domingo, 22 de diciembre de 2024

MONTILLA VUELVE A “DARSE LA MANO” CON EL MUSEO DEL PRADO

Tres años después de que el Cristo de Zacatecas fuera escogido para participar en la exposición Tornaviaje. Arte iberoamericano en España, la pinacoteca nacional vuelve a seleccionar una obra artística de la Parroquia de Santiago para un nuevo evento cultural de primera magnitud, como es la muestra “Darse la mano”, escultura y color en el Siglo de Oro.

En esta ocasión ha sido el Cristo de la Tabla quien ha viajado hasta el edificio de los Jerónimos de Madrid para formar parte de una cuidada escenografía de casi un centenar de obras, donde el Museo del Prado presenta una exposición que reflexiona sobre el fenómeno y el éxito de la escultura policromada y su complementariedad con la pintura, que inundó los espacios sacros y alcanzó su mayor plenitud durante el Barroco. 

Para ello, se han reunido piezas procedentes de gran parte de la geografía española, además de otras llegadas de Italia y de Francia, realizadas por los grandes maestros de los siglos XVI y XVII. Obras de escultores de la talla de Gaspar Becerra, Alonso Berruguete, Gregorio Fernández, Juan de Juni, Martínez Montañés, Juan de Mesa, Luisa Roldán o Francisco Salzillo, entre otros, se presentan acompañadas en perfecta simbiosis de creaciones pictóricas interrelacionadas con lienzos de Rubens, Lemaire, Murillo, Cano, Raoux, Maffei, Ribalta, Ribera, Carducho, Giordano, Coello, Carreño de Miranda o Goya. 

Una exposición que sintetiza la singularidad lograda en mundo hispánico durante el Siglo de Oro con la conciliación de sendas artes plásticas y que muestra cómo el volumen y el color en la escultura se pusieron al servicio de la persuasión religiosa, expresión artística que aumentó la eficacia comunicativa en la transmisión del mensaje sagrado, obteniendo un papel fundamental como apoyo a la predicación y en el ámbito de la religiosidad popular, donde lo divino cobraba una forma tangible y corpórea gracias a la fusión de los trabajos de escultores y pintores en una misma obra. 

Comisariada por Manuel Arias Martínez, jefe del Departamento de Escultura del Museo del Prado, la exposición tiene un relato dividido en siete secciones que recorren los diferentes aspectos y épocas del arte de la escultura policromada, desde la Antigüedad clásica hasta la plenitud del Barroco.

El pasado 18 de noviembre, durante la inauguración de la exposición en el Museo del Prado, acompañados de Enrique Quintana y Manuel Arias. Foto: © Museo Nacional del Prado

El Cristo de la Tabla forma parte de la sección VI, que lleva por título Escultura, teatro y procesión. La obra montillana está acompañada de otras siete piezas entre las que cabe destacar las esculturas de San Fernando (Pedro Roldán y Luisa Valdés) de la catedral de Sevilla, San Juan Evangelista (Francisco Salzillo) de Murcia, o el impresionante grupo escultórico Sed tengo (Gregorio Fernández) de Valladolid, que representa el paso evangélico de la crucifixión de Cristo. 

Según Arias, “el Cristo de la Tabla es una suerte de escultopintura o pintoescultura, tan singular y diferente, del que apenas hay ejemplos en España, que juega con esa duplicidad, para que funcionara como un elemento procesional, que finalmente no triunfó en favor de la escultura de bulto redondo”. 

Efectivamente, en su tipología, el Cristo de la Tabla se puede definir como un eslabón insólito entre la pintura y la escultura. Se trata de un singular icono de Jesús en la Cruz de autor anónimo cuyos rasgos estilísticos –de transición tardogótica al Renacimiento– revelan que pudo ser realizada en los años centrales del siglo XVI. Debe su originalidad y belleza a que se encuentra plasmada al óleo por el anverso y el reverso sobre un tablero de dos centímetros de grosor y ciento cincuenta y dos de altura, recortado por la silueta anatómica del Crucificado.

Como se ha dicho, la efigie se venera en la Parroquia de Santiago. Desde sus orígenes y hasta principios del siglo XX, recibió culto en el primer tramo de la capilla de las Ánimas, hoy convertido en Baptisterio. Las primeras noticias de este recinto sacro datan de 1528, año en que fueron aprobadas las ordenanzas y reglas a la cofradía del mismo nombre.

La imagen aparece ya localizada en este espacio por un inventario del año de 1610, el más antiguo que se conoce del templo, donde se registra como un “crucifijo pintado en una tabla. Cortada la tabla y clavado en una cruz que está en la capilla de las Ánimas”. Esta ubicación es confirmada por los cronistas montillanos de los siglos XVIII y XIX en sus obras, desde Lucas Jurado hasta Dámaso Delgado.

Recientes investigaciones han vinculado la imagen del Crucificado a la figura de San Juan de Ávila. Los testimonios recabados para el Proceso de beatificación del Apóstol de Andalucía ponen de manifiesto un episodio acontecido en las inmediaciones de la citada capilla de las Ánimas entre el Santo Maestro y unos vecinos de la villa que andaban enemistados, “dos personas honradas encontradas con odio capital y vengativo”. 

El Maestro Ávila, conocedor de la situación, intercedió para que aquella hostilidad desembocase en paz y amistad. Al parecer, tomó como aliado al Cristo de la Tabla para que uno de los reñidos “el más ofendido, y por esta parte más incontrastable” se encomendara al Crucificado, a fin de que la imagen sagrada le moviera los sentimientos encontrados y recapacitase. Así sucedió y el asunto quedó resuelto para siempre, como relatan los primeros biógrafos del Santo Maestro, Luis Muñoz y Martín Ruiz de Mesa. 


El Cristo de la Tabla, sobre la cruz y lienzo del calvario añadidos en el Barroco, tal y como se puede contemplar en la capilla del Chantre de la Parroquia de Santiago.
Foto: Rafael Salido.


Hasta la llegada del siglo XIX, el Cristo de la Tabla gozó de una gran veneración entre los montillanos. Así lo testimonian las numerosas mandas testamentarias que ofrecen los devotos en sus últimas voluntades, como fue el caso de Juan Antonio Camacho, maestro mayor de obras del Marqués de Priego, que ofreció “a el Santo Xpto de la tabla que está en dicha Yglesia una libra de Zera labrada por una vez”.

No obstante, la obra pía de mayor entidad que recibió el Cristo de la Tabla fue gracias a Luisa Granados de Bonilla, fallecida de 4 de julio de 1725, quien fundó una Memoria “con cargo de una misa de fiesta solemne que sea de decir en cada un año perpetuamente para siempre en el día de la Invención de la Santa Cruz en la capilla y altar del Santo Cristo de la Tabla sita en la dicha iglesia parroquial de Sr. Santiago”. 

De la profunda piedad que despertaba el Crucificado entre los fieles montillanos también queda constancia por las ocasiones en que este original icono fue elegido para presidir en 1699 y 1726 las procesiones generales organizadas con motivo de “la rogativa del agua”.

Asimismo, la devoción se ve reflejada en las donaciones materiales que recibió en este período de pleno Barroco, como son la Cruz tallada, calada y sobredorada que le sostiene y la cartela del INRI en plata labrada y repujada, además del amplio lienzo pintado al óleo que completa la escena del Calvario con las imágenes de la Virgen dolorosa y San Juan en su parte inferior, acompañados de una serie de ángeles plañideros portadores de los símbolos de la Pasión, que se distribuyen en la zona más elevada.

Gracias a su relación con San Juan de Ávila, a raíz de su declaración como Doctor de lglesia, el Cristo de la Tabla volvió a ser expuesto a la vista pública en la iglesia de Santiago, tras largos años ubicado en la sacristía. Asimismo, fue restaurado por Ana Infante de la Torre, a través de una subvención de la Junta de Andalucía. Desde entonces, se puede contemplar en la antigua capilla del Chantre, próxima a su primitiva localización, contigua a la capilla de las Ánimas.

Hasta el próximo 2 de marzo de 2025 se podrá disfrutar de su presencia en el Museo Nacional del Prado, mano a mano con las obras más paradigmáticas de la pintura y la escultura del Siglo de Oro hispánico.

miércoles, 10 de julio de 2024

ANA MARÍA DE SOTO Y ALHAMA (1775-1833), «LA SOLDADO ESTANQUERA» Y PRIMERA MUJER SUBOFICIAL EN LAS FUERZAS ARMADAS*

Hasta fecha reciente, la carrera de las armas fue una actividad siempre ligada al varón; sin embargo, se conocen casos esporádicos de la participación de alguna mujer enrolada en los ejércitos regulares de las naciones europeas y, cuando menos, portadora de algún tipo de mando o empleo superior. Justamente, uno de los casos más insólitos documentado es el que protagonizó Ana María de Soto, quien, con sólo 17 años, decidió ocultar su sexo femenino para cumplir un sueño: alistarse en la Infantería de Marina.

Hija del matrimonio formado por el montillano Tomás de Soto y la aguilarense Gertrudis de Alhama, nace en Aguilar de la Frontera el 16 de agosto de 1775, siendo bautizada en la parroquia del Soterraño ese mismo día con el nombre de Ana María Antonia. En plena juventud decide abandonar el hogar familiar, se traslada hasta Cádiz ocultando su identidad y se hace pasar por hombre como Antonio María de Soto.

Recreación idealizada de la infante de marina
 Ana María de Soto, por Ricardo Llamas León.
Así, su vida militar comienza el 26 de junio de 1793, cuando sienta plaza de soldado voluntario en la 6ª compañía del 11º batallón de Marina, con base en la Real Isla de León, (en la actualidad, San Fernando).

Tras un periodo de formación, en enero del año siguiente, embarca con su compañía en la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, que le lleva a participar en los últimos episodios de la Guerra de la Convención, conflicto que España sostuvo contra la Francia revolucionaria, donde nuestra protagonista luchará en uno de sus escenarios como fue el Golfo de León, tanto por mar, contra varios cañoneros y baterías francesas junto a la costa de Bañuls del Mar (Rosellón), como en tierra, durante el sitio y evacuación de la fortaleza de la Trinidad, en la bahía de Rosas (Gerona).

Además de formar parte de la dotación de La Mercedes, su nave base,  también estará embarcada en la urca Santa Balbina (septiembre de 1795) y en la fragata Santa Dorotea (diciembre de 1796 – enero de 1797).

En febrero de 1797 es destinada a la fragata Santa Matilde, a bordo de la cual combate en la batalla naval del Cabo de San Vicente (Portugal), el 14 de febrero de ese año. Un episodio bélico de infausto recuerdo para la Armada española, quien desde agosto de 1796 estaba alineada con Francia a causa del Tratado de San Ildefonso, una alianza militar que comprometió a España a enfrentarse a Gran Bretaña, enemiga de los galos.

A pesar del resultado, gracias a su destacada actuación durante el combate naval, Ana María será ascendida al empleo de Cabo y destinada a una de las baterías del arsenal de La Carraca. Allí, está desempeñando las funciones de guarnición y vigilancia del gran recinto militar y astillero, fue cuando se produce el asedio inglés a la ciudad de Cádiz por parte de la Royal Navy, al mando del contraalmirante Horacio Nelson, entre los días 3 y 5 de julio de 1797.

La defensa de la bahía gaditana estará comandada por el almirante español José de Mazarredo, quien abortará los planes de los ingleses combatiendo a los buques enemigos desde las lanchas cañoneras y demás fuerzas sutiles, a corta distancia, provocándoles daños severos, obligándoles a batirse en retirada y levantar el bloqueo naval. Precisamente, a bordo de una de las cincuenta lanchas cañoneras que intervinieron en las operaciones marítimas luchará valerosamente Ana María de Soto.

Tras el asedio, volverá a permanecer de dotación en la fragata Matilde hasta el 7 julio de 1798, día en que fue descubierta su original naturaleza, siendo desembarcada de inmediato. El detonante partió de la denuncia de un capellán de la Escuadra a quien ella confesó su verdadero sexo.

En agosto de ese año, Ana María obtuvo la licencia absoluta de retiro de la Armada. Los jefes superiores comunicaron la insólita noticia al monarca Carlos IV, quien, sorprendido “de la heroicidad de esta mujer, la acrisolada conducta y singulares costumbres con que se ha comportado durante el tiempo de sus apreciables servicios, ha venido en concederle dos reales de vellón diarios, por vía de pensión y al mismo tiempo, que en los trajes propios de su sexo pueda usar los colores del uniforme de Marina, como distintivo militar.”

Robert Cleveley. "Combate naval de cabo de San Vicente", óleo/lienzo, 1798. Royal Museums Greenwich.

Además, en diciembre de 1798 el propio rey la vuelve a agraciar con el ascenso al grado y sueldo de Sargento primero de los Batallones de Marina “por haber servido en ellos de soldado voluntario cinco años y cuatro meses con particular mérito”.

Una vez retirada de la vida militar, fija su residencia en Montilla, donde se había establecido su familia, dado que su ascendencia paterna era montillana. La Administración General de Rentas le concede en nuestra ciudad la explotación de un Estanco de tabacos en 1799, ubicado en la Plazuela del Peso (en la actualidad, plaza de la Inmaculada). A partir de entonces, aparece domiciliada en la calle Corredera y será conocida por el sobrenombre de "la soldado-estanquera", oficio que regentará hasta su muerte, acaecida el 4 de diciembre de 1833, a los 58 años de edad. El funeral fue oficiado en la parroquia de Santiago y su cuerpo recibió sepultura en el cementerio de la Vera Cruz.

Hasta el momento, Ana María de Soto y Alhama ostenta el honor de ser la primera mujer suboficial de las Fuerzas Armadas de España, cuyos galones de Sargento Primero recibió por Real Orden de Carlos IV, en 1798.

BIBLIOGRAFÍA

BUSTO BAENA, Francisco. Mujer valiente, por tierra y por mar (1775-1833). San Fernando, 2020.

GARRAMIOLA PRIETO, Enrique. “La Sargento Sotomayor, heroína de Aguilar”. En: Mujeres cordobesas, su contribución al Patrimonio. Tomo II. Diputación de Córdoba, 2005, págs. 213-223.

PONFERRADA GÓMEZ, José. Vilanos sobre Montilla. Montilla, 1980.

SOLÁ BARTINA, Luis. “Una mujer entre las tropas de Marina del siglo XVIII: Ana María de Soto y Alhama”. En: Revista general de Marina (Madrid), vol. 264. Mayo, 2018, págs. 655-664.

VALLINA VALLINA, Alicia. “Ana María de Soto y Alhama”. En: La Aventura de la Historia, núm. 271 (2021), pág. 8.

*Artículo publicado en: Revista de Información Municipal, núm. 201, págs. 26-27. Montilla, julio, 2024.

viernes, 3 de mayo de 2024

UNA EFEMÉRIDE Y UNA PROPUESTA*

En el rostro del Santo Cristo de Zacatecas se
refleja fielmente la dureza de la muerte de Cruz.
Cuántas generaciones de montillanos a lo largo de
los siglos habrán comprendido en la contemplación
de su agonía el misterio de la fe cristiana.
(Foto: Jaime)
Se acerca una fecha significativa para la historia de esta cofradía. Su titular, el Santo Cristo de Zacatecas, pronto cumplirá 450 años de su llegada a Montilla.

Como es sabido, el indiano Andrés de Mesa –un montillano enriquecido en sus años de residencia en el virreinato de Nueva España– a su regreso decidió incorporar al equipaje familiar una de aquellas imágenes de Cristo crucificado, de hechura portentosa y liviano peso, que los obradores mexicanos componían a base de caña de maíz empleando técnicas aprendidas de artistas indígenas; imágenes que tan buen fruto catequético y devocional estaban logrando en aquellos recónditos territorios donde los misioneros españoles asumieron la difícil empresa de llevar la fe cristiana.

A su llegada a Montilla, el impacto que causaría en la población hubo de ser imponente, como la silueta de su figura. Porque hemos de recordar que fue una imagen de Cristo en la Cruz extraña a los ojos y al corazón de paisanos y foráneos, la primera de procedencia ultramarina –de tales dimensiones y características– que llegaba a tierras cordobesas.

La cofradía pronto se apresuró a recibir la donación del «Santo Cristo» y elevó aquel acuerdo a escritura pública el día 10 de septiembre de 1576, vísperas de la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz. Como era lo propio, los oficiales de la Vera Cruz asignaron la titularidad de la corporación a la nueva imagen, iniciándose así una relación indisoluble entre el Crucificado mexicano y Montilla.

Han sido más de cuatro siglos donde los ojos moribundos del Señor de Zacatecas han conocido a generaciones y generaciones de nuestros antepasados, quienes le confiaron sus anhelos y secretos, sus plegarias y penitencias, sus adversidades y gozos. Y a pesar de representar a Jesús muerto en la Cruz no deja de ser un referente en la historia viva de la piedad popular montillana, un icono de Dios-Hombre que no deja indiferente a quien lo contempla.

Además, desde que fue estudiado por el historiador americanista Antonio García-Abásolo y después restaurado por el investigador y conservador especializado en la materia Pablo Francisco Amador, el Crucificado novohispano se ha revelado como una de las obras artísticas más singulares del rico patrimonio sacro que nuestra ciudad atesora, como lo vienen acreditando últimamente numerosos trabajos de investigación, estudios académicos y universitarios, gracias a su original tipología y al buen conocimiento de su pasado.

Como ejemplo, baste recordar su reciente visita al Museo Nacional del Prado para participar en la exposición Tornaviaje, Arte iberoamericano en España, celebrada entre los últimos meses de 2021 y los primeros de 2022, donde fue seleccionada entre poco más de un centenar de obras de toda la geografía española.

El año 2006 el Cristo de Zacatecas volvía a las calles de 
Montilla en Semana Santa, como titular de la restablecida
cofradía de la Vera Cruz. En la imagen, un momento de 
aquel histórico Martes Santo a su paso por el paseo de 
Cervantes. (Foto: Jaime)

En el Cristo de Zacatecas se funden la fe y la historia, religiosidad y antropología, la materialidad de lo humano y la trascendencia de lo divino. Es la herencia de un encuentro entre dos mundos. Es mucho más de la emoción que percibimos un Martes Santo a la caída de la tarde, cuando las campanas de la torre centinela anuncian su salida. Por tal motivo no merece que tan significada fecha pase desapercibida, sin pena ni gloria, pues la imagen goza de arraigo devocional e identidad suficientes como para conmemorar esta efeméride.

Para ello, es necesario crear un equipo de trabajo que centre sus energías y capacidades en configurar un nutrido programa de actividades en torno a su figura y a la razón de lo que representa.

Este aniversario puede ser una gran oportunidad de transmitir y divulgar a todos los ámbitos de la sociedad el amplio universo que envuelve a tan singular Crucificado que, como ya se sabe, su imán sobrepasa los límites geográficos de nuestra propia ciudad.

Son muchas las posibilidades que ofrece la ocasión y aún se está a tiempo de ponerlas en marcha. Para ello hace falta voluntad, ganas de trabajar, aunar esfuerzos y, cómo no, recursos y patrocinadores. Pero con fe todo se alcanza.

No dejemos pasar esta gran oportunidad que nos brinda la Historia y nuestro preciado Titular nos demanda.


*Artículo publicado en la revista Vera+Crux, Año XXI, nº 22, págs. 12-13 (Montilla, Cuaresma, 2024)

martes, 19 de marzo de 2024

LA DONACIÓN DE LA IMAGEN DE CRISTO YACENTE Y URNA DEL SEPULCRO A LA COFRADÍA DEL SANTO ENTIERRO Y NUESTRA SEÑORA DE LA SOLEDAD*

A la memoria de Miguel Navarro Polonio, montillano Arimatea, que tantos años trasladó a Jesucristo al sepulcro. Hoy goza ya de su celestial presencia.

En 1674 un grupo de montillanos costeaba la imagen y urna de Cristo Yacente y la entregaba en donación a la cofradía del Santo Entierro y Ntra. Sra. de la Soledad, por lo que la presente Semana Santa se cumple 350 años de la hechura y primera salida procesional del paso del Santo Sepulcro que hoy conocemos.

La noticia ha sido conocida gracias a la escritura notarial otorgada entre los devotos donantes del grupo escultórico y el hermano mayor de la cofradía, que se reunieron en la capilla de la Soledad del templo agustiniano para asentar ante escribano público la entrega oficial a la cofradía el día 19 de marzo de ese año.

En la intimidad que ofrecen actos como el besapié y
besamanos se pueden contemplar al detalle las imágenes
de Cristo Yacente y Ntra. Sra. de la Soledad.

Pero antes de entrar a desgranar las enjundiosas noticias que ofrece el documento vamos a repasar los acontecimientos que precedieron a esta donación, pues durante la segunda mitad del siglo XVII las cofradías y hermandades montillanas se vieron inmersas en un proceso de actualización en materia jurídica, promovida por el obispo Francisco de Alarcón en el Sínodo diocesano de 1662[1], que provocó la regulación y reordenación de muchas de ellas y, en consecuencia, una etapa de esplendor en pleno Barroco.

La antigua cofradía de la Soledad y Angustias de Nuestra Señora se había fundado en el convento de San Agustín en 1588. Fue la segunda corporación pasionista en crearse en Montilla, después de la Vera Cruz, y pronto arraigó en la piedad popular del vecindario de barrio del Sotollón y la Silera. Al año siguiente de su fundación obtuvo autorización de los agustinos para construir una capilla propia, y en aquellos primeros años fue adquiriendo las imágenes, insignias y enseres necesarios para realizar sus cultos y la estación penitencial del Viernes Santo por la tarde.

A mitad del siglo XVII la cofradía había experimentado un amplio crecimiento en número de hermanos y bienes. En este contexto expansivo surge la necesidad de dividir en dos la estación de penitencia, a fin de reajustar el dilatado ceremonial que la cofradía debía cumplir cada año la tarde-noche del Viernes Santo, donde se practicaba la disciplina, el Sermón del Paso, el Descendimiento de la Cruz y, por último, la Estación de Penitencia, que por aquellos años ya integraba en su cortejo los pasos de la Cruz de las Toallas (o guiona), Cristo amarrado a la Columna, la Virgen de las Angustias, Cristo Yacente en el Santo Sepulcro y Ntra. Sra. de la Soledad.

Tras la Semana Santa de 1660 se aprobó la referida propuesta, y fue reconfigurado el desarrollo de los actos a cumplir por la cofradía en la siguiente jornada del Viernes Santo. Se instituyeron dos estaciones de penitencia, la primera con las imágenes de Cristo Amarrado a la Columna y la Virgen de las Angustias por la tarde, donde se continuaría practicando la disciplina en la llamada «procesión de sangre»[2]. A su regreso se procedía a escenificar el acto del Descendimiento de la Cruz, acompañado de su Sermón, con una imagen de Cristo articulada que era depositada en una urna. Entonces, a la puesta de sol, comenzaba la segunda estación de penitencia, con las imágenes de Cristo Yacente y la primitiva Virgen de la Soledad.

Para una mejor organización, en abril de 1666 los cofrades deciden establecer una curiosa bicefalia, con el nombramiento de un hermano mayor para cada estación de penitencia. También, fue creada una hermandad en el seno de cada uno de los titulares de la cofradía, regida por un cabo a cuyo cargo estaban los portadores del paso, palio, estandarte, insignias, cera y tramo de hermanos de luz que acompañaban a la imagen.

Pronto debieron surgir diferencias internas entre las hermandades, posiblemente por el celo de cada una de ellas a la hora de organizar los cultos y procesión de su titular. Así las cosas, en 1667 el escribano Pedro Franco de Toro, hermano mayor de la procesión del Santo Entierro y responsable de la hermandad de la Soledad, decide costear una nueva imagen de la Virgen dolorosa y promover tal hermandad a la condición legal de cofradía, propósito que materializa con la aprobación del Ordinario diocesano y del Marqués de Priego[3].

Ese año queda oficialmente constituida la cofradía del Santo Entierro y Nuestra Señora de la Soledad, siendo su fundador y primer hermano mayor el referido escribano. A partir de entonces se desvinculará por completo de la antigua corporación pasionista de las Angustias, que continuará rigiéndose por las Reglas primitivas y mantendrá los usos y prerrogativas fundacionales.

Como la imagen de la Virgen de la Soledad había sido donada por Franco de Toro, fundador de la nueva cofradía, no había duda de su propiedad. Pero, probablemente, este no sería el caso de la antigua imagen de Cristo articulada, dedicada a realizar el acto del Descendimiento y posterior procesión del Santo Entierro. Asimismo, tampoco hemos de olvidar que la separación de ambas cofradías no fue pacífica y hubo de mediar la autoridad diocesana entre los litigantes.

Encabezado de la escritura notarial de Donación, registrada en
 papel timbrado con el escudo de Carlos II, último rey hispano 
de la dinastía de los Austrias .

Inmersos en esta vorágine de fervor espiritual y reforma estética, un grupo de 122 hermanos decide adquirir y financiar una nueva hechura de Cristo Yacente y su urna para donarla a la joven cofradía de la Soledad, lo que llevan a efecto en la capilla de la cofradía el 19 de marzo de 1674. Del largo centenar de donantes sólo están presentes 53 de ellos, representados en la persona de Cristóbal Ramírez de Aguilar. En nombre de la cofradía asiste su hermano mayor, que ese año es don Pedro José Guerrero.

La escritura notarial se divide en varias partes formales, que a continuación desglosamos. Comienza con la invocación religiosa propia de este tipo de documentos: “Bendito y alabado sea el Ssmo. Sacramento del altar y la ynmaculada Concepción de nuestra Señora la virgen María su bendita madre conzevida sin mancha ni mácula de pecado original desde el primer instante de su ser natural”[4].

Le sigue el inconfundible preámbulo de los oficios notariales de la época: “Sea notorio y manifiesto a los que esta presente escriptura de Donación ynrrebocable vieren como nos…” continuado de la intitulación de los 53 cofrades comparecientes, “naturales y vecinos que somos en esta noble Ciudad de Montilla, indignos hermanos que somos de la cofradía y ermandad del entierro de nuestro Sr. Jesuchristo que sele su procesión deste religiosísimo convento de Señor San Agustín… donde de presente estamos juntos y congregados en la capilla de nuestra Señora de la Soledad del entierro de nuestro Sr. Jesuchristo a el otorgamiento desta escriptura”.

Luego, aparecen los nombres de los cofrades donantes que no han asistido al otorgamiento del acta, que son los 69 restantes. Después, ya en el cuerpo documental, el escribano recoge la exposición del asunto que los ha congregado: “dezimos que por quanto nuestra voluntad y la de los demás hermanos a sido y es de muchos años á ser hermanos como lo somos de dicha cofradía y ermandad del entierro de nuestro Señor Jesuchristo”.

A continuación, se hace una detallada descripción de la hechura del Cristo Yacente, de la urna fúnebre y demás piezas ornamentales del túmulo, definiendo el material y acabados de cada una de ellas: “y con esta devoción y voluntad nos y los dichos hermanos trujimos a nuestra costa una hechura del sepulcro del entierro de nuestro Señor Jesuchristo, con una hechura de su divina Majestad dentro de [él] a estatura del natural, encarnada y acabada en perfección, y es dicho sepulcro de madera que llaman palo santo de la india de Portugal, con sus molduras de ondeado negras de peral y con su remates y cantoneras de bronce sobredorado, quatro cabezas de Águilas en los rremates de los varales de lo mismo, veynte y ocho vedrieras, diez ángeles de madera a la imitación del bronce que tienen en las manos las insignias de la santíssima pasión, y otros diez ángeles con sus alas de madera por la parte de adentro del sepulcro encarnados de mate”.

El paso del Santo Sepulcro a la salida de la iglesia de San Agustín la tarde del Viernes Santo, una estampa que se viene sucediendo en nuestra ciudad desde 1674.

Una vez descrito el nuevo conjunto escultórico, los donantes indican el lugar que debe ocupar en la iglesia conventual y la razón que les llevó a emprender tal iniciativa: “…para que estuviese y esté dicha hechura y sepulcro, y se ponga en la capilla que por el hermano mayor y ermanos de la cofradía y ermandad de nuestra Señora de la Soledad que juntamente se nombra del entierro de nuestro Sr. Jesuchristo, porque con este intento y para que saliesse su divina Majestad el viernes santo por la noche y los demás días y ocasiones que se ofreziese con toda decencia como tan alto paso y soberano misterio y por la veneración que tenemos a tan grande Dios y Señor”.

En el último párrafo de la exposición de motivos, ratifican la donación y dan toda fuerza de ley a la misma: “…y para que esto tenga efecto otorgamos por el tenor de la presente por aquella vía y forma que mejor podemos y de derecho a lugar y en nombre de los dichos hermanos y por la devoción que tenemos y tienen a la dicha cofradía y ermandad y por otras causas efectos respectos dignos y merezedoras de gratificazión que hacemos por nos y los demás gracias y donación a dicha santa cofradía y ermandad del entierro de nuestro Señor Jesuchristo sita en el dicho convento de Señor San Agustín desta ciudad, de la hechura y sepulcro del entierro de nuestro Sr. Jesuchristo como lo trajimos y está y de la forma que se a aclarado, buena, pura, mera, perpetua, perfecta, acabada e yrrebocable de las quel derecho llama fecha yntervivos la qual emos por ynsinuado y lexítimamente manifestada con la solenidad en derecho necesaria…”.

Finalizada la exposición, la escritura pública continúa en su parte dispositiva donde los otorgantes establecen una serie de condiciones a la cofradía, que se obliga a admitir y cumplir, como parte receptora y beneficiaria. Por el contrario la donación quedaría invalidada.

Los hermanos donantes disponen una serie de cláusulas para garantizar el destino, ubicación y uso del conjunto escultórico, así como las prerrogativas que ellos y su descendencia conservarían sobre la imagen y paso del Santo Entierro de Cristo en adelante:

“Primeramente es condición que cada y quando y en qualquier tiempo así el viernes Santo por la noche como todas las demás veces y ocasiones que la dicha hechura del santo sepulcro y su imagen se sacare en procesión, en qualquier día que sea para qualquiera efeto por nezecidad, nos lo dichos hermanos y fundadores y nuestros hijos y dezendientes y sucesores en qualquier grado que sea, siendo hermanos desta cofradía y ermandad, lo an de llevar y sacar a el dicho Santo Sepulcro y su imagen como nos… sin que otra ninguna persona ni personas la puedan sacar de qualquier estado y calidad que sean, ni por qualquiera causa ni razón que para ello aya, y lo contrario haciendo desde luego revocamos la dicha donación por sí y los demás”.

Asimismo, estipulan “que para qualquier ocasión que se ofrezca no se a de poder mudar ni quitar el dicho santo Sepulcro y su imagen a otro altar del dicho convento, por ningún día ni días, si no fuere con nuestro consentimiento o de los que fueren ermanos de la dicha cofradía y ermandad”.

Folio 48 del Libro de la Cofradía, donde se 
hace relación de los cofrades del Santo Entierro,
que está iniciada por los donantes de la imagen
de Cristo Yacente y su urna en 1674.

En la siguiente cláusula los hermanos donantes dejan entrever el litigio que en ese momento la cofradía de la Soledad mantiene con la de las Angustias. En previsión de una posible salida del convento y cambio de sede canónica disponen “que si por algún azidente del tiempo por qualquiera razón que sea la dicha cofradía del entierro de nuestro Señor Jesuchistro, que juntamente se nombra de la Soledad, saliere y se apartare del dicho convento de Sr. San Agustín para que esté situada en otra qualquiera iglesia o ermitas desta dicha ciudad a de servirla, que la dicha hechura de sepulcro e imagen consiguientemente se a de sacar de dicho convento y capilla donde se pone de presente y llevar a la tal iglesia o ermita donde la dicha cofradía estuviere sita”.

Igualmente, plantean una hipotética disolución de la cofradía. En su caso, se reservan el derecho de propiedad sobre el conjunto escultórico y la libertad de trasladarlo o donarlo donde consideren: “es condición que si, lo que Dios no quiera ni permita, la dicha cofradía se estinguiere en dicho convento y ciudad a de quedar a disposición de nos los dichos hermanos de la hermandad del santo sepulcro o a la de los que después de nosotros fueren en qualquier tiempo que lo tal suceda, el mudar la dicha hechura de sepulcro e imagen a la parte y lugar que eligiéremos o eligieren nuestros sucesores, para darlo de limosna, donarlo o hacer dello lo que más bien nos estuviere, sin que para ello se nos ponga impedimento alguno, porque sucedido el tal caso del estinguirse la dicha cofradía emos de poder usar libremente los que ahora somos hermanos de la dicha hermandad o los que adelante fueren a nuestra voluntad de la dicha hechura del santo sepulcro e imagen”.

Terminadas las cláusulas, los hermanos otorgantes se reafirman en la entrega y “hacemos la dicha gracia y donación por nos y los demás de la dicha hechura del santo sepulcro y su imagen a la dicha cofradía y hermandad del entierro de nuestro Sr. Jesuchristo… y lo damos, cedemos rrenunciamos y traspasamos en la dicha cofradía y ermandad para que con las dichas condiciones y gravámenes sea hecho para el efecto que dicho es, y en señal de posesión lo tenemos entregado y está puesto en el dicho convento en su capilla nueva como dicho es”.

A partir de ahora, en la escritura notarial toma la palabra el hermano mayor de la cofradía, don Pedro José Guerrero, “estando presente a el otorgamiento desta escritura y a todo lo que dicho es”, quien “azeta y rezive en su favor esta escritura y de la dicha cofradía y ermandad y ermanos della como en ella se contiene, y rezevimos la dicha hechura del dicho sepulcro y su imagen para que esté y asista en la dicha iglesia según que por los dichos Xpval Ramírez y demás hermanos está dicho y especificado”.

Para finalizar el acto de donación y traspaso del legado, el citado Cristóbal Ramírez de Aguilar “por si y los demás hermanos le entregó la nota y registro desta escritura a el dicho D. Pedro Joseph Guerrero hermano mayor de dicha cofradía y el susodicho la rezivió en mi presencia y de los testigos aquí contenidos de cuyo entrego y rezivo yo el presente escribano doy fe”.

Una vez incluida esta precisión, en el último párrafo el escribano Antonio de Aguilar Jurado valida el documento con la declaración a las partes de los derechos y obligaciones contraídas, así como de las leyes y fueros aplicables en caso de su incumplimiento.

Posteriormente, data la escritura “en la dicha ciudad de Montilla, en diez y nueve días del mes de marzo de mil y seiscientos y setenta y quatro años” y cita a los tres testigos presentes. Concluye el documento con la firma de nueve de los hermanos otorgantes y la rúbrica y signo del citado escribano público.

Como se puede comprobar en el acta notarial, desde un punto vista jurídico la donación quedó registrada con todo tipo de detalle. Los mecenas expusieron sus intenciones sobre el bien donado y entregado, incluyeron las disposiciones y prerrogativas que consideraron pertinentes para el presente y futuro del bien y se reservaron el derecho de revocación en caso de extinción de la cofradía, todo lo cual el máximo responsable de la corporación en calidad de beneficiario aceptó sin reparos ante escribano público.

Del mismo modo, resulta de gran interés la pormenorizada descripción de la imagen de Cristo Yacente: “a estatura del natural, encarnada y acabada en perfección”. Al igual que la urna que le acompaña, de nobles materiales adquiridos y utilizados ex profeso para el sepulcro: “palo santo de la india de Portugal”, un tipo de madera muy cotizada, importada del actual Brasil.

De los elementos que decoran la urna llama la atención la veintena de ángeles que en origen tuvo, diez en el exterior acabados “a la imitación del bronce, que tienen en las manos las insignias de la santíssima pasión”, así como “otros diez ángeles con sus alas de madera por la parte de adentro del sepulcro encarnados de mate”.

Altar de cultos cuaresmales que la Cofradía celebra
en la parroquia de San Francisco Solano, desde que
Ntra. Sra. de la Soledad fue trasladada a este templo. 

Un componente determinante para identificar la urna de la escritura y poder comparar con la que hoy se conserva son los cristales que contiene, “veynte y ocho vedrieras”, el mismo número que incluye la actual.

Aún así, con el paso de los siglos y la llegada de nuevos movimientos artísticos la urna ha modificado su aspecto original. En la actualidad no conserva algunos de los elementos originales citados en la escritura, como son los “remates y cantoneras de bronce sobredorado”, y tampoco las “quatro cabezas de Águilas en los rremates de los varales, de lo mismo”.

No obstante, ha ganado otros como son las cartelas y aplicaciones en plata labrada, que fueron añadidas en 1734 por el orfebre local Manuel Fernández Urbano, quien compuso “catorze tarjetas, y cantoneras de plata grandes para la urna de el Santo Sepulcro, y otras veinte y tres pequeñas que le faltaban”[5].

Quedan muchas aristas abiertas a la investigación, como puede ser la autoría y lugar de adquisición de las piezas donadas, asunto que no se menciona en la escritura. Igualmente, resultaría de interés comprobar los materiales y antigüedad de la urna actual, así como las analogías estéticas que la imagen guarda con otras obras coetáneas procedentes de los círculos artísticos que predominan en nuestra región en pleno Barroco. Como punto de partida, en este trabajo presentamos la datación de esta imagen y urna que constituyen uno de los pasos esenciales de la Semana Santa de nuestra ciudad, una iconografía que forma parte de la identidad cofrade y piedad popular montillana desde hace 350 años.

NOTAS


[1] Constitvciones Synodales del obispado de Cordoba, hechas, y ordenadas por su señoría ilustrísima el señor Obispo Don Francisco de Alarcon… en la Sinodo qve celebro en su palacio episcopal en el mes de junio de 1662. Madrid, 1667.

[2] Archivo Parroquial de Santiago de Montilla. Libro de Arancel y Decretos, fols. 62, 69.

[3] Libro de la Cofradía de Nª. Sra. de la Soledad que está en el Convento de S. Agustín desta Ciudad de Montilla, fol. 1r.

[4] Archivo de Protocolos Notariales de Montilla. Oficio 4º. Leg. 671, fols. 155r-161r.

[5] Libro de la Cofradía de Nª. Sra. de la Soledad… f. 422. Vid. et. GARRAMIOLA PRIETO, E. Semana Santa en Montilla. Pontificia Cofradía y Hermandad del Santo Entierro y Nuestra Señora de la Soledad. Anales y Recuerdos. Montilla, 1993., pág. 110.

*Trabajo publicado en la revista Nuestro Ambiente, Año XLVI, núm. 490, págs. 39-42. Montilla, marzo, 2024.

viernes, 5 de enero de 2024

LOS CULTOS CELEBRADOS EN TORNO A LA INAUGURACIÓN DE LA CAPILLA DE JESÚS NAZARENO DE MONTILLA*

No es casualidad que en este invernal mes de enero, nos dispongamos a escribir de un tema popular de nuestra ciudad, como es la imagen de Jesús Nazareno. Y argumentamos estas frías fechas porque el 6 de enero de 1689, festividad de la Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo, fue bendecida la suntuosa capilla de Jesús Nazareno.

La noticia de esta histórica jornada ha sido conocida gracias a una publicación que se hizo del citado acto, junto con la Oración Panegírica que en el mismo tuvo lugar, oficiada por el fraile agustino Bernardo Vela, visitador de la provincia de Andalucía y regente de los estudios del Real Convento de San Agustín de Córdoba.

Portada del panegírico publicado a expensas de los hermanos Pedro y
Alonso de Toro y Flores, mayordomo y hermano mayor de la cofradía
de Jesús Nazareno, que la ofrecen al VII marqués de Priego.
El citado ejemplar fue publicado por los hermanos Pedro y Alonso de Toro y Flores, que mantenían los cargos de mayordomo y hermano mayor de la cofradía, respectivamente (el primero, presbítero y notario del Santo Oficio de la Inquisición; y el segundo, regidor perpetuo, alcalde ordinario y familiar del Santo Oficio en Montilla). 

Ambos decidieron imprimir a su costa esta efeméride local, dedicándosela al Excmo. Sr. Luis Mauricio Fernández de Córdoba y Figueroa, que ostentaba los títulos nobiliarios de Marqués de Priego, Duque de Feria, Marqués de Montalbán y de Villalba, caballero de la insigne Orden del Toisón de Oro, Señor de la Casa de Aguilar y de Salvatierra, así como de las Villas de Castro del Río y Zafra. 

La obra que recoge los cultos celebrados en torno a la inauguración de la capilla de Jesús Nazareno, fue impresa en Córdoba por Francisco Antonio de Cea y Paniagua. Consta de 40 páginas y en su portada recoge el título, el autor, los patrocinadores, la dedicatoria, el escudo de la Orden Agustina y la impresión. En la siguiente página nos encontramos el escudo de armas de Luis Mauricio Fernández de Córdoba y, tras ésta, se suceden la dedicatoria al citado Marques, la censura, la licencia, el prólogo al lector, la salutación y la introducción a la Oración Panegírica. 

La dedicatoria a Luis Mauricio está escrita por los patrocinadores del libro, quienes detallan el traslado de la imagen de Jesús Nazareno a la nueva capilla en este acto cultual: “En la plausible Octava, que en la Ciudad de Montilla de V. Ex. se a celebrado, dando principio a los aplausos festivos mi Señora la Marquesa de Priego, y fin y corona a los cultos religiosos V. Ex. dedicando la insigne Capilla de Jesús Nazareno, y colocando en ella su devoto simulacro, en el día de su Epifanía [...]”. 

La censura está revisada por el catedrático jesuita Juan de Aragón, quien elogia al autor y el texto: “En esta Oración Panegírica junta la doctrina con la elegancia dulcísima de sus conceptos llenos de mucha erudición Sagrada, mezclando lo dulce con la utilidad del espíritu hasta la admiración, ésta es la hermosura, que el espíritu Divino publica de los hombres dignos de la mayor alabanza”. Termina el censor dando licencia para publicar la citada obra: “No contiene cosa, que desdiga de la pureza de N. Santa Fe Católica, de la doctrina de los Santos, ni de las buenas costumbres. Puede dar la licencia de imprimirla. Así lo juzgo en este Colegio de la Compañía de Jesús de Córdoba en 30 días del mes de Enero del Año de 1689. Juan de Aragón”. La licencia fue dada el día siguiente por el Doctor Francisco de Zehejín y Godínez, Vicario General del obispado de Córdoba en nombre del Cardenal D. Pedro Salazar.

Después de estos apartados preliminares, el agustino Bernardo Vela prologa la obra dirigiéndose al lector y explicando los inconvenientes que existen entre leer y escuchar este sermón: “Que la voz que al oírse pronunciada, suele sonar y parecer, como acento sonoro de clarín, y eco valiente de trompeta, escrita suele ser feo borrón, sin vida y sin aliento. […] En esto se funda el sentimiento, con que di este Sermón para que se diese a la estampa, que en esto se funda el consuelo que tengo de (que) se publique, pues siendo palabra de Dios, será escrita lo mismo que dicha y pronunciada”.

La salutación, es la primera parte del Panegírico y comienza con nueva numeración de folios. Presidida por una elegante letra capital, aborda el sermón elogiando la construcción de la Capilla: “Después que vi, que miré, más hice, que aún admiré como pasmo, como portento y asombro esta primorosa, cuanto bella Capilla, digna habitación de Jesús, espero raro del arte, y efecto religioso de esta nobilísima y muy devota Confraternidad del Divino Nazareno representado en aquella venerable imagen, devoto simulacro, a quien rinde especial culto”.

Composición de las páginas preliminares que contienen la Dedicatoria a los marqueses de Priego, donde aparecen varias noticias de los cultos celebrados en la nueva capilla nazarena durante los primeros días de enero de 1689.

Tras estas palabras de admiración hacia la magna capilla, comienza a enumerar los templos metafóricos a los que alude el Antiguo Testamento, citando escritos del profeta Isaías y de Santo Tomás de Villanueva, que los asemeja con la capilla nazarena: “Palabras, que todas dicen la manifestación de Dios en su Iglesia situada en un monte, que no será impropio, el entenderlo de esta Ciudad de Montilla, que lo es, donde vemos un Altar o Templo reedificado, en cuya comparación son nada los antiguos”.

También alude a San Juan Crisóstomo (347 – 407) obispo de Constantinopla y doctor de la Iglesia, de quien cita la Epifanía de Cristo y compara el culto que rindieron los Reyes Magos, con el que se rendía en Montilla: “aquí le dedican este templo en que se manifiesta con la Cruz al hombro, ofreciéndole Incienso de oración, con que en su casa oran, Mirra de su Cruz, que contemplan, y Oro de Caridad con que le adoran y aman. [...] Me diréis, que llevando a el hombro aquel pesado madero será esta celebridad Epifanía, no es esposo, sino de reo, y si no miradle, atenedle y consideradle, como camina con la Cruz al Calvario, según en este templo se manifiesta y lo publica S. Juan”. 

Asimismo, se suceden las alabanzas a la Cofradía o Confraternidad (cofradía que unía a varias hermandades erigidas en torno a la efigie nazarena, pero con fines distintos) y a los Marqueses que encargaron los cultos en honor de la apertura de la capilla a dos franciscanos: “Empiezan y acaban esta Octava dos menores (mayores en mi estimación) hijos del Serafín de la Iglesia, mi gran Padre San Francisco”. 

Concluye la salutación haciendo una última referencia a la capilla: “Ya no me queda que reparar sino la cortedad de mi pobre ingenio, y seco espíritu, pero buen remedio que en los dos Altares colaterales del primoroso crucero de esta insigne Capilla, tenemos a Juan, que es lo mismo que gracioso, y a la Virgen nuestra Señora, que fue la mejor Iglesia de Jesús”. 

La introducción es la segunda parte del Panegírico y consta de 14 folios. En ella, Bernardo Vela diserta extensamente sobre la vida de Cristo, haciendo numerosas citas a las Sagradas Escrituras, al profeta Jeremías, a los escritos de San Pablo, a Santo Tomás de Aquino y a San Agustín lo que, sin duda, evidencia el importante bagaje teológico del orador agustino. 

En el texto encontramos párrafos donde el fraile Vela exalta alabanzas a Jesús Nazareno y a su reconstruida Capilla: “Llego a discurrir, proponer, y afirmar que es grande y grandemente perfecta la reedificación de este Templo (no es razón decir Capilla, que aun es Iglesia mayor) es grande, digo, por el poder, sabiduría, y amor, que en ella manifestaron, como Zaceo en la suya, siendo hermano de aquel humano Isaac, los devotos nobles hermanos de el Divino Isaac Jesús Nazareno, Rey de Reyes, y Señor de Señores, cuyo Imperio está situado en sus Divinos hombros, en que llevó la Cruz al Calvario; para morir en ella por nosotros dándole muerte a la muerte, y vida a nuestra vida, que era una vida de muerte, por nuestra culpa mortal”.

El único grabado que contiene el impreso se halla
asimismo en los preliminares, y representa las
armas de los marqueses de Priego, señores de
Montilla y patronos del convento de San Agustín.

Alude el agustino Vela, la situación social que estaba desarrollándose en esos lustros de decadencia del imperio español, donde las guerras, hambrunas y epidemias estaban azotando al menguado imperio de los Austrias. “En tiempo de las mayores miserias, de los trabajos mayores, que han padecido estos países Andaluces, en faltas de frutos de la tierra, y otras penalidades, que sabemos todos; el poder activo de los devotos nobles hermanos de Jesús, y demás piadosos vecinos de esta ciudad de Montilla, previno gastos crecidos a esta fábrica suntuosa”. 

Como es bien sabido por el lector, los momentos de mayor inestabilidad social de nuestro país, han sido cuando más han florecido las artes y las letras. Sirva por tanto la construcción de esta Capilla como un ejemplo más de ese espíritu perpetuado con la publicación de este libro: “Hijos adoptivos (así lo entiendo piadoso) como hermanos de Jesús componen esta ilustre, y muy devota confraternidad, a quien la miseria y desgracia de los tiempos pasados, y aún presentes, tan fatales y destruidos, no detuvo la prevención activa de gastos, que su poder liberal dispuso a esta fábrica hermosa, digno Alcázar de Jesús reedificado, ofrecido y consagrado a su altísima, suprema y Divina Majestad”.    

A modo de conclusión, tan sólo reflejar la fe que los montillanos han mantenido siglo tras siglo a la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo. Esta obra impresa es claro y veraz espejo de la situación de Montilla en los últimos lustros del siglo XVII. Una muestra más de la centenaria tradición que nuestra ciudad tiene en torno a la Semana Santa a través de sus Cofradías y Hermandades, siempre presentes y haciendo frente ante las luces y las sombras de nuestra Historia.

*Artículo publicado en: Nuestro Ambiente, Año XXVIII, nº 305 (enero, 2005), págs. 38-39.

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Nota: El ejemplar consultado para este trabajo se conserva en la biblioteca de la Abadía del Sacromonte (Granada), con signatura: GR-AS, nº 14 (10) - E42-T3. Las imágenes de las páginas que ilustran este artículo fueron realizadas por Jaime Luque.