermano mayor de la Vera Cruz, Cristóbal de Aguilar Granado, un grupo de trece devotos encabezados por Pedro Solano a quien manifestaron su propósito y “devoción de sacar el paso del santo Christo del Prendimiento que está en la dicha hermita en la procesión de Jueves Santo y demás que se ofrecieren entre año, y asimismo sacar doce hachas que vayan alumbrando el dicho paso a costa de los susodichos”(1).

[... los dichos Pedro Solano y demás referidos en esta / escriptura tienen deboción de sacar el paso del santo / Christo del prendimiento que está en la dicha hermita / en la procesión de Juebes Santo y demás de que se ofrecieren...]

Asimismo, extendían su compromiso a “estar puntuales en el asistencia de dicha procesión y demás que se ofreciere, y llamamientos que se les hicieren”. En consecuencia a la obligación que asumían, se reservaron el derecho de poder transferirla “por falta dellos, cada uno en su lugar a de poder nombrar a la persona que le pareciere de hijos, nietos y sus descendientes y a falta dellos a la persona que les pareciere sin que en esto el dicho hermano mayor ni cofrades de la dicha cofradía les puedan impedir los dichos nombramientos en el dicho paso y hachas”.

Por su parte, la cofradía de la Vera Cruz se obligaba a mantener a su costa “todas las veces que fuere necesario, hazer andas o adobarlas y renovar el paso”. Del mismo modo, el hermano mayor se reservaba el derecho “de poder nombrar por aquella vez persona que lo sirva” si se daba el “caso que los dichos Pedro Solano y demás referidos sus compañeros por enfermedad o por ausencia no pudieren salir en dicho paso, […] y esto a de ser todas las veces que lo tal suceda a costa del que así faltare, […] a quien referido quiera dar de limosna la cera que así se quemare en dicha procesión”.

También, la cofradía advertía a los citados devotos “del paso del santo Christo del Prendimiento que está en la iglesia y hermita de la Santa Vera Cruz desta ciudad [que] no han de poder vender cada uno el derecho que tienen a sacar el dicho paso porque caso que lo tal hagan a de ser visto suceder en su lugar del que así lo vendiere, la dicha cofradía y su hermano mayor para darlo a quien pareciere”.

Y así, con la formalización de este compromiso ante el escribano público Francisco Varea Trillo, ambas partes “contenidos en esta escritura cada uno por lo que les toca” se obligaron a cumplirla “para siempre jamás, y todas las veces que fuere necesario”.

Estos trece devotos se llamaron: Antonio de Priego, Juan López Redondo, Juan de Soto, Diego Felipe, Juan López el Rubio, Bartolomé Ruiz de Cádiz, Juan Ruiz Prieto, Ignacio de Espejo, Antonio de Luque de Alba, Bartolomé Rodríguez el Rubio, Sebastián Muñoz, Alonso Ruiz de Zafra y el citado Pedro Solano “todos vecinos desta ciudad”.

Una nostálgica estampa del acto del Prendimiento a mediados del siglo XX presidida por
el Señor de las Prisiones.

Ellos, sin sospecharlo, ocasionaron la transmisión del pasaje evangélico del prendimiento de Cristo en el huerto de los olivos y asimismo fueron el germen de una devoción que años después se organizó en Hermandad, en el seno de la cofradía de la Vera Cruz, en torno a la antigua imagen de Jesús de las Prisiones (atribuida a las hermanas Cueto, por el historiador Dámaso Delgado). 

Con el paso de los siglos y la desaparición de la vieja ermita, la imagen del Señor fue trasladada a la parroquia de Santiago en 1810 y de allí a la ermita de la Rosa, para protagonizar a partir de 1914 la escena del Prendimiento. El destino y la piedad popular le hicieron recuperar la esencia de su razón y aquella primitiva advocación olvidada que permitió la creación de una nueva Hermandad, esta vez prendido y escoltado la tarde del Jueves Santo por una inédita «Corporación de Soldados Romanos» creada el año anterior en el seno de la cofradía de Jesús Nazareno que vino a renovar la música y la estética de la Semana Santa montillana, cuya memoria de cornetas y tambores, lanzas y penachos, es mantenida y prolongada en los tiempos que corren por la Centuria Romana Munda.

*Artículo publicado en la revista La Voz de los Romanos. Año XXIV, nº 24, (marzo, 2026), págs. 16-17.

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(1)   Archivo de Protocolos Notariales de Montilla. Oficio 7º. Leg. 1229, fols. 422-423.

sábado, 21 de febrero de 2026

EL MÉDICO JUAN BERNABÉ DE ARROYO, DONANTE DEL CRISTO DE LA HUMILDAD Y PACIENCIA*

Aspecto que presentaba el Señor de la Humildad antes de ser
intervenido por Miguel Arjona en 1990.
(Archivo Diputación Provincial de Córdoba)

En unos días volverá la ceniza a nosotros para recordarnos que comienza la Cuaresma para desembocar en la Semana Santa. Llegan los días de mudar la mirada y elevar los rezos hacia las imágenes sagradas que nos recordarán en las calles y plazas la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo.

La Semana Santa montillana goza de un rico patrimonio histórico-artístico entre las imágenes titulares de las cofradías que procesionan en la actualidad. No sólo nos referimos a las antiguas corporaciones nacidas en el siglo XVI, sino también en las hermandades constituidas en el siglo XX que iniciaron su andadura rindiendo culto a antiguas efigies de Cristo y la Virgen María que, por avatares de la historia, habían caído en el olvido de la piedad popular.

Fue el caso de la cofradía de Jesús Preso (o de las Prisiones) creada en 1914 a partir de figuras de los pasos pasionistas de la antigua ermita de la Vera Cruz y de una Dolorosa proveniente del convento franciscano. Lo mismo le sucedió a la hermandad de la Misericordia, nacida en 1974, que en sus inicios rindió culto a un Crucificado originario de la capilla nazarena del convento agustino. Tal solución fue la tomada por los fundadores de la hermandad salesiana del Cristo de la Juventud, que en 1988 adoptaron como titular al antiguo Ecce Homo de la Vera Cruz que estaba depositado en la recoleta ermita de la Paz. Y, por último, ya en 1994 un grupo de feligreses de la parroquia de San Francisco Solano restablecía el culto a una imagen del Cristo de la Humildad que décadas atrás había llegado a la casa de nuestro Patrono procedente de la clausurada iglesia de San Juan de Dios.

Todas estas imágenes sagradas –y otras más que fueron integradas en los cortejos procesionales del Jueves y Viernes Santo– fueron felizmente recuperadas para rememorar la pasión de Cristo según Montilla.

Pero cada una de las antiguas imágenes que volvieron a las calles de nuestra ciudad en la Semana Mayor abriga un pasado, más o menos conocido, que le hace poseedor de su propia historia vinculada no sólo a una hermandad, orden religiosa o congregación, además guarda un pasado asociado a un artista, a la devoción de un mecenas, o a un linaje familiar.

Así sucede con la efigie de Jesús de la Humildad y Paciencia, de quien vamos a profundizar en sus orígenes ligados al ámbito de la caridad y hospitalidad de los hermanos de san Juan de Dios, una orden fundada en Granada bajo los auspicios del propio santo Maestro Juan de Ávila.

Los “hermanos de la capacha” –como eran conocidos– se instalaron en Montilla en 1601 para hacerse cargo de los hospitales de la Caridad y de La Encarnación. La fundación del convento-hospital de San Juan de Dios no se hará efectiva hasta 1664, gracias al patrocinio del VI marqués de Priego, Luis Ignacio Fernández de Córdoba. Para ello, la Orden recibirá en propiedad los bienes y rentas de los hospitales que ya regentaban, así como la iglesia de Ntra. Sra. de los Remedios (también llamada de Santa Catalina).

Además de los frailes hospitalarios, los enfermos eran asistidos por alguno de los dos médicos titulados residentes en la ciudad. A mediados del siglo XVII uno de ellos es Juan Bernabé de Arroyo, que será el donante de la imagen del Cristo de la Humildad a la iglesia del hospital en que ejercía la profesión galena, como ahora veremos.

Juan Bernabé fue hijo de Antón de Arroyo y Juana Rodríguez, había nacido el 10 de junio de 1613 tras un parto complicado que hizo que fuera bautizado por Francisca García “la comadre” (o sea, la matrona) quien le impuso los nombres de su madre y del santo del día, practicando después “los exorcismos” el párroco Pedro Ximénez Hidalgo[1].

Poco más sabemos de Juan Bernabé hasta su matrimonio. Es probable que estudiara las primeras letras en el colegio jesuita de La Encarnación y después se trasladara a Granada para obtener en la universidad los grados de licenciado y doctor en Medicina.

Detalle de la firma del doctor Juan Bernabé de Arroyo,
donante de la imagen del Señor de la Humildad y Paciencia.

En 1640, con sólo 27 años, ya lo encontramos titulado con el grado de Doctor en Medicina, cuando contrae matrimonio con María de los Ángeles Fernández Rubio el 22 de diciembre en la parroquia de Santiago[2]. Como apunte curioso, entre los testigos de las nupcias aparece el otro médico local, el doctor Andrés de Espejo, gran mecenas del patrimonio artístico montillano.

Como narra el historiador Lorenzo Muñoz, sin precisar la fecha, Juan Bernabé trajo a su costa de Granada una Sagrada imagen de Jesús en el trance de su humildad y paciencia, es de las más peregrinas que pueden apetecerse, teníala en su oratorio, clamáronle y la dio a el convento[3].

La primera referencia de la que se tiene constancia de su veneración pública data del 9 de julio de 1659, cuando el médico decide “instituir y fundar de mis propios bienes y hacienda una perpetua capellanía” en la iglesia hospitalaria de los Remedios, dotada de una serie de fincas rústicas valoradas en 700 ducados, cuyas rentas fueron destinadas a sufragar los gastos de diez misas anuales aplicadas por el alma de los difuntos de la familia en señalados días de la onomástica de su devoción, entre la que se contaba “la octava, el miércoles santo en el altar del Santo Xpto. de la humildad que está en la iglesia y ermita de Nra. Sra. de los rremedios, de pasión”[4].

Es probable que alrededor de ese año la imagen del Cristo de la Humildad se agregase a la cofradía de la Pura y Limpia Concepción de María, una corporación pasionista establecida en aquel templo desde 1625, que desde sus inicios realizaba estación de penitencia la tarde del Miércoles Santo con sus titulares, Jesús en la Oración del Huerto y la Virgen de la Concepción dolorosa (hoy con el título de Esperanza).

Con el paso del tiempo el propio Juan Bernabé de Arroyo y su familia se integró plenamente en la cofradía. Existen testimonios documentales donde el reputado médico aparece ejerciendo de hermano mayor en 1667. Del mismo modo, hubo de tener una estrecha relación con los frailes hospitalarios, habida cuenta de su profesión y oficio de “médico del cabildo, justicia y regimiento desta ciudad”[5], además de estar avecindado en la calle Puerta de Aguilar, en el tramo que discurre entre la plazuela del Peso (hoy de La Inmaculada) y el convento-hospital (hoy Ayuntamiento).

Por tal motivo, una vez que la iglesia de los Remedios pasó a manos de la Hospitalidad de San Juan de Dios (1664), el general de la Orden, Fray Francisco de San Antonio, en una visita girada al convento montillano agració al doctor y a su descendencia con la donación de una sepultura “en remuneración y paga de los repetidos beneficios que este dicho convento recibió de dicho Dr. D. Juan Bernabé de Arroyo… contigua a el altar del Santo Christo de la Humildad, que corre por delante de parte a parte de su frontal…”[6]

Así sucedió cuando en los primeros días de septiembre de 1694 el anciano doctor falleció[7] y fue inhumado al pie de la imagen de su devoción, donde esperar la luz de la eternidad.

No en vano, los descendientes de Juan Bernabé continuaron ligados a la cofradía de la Concepción y a los hospitalarios de San Juan de Dios. Uno de los hijos, el Lcdo. Juan Antonio de Arroyo, se ordenó sacerdote y fue el capellán que asistió a la obra pía fundada por su progenitor. Del mismo modo, hay constancia de que tres de los nietos del médico fueron fervientes devotos del Señor de la Humildad, como lo reafirmaron en sus últimas voluntades, como ahora veremos.

En las procesiones públicas, las familias más acaudaladas de la sociedad local se destacaban del resto de vecinos y cofrades portando un hacha de cera blanca y cuatro pabilos, lo que ofrecía en la noche una luz más intensa y limpia; un gasto que no todas las cofradías se podían permitir. Parece que la familia Arroyo mantenía una de las escasas hachas de este tipo que alumbraban durante la estación penitencial del Miércoles Santo.

El presbítero Nicolás de Arroyo, comisario del Santo Oficio de la Inquisición y nieto de Juan Bernabé[8], falleció en 1752. En la repentina enfermedad que le precedió, otorgó un poder notarial a su hermana Isabel para que testara en su nombre, quien lo hizo unos días después de su óbito, disponiendo lo que le había transmitido de palabra en su lecho de muerte.

Habida cuenta del alto coste de la cera pura en aquellos tiempos, entre las cláusulas testamentarias la apoderada dejó constancia de que “previno y mandó el dicho Sr. D. Nicolás mi hermano que el hacha que tiene en la cofradía del Señor de la Humildad que se sirve en el convento de Sr. San Juan de Dios desta ciudad se conserve y saque todos los años en las procesiones, pagando la cera que se quemase como se ha hecho hasta aquí, y así lo declaró para que corra dicha devoción”[9].

Doña Isabel, doncella y vecina de la calle Enfermería, otorgó su testamento semanas después de su hermano y ratificó a sus herederos la disposición anterior: “Ítem es mi voluntad que el hacha que está en la cofradía del Señor de la Humildad… se mantenga por mis herederos y se saque y costee en las procesiones según y cómo se previno por D. Nicolás de Arroyo mi hermano”[10].

Aunque el mayor legado familiar ofrecido al Cristo de la Humildad será el dispensado por la tercera de los hermanos, doña Úrsula de Arroyo y Aguayo, también doncella y vecina de la calle Corredera, quien ordenó sus últimas voluntades en febrero de 1768.

Doña Úrsula era poseedora de un extenso patrimonio compuesto de bienes urbanos, rústicos, joyas y muebles. En su testamento decide instituir un Vínculo que sujete la mayoría de los bienes y rentas libres de cargas que posee, cuyo usufructo recaerá sobre su hermana Isabel y después de sus días pasará a sus sobrinos.

A los herederos y futuros poseedores de los bienes vinculados impone que una vez “regulada la renta que tenga se vean las misas que a razón de seis reales cada una que tengan cabimiento, y estas las diga [el pariente clérigo más pobre] en el dicho Altar del Ssmo. Christo de la Humildad, que se sirve en dicha iglesia de Sr. San Juan de Dios, en los días de fiesta a la hora de las onze, a lo que le ha de obligar el Prior de dicho convento, y el Patrono de la capilla”[11].

Un instante de la estación de penitencia de la cofradía de la
Humidad y Caridad la noche del Martes Santo.
(Foto: Chema G. Mármol)

No obstante, antes de instaurar el vínculo, la testadora impone sobre varios de sus bienes rústicos “una misa cantada con diáconos, que se ha de decir y celebrar el Lunes Santo de cada un año perpetuamente en el Altar del Ssmo. Christo de la Humildad, que se venera en la iglesia del convento… por cuya limosna se han de pagar catorce reales en cada un año a el dicho convento”[12].

Además de todo lo expuesto, entre las mandas testamentarias doña Úrsula remitió “a D. Francisco de Borja Ruiz Lorenzo mi sobrino Abogado de los Reales Consejos y vecino de esta ciudad doscientos reales de vellón para que los convierta en el adorno de la capilla y retablo de la Imagen del Ssmo. Christo de la Humildad que se sirve en la dicha iglesia del convento hospital de Sr. San Juan de Dios de esta ciudad, y quiero y es mi voluntad que si dicha capilla estuviere concluida a el tiempo de mi fallecimiento se dé sepultura en ella a mi cadáver porque así es mi voluntad”[13].

La piadosa nieta del médico Juan Bernabé de Arroyo murió en abril de 1769[14] y, al igual que sus hermanos y otros familiares, no pudo recibir sepultura en la nueva capilla de la Concepción y altar del Cristo de la Humildad ya que las obras del nuevo templo se prolongaron hasta febrero de 1771; pero a buen seguro la aplicación anual de las misas votivas y el generoso donativo para la ornamentación de su nuevo altar y retablo contribuyeron a aumentar la devoción de los montillanos al Señor de la Humildad y Paciencia.

*Artículo publicado en la revista Nuestro Ambiente. Año XLVIII, núm. 501 (Enero, 2026), págs. 29-32.

FUENTES DOCUMENTALES

[1] Archivo Parroquial de Santiago de Montilla (APSM). Libro nº 12 de Bautismos, fol. 300v.

[2] APSM. Libro nº 12 (pequeño) de Desposorios, f. 95r. Cfr. Libro nº 7, fol. 51r.

[3] LORENZO MUÑOZ, Francisco de Borja: Historia de la M.N.L. Ciudad de Montilla (Ms. 1779), pág. 117.

[4] Archivo de Protocolos Notariales de Montilla (APNM). Oficio 3º. Leg. 445, fols. 213-215.

[5] Ibidem.

[6] APNM. Of. 6º. Leg. 1063, f. 591-592. APSM. Libro donde se apuntan los cavildos, que haze la Cofradía de Ntra. Sra. de la Concepción, la que se venera en el Convento del Sr. San Juan de Dios de esta ciudad, fols. 55-56.

[7] APSM. Abecedario de difuntos, [s. fol.]

[8] Los hermanos Nicolás, Isabel y Úrsula era hijos de don José Sánchez de Arroyo, regidor y familiar del Santo Oficio, y de doña Mariana de Aguilar y Aguayo.

[9] APNM. Of. 4º. Leg. 707, fols. 111, 141-143.

[10] APNM. Op. cit., fols. 185-187.

[11] APNM. Of. 7º. Leg. 1307, fols. 60-64.

[12] Ibidem.

[13] Ibid.

[14] APSM. Abecedario de difuntos, [s. fol.]

domingo, 11 de enero de 2026

FICHA CATALOGRÁFICA DE LA COFRADÍA DE LA VERA CRUZ DE MONTILLA PARA EL CATÁLOGO DEL MAGNO VÍA CRUCIS "CÓRDOBA, VÍA SACRA DE OCCIDENTE"*

Cofradía de la Santa Vera Cruz y Devota Hermandad del Santo Cristo de Zacatecas y Santa María del Socorro, Madre de Dios y Señora Nuestra. Parroquia de Santiago Apóstol, Montilla (Córdoba).

Santo Cristo de Zacatecas (1576). Anónimo mexicano, adscrito al Taller de Cortés. Madera de colorín, papel amate y cañeja de maíz; tallado, moldeado, modelado y policromado.

Santa María del Socorro (2005). Antonio Bernal Redondo. Madera de cedro; tallada y policromada.

La cofradía de la Vera Cruz montillana hunde sus raíces en la primera mitad del siglo XVI. No se conoce el año de su fundación, pero hay autores que afirman su existencia ya en 1535, establecida en la ermita del mismo nombre que estaba edificada junto a la puerta de entrada del castillo de los Fernández de Córdoba[1]. Desde allí, cada Jueves Santo efectuaba una procesión de sangre portando un Cristo Crucificado y una Virgen Dolorosa por las calles de Montilla, con estación en el convento de San Agustín.

En 1576 la cofradía recibirá en donación la imagen del Santo Cristo que hoy llamamos de Zacatecas, lo que marcará el propio devenir de la corporación pasionista y la historia de la religiosidad popular de la ciudad. Ese año, el próspero indiano Andrés de Mesa regresaba de su residencia en el virreinato de Nueva España después de doce años, acompañado de su esposa doña Francisca, una descendiente de Hernán Cortés con la que había casado en Ciudad de México. El matrimonio trasladaba consigo un holgado equipaje familiar, entre cuyas pertenencias se hallaba la insólita efigie del gran Crucificado. El día 10 de septiembre, el matrimonio asentaba ante escribano público la entrega del «Santo  Cristo» a la corporación montillana[2]. Esta donación supone el primer testimonio documentado de la llegada de una hechura de imaginería ligera novohispana a la diócesis de Córdoba.

La materialidad del Cristo de Zacatecas responde a la tipología de obras producidas en los talleres mexicanos de escultura, en la que se fusionaron saberes y técnicas de la imaginería que se producía en Europa con los materiales indianos de raíz prehispánica, destacando el uso de madera de colorín, cañeja o interior de la caña del maíz y el papel amate. Reflejo del mestizaje temprano al que se vio sometido el Nuevo Mundo y también su nuevo arte. 

En el caso de la hechura del Cristo de Zacatecas, se adscribe al ‘Taller de Cortés’, uno de los primeros y prolíficos obradores que iniciaron su producción en la zona del centro de México a mediados del siglo XVI[3]. Respecto a su singular estética, da efectiva respuesta a las demandas iconográficas de la religión católica, necesarias tanto para atender a la evangelización de las nuevas tierras como a los usos votivos asimilados que allí ya estaban en práctica. 

Además, no se puede olvidar que efigies como esta fueron remitidas a la antigua metrópolis en un alto número[4]. Son palpable reflejo de la preferencia de sus donantes y de la aceptación popular, gracias a su gran formato, liviano peso y dramática expresividad, tal y como se aprecia en el Santo Cristo indiano donado por los ‘Cortés de Mesa’. 
El Cristo de Zacatecas, próximo a cumplir el 450 aniversario de su llegada a Montilla, tiene un lugar destacado en la Historia del Arte de Hispanoamérica.

Respecto a la Mater Dolorosa que lo acompaña en el Calvario, hay que decir que la advocación ‘del Socorro’ emana de una iconografía letífica de la Virgen María procedente de los territorios italianos ligados a la Monarquía Hispánica. Aunque se desconocen los orígenes de su veneración en Montilla, es muy probable que esté relacionada con alguno de los vecinos que acompañaron al Gran Capitán en sus campañas italianas, cuando no al propio Gonzalo Fernández de Córdoba, como ocurre en la villa de Pedroche[5].

La documentación exhumada hasta el momento conduce al fuerte vínculo que la imagen mantuvo en el siglo XVI con los ‘Rodríguez de Baeza’, un linaje estrechamente ligado a los Fernández de Córdoba desde el siglo XV, que tenían su enterramiento familiar junto al altar de la Virgen. 

Así lo manifiesta uno de sus más fervientes devotos, el Lcdo. Juan Rodríguez de Baeza, sobrino de Hernando de Baeza (secretario del Gran Capitán), quien en su testamento desea ser inhumado al pie de dicho altar, junto a su padre, y ofrece un generoso donativo a la Virgen en aras de que “Nuestra Señora benditísima se acuerde de socorrerme en esta vida y al tiempo que Nuestro Señor me llamare”[6]. 

Después de 1580 la advocación ‘del Socorro’ se relaciona con la imagen mariana dolorosa que recibe culto en la ermita de la Vera Cruz, pues a la primitiva hechura letífica se le mudará la advocación después de unas misiones dominicas en la villa, y pasará a titularse ‘del Rosario’. 

La imagen actual es obra del imaginero cordobés Antonio Bernal Redondo y fue bendecida el 11 de diciembre de 2005. Responde a la tipología de imágenes de candelero para vestir, y estéticamente recuerda al quehacer de la escuela barroca granadina del seiscientos. Vino a sustituir a una imagen anterior que había sufrido varias intervenciones fallidas a lo largo del siglo XX, cuyo rostro y manos se conservan en el interior de la hechura actual.

Su paso procesional ha sido realizado por "Talla Ornamental Ortiz Jurado", con una fase de carpintería entre 2005 y 2008, y una fase de talla comprendida entre los años 2014 y 2020.

*Catálogo Córdoba, Vía Sacra de Occidente: Magno Vía Crucis. Córdoba, 2025; págs. 118-123.

Créditos fotográficos: Chema G. Mármol.



REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

1 LORENZO MUÑOZ, Francisco de Borja: Historia de la M.N.L. Ciudad de Montilla. Año 1779. (Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque. Ms. 54, pp. 57-61.)

2 En el preámbulo del acta notarial, Andrés de Mesa recuerda su estancia americana y declara su propósito: “yo he residido en las Indias algunos años y de ellas yo truxe una hechura de un Xpto para que esté y se ponga en la casa y iglesia de la dicha cofradía de la Santa Vera Cruz desta dicha villa, porque con este intento yo lo truxe e para que esto tenga efecto otorgo y por el tenor de la presente escriptura”. Archivo de Protocolos Notariales de Montilla (APNM). Escribanías s. XVI. Leg. 101, ff. 84 v-87v.

3 AMADOR MARRERO, Pablo F. “Las obras desde su materialidad: impronta indiana”. En: Tornaviaje. Arte iberoamericano en España, Madrid, 2021, pp. 103-127.

4 GARCÍA-ABÁSOLO, Antonio y GARCÍA-LASCURAÍN, Gabriela (Coords.). Imaginería indígena mexicana. Una catequesis en caña de maíz. Córdoba, 2001.

5 PÉREZ PEINADO, José Ignacio. Nuestra Señora del Socorro. Convento Franciscano de Pedroche y Patronato del Gran Capitán. Córdoba, 2000.

6 “Ítem mando se den tres mil maravedís a la ymagen de Nª Sª del Socorro que está en la yglesia del Sr. Santiago desta villa junto al Sagrario para ayuda al tabernáculo o para aquello que el administrador de la cofradía della lo quisiere emplear, porque Ntra. Señora benditísima se acuerde de socorrerme en esta vida y al tiempo que Ntro. Señor me llamare los quales mis herederos al tiempo que yo fallezca cumplan”. ANPM. Escribanías s. XVI. Leg. 32, f. 454.

domingo, 21 de septiembre de 2025

SAN MAURICIO Y LA LEGIÓN TEBEA (SIGLO III). BREVE BIOGRAFÍA DE UN SOLDADO DE ROMA Y MÁRTIR DE CRISTO.*

San Mauricio fue un general romano al mando de una legión del imperio, llamada Tebea (o Tebana), que estaba compuesta exclusivamente de hombres oriundos de la Tebaida, región meridional del antiguo Egipto, reputada por el valor de sus jefes y soldados como una de las mejores del ejército[1]. 

El Martirio de San Mauricio y la Legión Tebana, obra de
El Greco, 1580. Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.

 
Durante la estancia de la legión Tebea en Jerusalén, Mauricio entró en afable trato con el obispo de dicha ciudad, quien lo convirtió a la doctrina de Cristo, y en breve tiempo toda la legión era cristiana.

Era en aquel tiempo Diocleciano emperador romano, cuando en el año 286, queriendo poner fin a una sublevación de pueblos en las Galias, asoció a Maximiano Hercúleo en la dirección del Imperio. Tomó éste personalmente la conducción de la guerra, y deseando Diocleciano fortificar aquel ejército determinó que se le uniese la legión Tebea.

Recibieron luego órdenes del emperador y marcharon a incorporarse al ejército en campaña. Alcanzaron a Maximiano y pasaron los Alpes. El emperador se detuvo en Octadura (probablemente la actual ciudad de Martigny, en el Valaís) y las tropas acamparon en la llanura. Mandó después que todo el ejército ofreciese sacrificios a los dioses, para que les fueran propicios en la batalla, pero Mauricio y sus soldados se desprendieron del resto de las tropas y ubicaron su campamento a tres leguas de distancia del resto, en un lugar llamado Agaunum, en las proximidades del lago Leman, ciudad que actualmente se denomina Saint-Maurice.

Informado el emperador Maximiano de lo sucedido, inquirió la razón de esta retirada, y cuando supo la causa mandó que volviesen y se juntasen con el ejército e hiciesen lo que se les había ordenado. Respondieron ellos que eran cristianos y estaban dispuestos a obedecer al Emperador en todo lo que su fe no prohibiera, a combatir y morir por él, pero que no sacrificarían a los ídolos.

Enfurecido por la respuesta, mandó Maximiano castigar a la Legión Tebea. Se puso en ejecución el decreto, sorteándose a uno de cada diez, y al instante se les quitó la vida. Tomó otra vez el emperador a ordenarles que viniesen a juntarse con los demás soldados, mas ellos se quedaron firmes en sus principios cristianos como antes habían decidido, por lo que nuevamente se procedió a diezmarlos. Al fin, viéndolos irreductibles, ordenó Maximiano que todo el ejército fuese contra la Legión Tebea y no dejase a ninguno de sus soldados con vida. Así, Mauricio y sus más de 6000 soldados, alcanzaron la corona del martirio el 22 de septiembre del año 286.

San Euquero, obispo de Lyon (siglo V), recogió las tradiciones orales de su tiempo, casi siglo y medio después de morir San Mauricio y sus compañeros, recogió el martirio ejecutado, que corría de boca en boca, acerca de los mártires de Cristo, como fue el caso de San Mauricio y la legión Tebea. Es a este obispo, a quien debemos la mayoría de las noticias de la vida y muerte de este mártir.

Los cristianos, siempre amantes de sus héroes santos, comenzaron a tributarles culto en el siglo IV dando a conocer esta hazaña al mundo entero mediante cartas o viajes por el imperio.

Según refiere el propio Euquero, fue San Teodoro (obispo del Valais) quien hizo exhumar los restos de los mártires tebanos, levantando en su honor una pequeña basílica, de la cual se han encontrado huellas en excavaciones efectuadas en el pasado siglo, como también de otros santuarios levantados en aquellos parajes.

Los mártires de la Legión Tebea fueron venerados por todas partes, y de ellos hay reliquias en infinidad de iglesias, como Viena del Delfinado, San Cugat del Valles, El Escorial, la catedral de Toledo, etc. En Francia sesenta y dos municipios llevan el nombre de Saint-Maurice.

Incluso las armas de San Mauricio fueron objeto de veneración e invocación. Los duques de Saboya, en cuyo territorio está comprendido el lugar de su martirio, llevaron siempre el anillo de este Santo como una de las más preciosas señales de su soberanía.

También existe una orden militar, fundada en 1434 por Amadeo VIII, primer duque de Saboya, que está encomendada a San Mauricio, gran protector de esta casa ducal.

Montilla, retiro eterno de las reliquias de San Mauricio.

En el siglo XVI, la villa de Montilla era capital del marquesado de Priego y condado de Feria, además de centro espiritual de Andalucía. Para ello, los Fernández de Córdoba se afanaron en atraer a los más prestigiosos teólogos y místicos de la geografía española. A esto se sumó la continua remisión de reliquias que los señores de Montilla enviaban desde otros países a la capital de sus estados, cuando formaron parte de la Corte o detentaron funciones políticas o diplomáticas de la Monarquía Hispánica durante el siglo de oro del imperio donde no se ponía el sol.

Casos conocidos en nuestra ciudad son las reliquias que envió el Gran Capitán durante sus campañas militares en Italia, procedentes de la abadía de Montecasino. Otro buen ejemplo lo encontramos en las que hiciera llegar el duque de Feria durante su estancia en el Ducado de Milán, como gobernador y embajador de España en Italia. También son muy conocidas las reliquias que regalaron a la Condesa de Feria y a Sor Ana de la Cruz Rivera, y que hoy celosamente se custodian en el convento de Santa Clara.

Primitiva capilla sacramental de la Parroquia
de Santiago, donde fueron veneradas las reliquias
donadas por Juan Rodríguez de Baeza en 1583.
 

Otro caso menos conocido, pero no menos interesante, son las reliquias que enviara a Montilla, su tierra natal, el Lcdo. Alonso Álvarez, secretario de la marquesa de Priego y miembro de la corte española que acompañó al emperador Carlos I en su viaje a Alemania.

Estando la corte del Emperador en Alemania en 1545, desde la ciudad de Colonia el montillano Alonso Álvarez adquirió tres reliquias pertenecientes a los cráneos de los Santos Mauricio, Cesáreo y Dorotea, todos mártires de la primitiva iglesia cristiana, las cuales envió en 1570 a su hermano Juan Rodríguez de Baeza, sobrino homónimo del chantre de la Catedral de Sevilla.

La primera noticia, y más fidedigna, que tenemos de la llegada de estas reliquias a Montilla nos la da el propio Juan Rodríguez de Baeza en una cláusula de su testamento cerrado, escrito de su puño y letra en 1574, quien describe minuciosamente la traída de las reliquias y su ubicación: 

“Ítem digo que my hermano Alonso Álvarez estando en Colonia en Alemania en la Corte del emperador don Carlos por concesión apostólica obtuvo reliquias de tres cabezas de santos bien aventurados que son San Mauricio y San Cesáreo e Santa Dorothea virgen, e me las envió en un cofre sellado e yo así las he tenido estas reliquias para colocar e poner en la dicha capilla, enzima del altar de ella se haga un tabernáculo capaz del cofre donde están las dichas reliquias suyas, e que esté adornado con la decencia que conviene, e que se pongan allí con dos llaves, e que la una tenga el Sr. Vicario que es o fuere por tiempo en la dicha iglesia, y la otra el capellán más antiguo de la dicha capilla, e si pareciere a mi heredero que las ponga en el Sagrario donde estarán mejor que lo pueda hazer, con que se obliguen él y los curas capellanes que por tiempo fueren en Santiago de hazer la fiesta de cada año de los dichos santos en su día, por el alma del dicho Alonso Álvarez my hermano que las ubo con mucho favor que tuvo y las envió, e por la mía, e que se traygan en las procesiones solemnes por honrra destos benditos santos, e que se le dé limosna que le parezca, e se conviniere con ellos por estas fiestas si yo no ubiere situado de dónde se les pague, e la tengan perpetuamente si yo no ubiere dispuesto que estén en otra parte, pues tengo licencia apostólica estén dónde yo quiesierem, y si no se conviniere concederse que el tabernáculo que mando que se haga”[2].

Las reliquias fueron colocadas en la capilla sacramental de la iglesia parroquial de Santiago, donde recibieron veneración pública. En el cuadrante de cultos parroquiales, datado en 1769, se recoge que el día 22 de septiembre de cada año “que se celebra Santa Pomposa y se da conmemoración de San Mauricio, se saca la Cabeza de dicho Santo a la Adoración y se pone en la urna que dio el Sr. D. Juan Ruiz de Toro Vicario de esta Iglesia para se pusieran las 3 cabezas en sus tiempos.”[3]

El historiador local del siglo XVIII, Antonio Jurado y Aguilar, en su descripción del templo parroquial de Santiago, dentro de su manuscrita e inédita Historia de Montilla de 1776, cita que “en la capilla del Sagrario se veneran tres cabezas de los Santos y Gloriosos Mártires San Mauricio, San Cesáreo y Santa Dorotea que trajo consigo de la Ciudad de Colonia el Ldo. Sr. Juan Rodríguez de Baeza en el año de 1570 [sic], con su auténtica firmada, y se manifiestan a el pueblo con otra de las once mil vírgenes en varios tiempos del año.”[4]

Durante los siglos XVI al XIX, las reliquias del mártir romano San Mauricio, junto con las demás, recibieron veneración pública, ya que su donante, el Ldo. Alonso Álvarez, erigió dos capellanías en la Parroquia de Santiago para sustentar el culto a tan gloriosos mártires.

Durante la Edad Moderna, fue tal la devoción despertada entre los montillanos que el VI marqués de Priego, Luis Ignacio Fernández de Córdoba, trasladó la reliquia de San Mauricio a la iglesia de San Luis, al coincidir el natalicio de su primogénito el día 22 de septiembre de 1650, festividad del mártir romano, quien fue bautizado con el nombre de Luis Mauricio, que su padre interpretó como una señal protectora inequívoca del santo mártir romano a su linaje. Así lo reseña el capellán del propio marqués en una genealogía datada en 1667:

“Nació en Montilla juebes 22 de septiembre de 1650, día de sant Mauriçio mártir, cuya cabeza, como reliquia tan grande, está en una caxa de plata en la iglesia de San Luis, fundación de D. Luis Fernández de Córdoba su padre; es ayuda de parroquia y oratorio muy frecuentado de estos señores por tener tribuna a su Palacio”[5].

Cráneos procedentes de Colonia (Alemania), reliquias de los santos Mauricio, Cesáreo y Dorotea, remitidos por Alonso Álvarez a su hermano Juan Rodríguez de Baeza, quien los donó a la Parroquia de Santiago en sus últimas voluntades.

Estas reliquias se conservaron en la casa de San Juan de Ávila[6], a donde fueron trastadas en la segunda mitad del siglo XX, desde la Parroquia de Santiago, lugar donde fueron donadas y enviadas por la voluntad del insigne montillano antes mencionado, desde la ciudad de Colonia (Alemania).

Los montillanos debemos conocer las huellas de nuestro pasado. Caso este, de la reliquia de San Mauricio mártir, cristiano y romano, que entregó su vida por su creencia en un Dios verdadero, y por caminar tras los pasos de Cristo, como hoy los romanos de Munda hacen cada Semana Santa, rememorando la fe cristiana en la pasión, muerte y resurrección del Dios hecho hombre, que hace poco menos de veinte siglos, otros crucificaron.

*Artículo publicado en la revista “La Voz de los Romanos”, Año IV, nº 3 (marzo de 2005), págs. 23-25.

FUENTES DOCUMENTALES


[1] CROISSET, Juan. Año Cristiano, o ejerciciosaumentada con el martirologio romano íntegro… Septiembre. Barcelona, 1854, págs. 435-447.
[2] Archivo de Protocolos Notariales de Montilla. Escribanías s.XVI. Leg. 32, fol. 454.
[3] Archivo Parroquial de Santiago de Montilla. Distribución por meses de lo que se debe hazer en esta Yglesia y Sacristía según sus obligaciones y cargas, en todo el año., fol. 44v.
[4] JURADO Y AGUILAR, Antonio: Historia de Montilla, fol. 241v.
[5] LLAMAS Y AGUILAR, Francisco de: Árbol real de excelentísimos frutos cuyas ramas se han extendido por lo mejor del Orbe... siendo el mejor Príncipe Don Luis Fernández de Córdoba y Figueroa, Marqués VII de Priego, Duque VII de Feria…. BNE, MSS/18126, fol. 59v.
[6] A la actualización de este trabajo (2025) las reliquias se hallan de nuevo en la Parroquia de Santiago.