Los días 10 y 11
del pasado mes de noviembre, en Alcalá La Real tuvo lugar el Encuentro de
Investigadores “Los Fernández de Córdoba. Nobleza, hegemonía y fama”,
organizado por el Ayuntamiento de aquella histórica ciudad, en homenaje al
catedrático D. Manuel Peláez del Rosal.
Cuando, tiempo atrás, fui
invitado a participar en este congreso, consideré oportuno aprovechar la
ocasión para presentar la figura femenina de doña Catalina Fernández de Córdoba
y Enríquez de Luna (1495-1569), primogénita del primer marqués de Priego, don
Pedro Fernández de Córdoba, Señor de la Casa de Córdoba y Aguilar, Alcalde
Mayor de Córdoba, de Alcalá la Real y Antequera, a quien los Reyes Católicos
concedieron el marquesado en 1501 tras la batalla de Sierra Bermeja, donde
murió su padre, don Alonso de Aguilar, y él cayó gravemente herido.
Este año se ha cumplido el V
centenario de la muerte de don Pedro y, en consecuencia, del ascenso al
gobierno del marquesado de su hija Catalina. Como indican los genealogistas de
la época, este hecho tuvo un significado trascendental ya que después de nueve
generaciones y más de tres siglos la línea troncal de los Fernández de Córdoba
perdía la varonía del linaje, y su jefatura recaerá en una joven que, contra
todo pronóstico, se convirtió en gobernadora efectiva de su estado señorial
durante medio siglo, llegando a ser considerada la mujer más influyente de la
nobleza andaluza de su tiempo.
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Firma de Dña. Catalina Fernández de Córdoba |
El hecho de ser mujer,
permitió a doña Catalina permanecer en sus feudos, ya que en esa época los
servicios a la Corona eran prestados generalmente por los varones nobles en la
Corte o en los campos de batalla.
A lo largo de ese medio
siglo doña Catalina transformó e incrementó sus dominios, a los que dotó de conventos,
hospitales, iglesias, colegios, e infraestructuras públicas con el objetivo de mejorar las
condiciones de vida de los vecinos de Aguilar, Montilla, Puente de Don Gonzalo,
Cañete de las Torres, Santa Cruz, Priego, Carcabuey, Montalbán y Monturque,
además de adquirir a la Corona Villafranca y Castro del Río.
De todas estas
poblaciones, la que experimenta un mayor crecimiento urbano será Montilla. La
pequeña villa medieval que heredó en 1517 –con su fortaleza y muralla
arruinadas– fue la elegida por la segunda marquesa para establecer su
definitiva residencia y capital de su estado, lo cual le permitirá convertirse
en una urbe moderna y de espíritu humanístico. Esta elección no fue casual, ya
que los señores de Aguilar habían situado
su residencia habitual en el castillo montillano a principios del siglo XV. A
ello se sumó la voluntad de su padre, el primer marqués, de erigir el panteón
del linaje y mayorazgo en el convento franciscano que se estaba construyendo a la
hora de su muerte.
Durante los años
centrales del siglo XVI Montilla incrementó su población en ocho mil habitantes,
pasando a ser el núcleo más poblado de la diócesis cordobesa después de la
capital y Lucena. La villa fue dotada de una plaza mayor, edificios públicos
para su Regimiento, Justicia y Abastecimiento. A la par, la marquesa procuró equipar a la administración de su
Estado de varios edificios que se levantaron en las inmediaciones de su
monumental palacio, en torno a una plaza rectangular de líneas renacentistas.
Bajo su
patrocinio también se instalaron las órdenes religiosas de San Francisco (1512),
San Agustín (1520) y Santa Clara (1525); se construyeron los hospitales de la
Caridad y la Encarnación, que a la postre serán el germen de la llegada de la
Orden de San Juan de Dios.
Aunque quizá el
episodio por el que su figura es más recordada por la Historia es por su
decidida protección para introducir en Andalucía a la joven Compañía de Jesús,
que gracias a sus gestiones fundará su primer colegio en la ciudad de Córdoba
en 1552 y tres años después en Montilla.
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El palacio de Montilla fue la residencia más utilizada por Dña. Catalina Fernández de Córdoba, lugar en el que murió el 14 de julio de 1569. |
A mediados del
siglo XVI la capital del marquesado y su población crecían a la vez que su perímetro urbano. Los
centros religiosos citados acogieron a grandes personalidades en letras y en santidad
que elevaron la cultura montillana a las altas esferas del Siglo de Oro
hispánico: san Juan de Ávila, san Alonso Orozco, san Francisco de Borja, santo
Tomás de Villanueva, fray Luis de Granada o fray Domingo de Baltanás fueron,
entre otros tantos, habituales residentes en la villa.
En el aspecto
familiar, doña Catalina casó con el III Conde de Feria, Lorenzo Suárez de
Figueroa, de quien concibió cinco varones y una niña. Esta prolija descendencia
le permitió afianzar su mayorazgo y concertar un doble matrimonio con la Casa de
Arcos para unir ambos linajes. En 1542, Pedro, el primogénito, casará Ana Ponce
de León, y su hermana María de Toledo lo hará con Luis Cristóbal Ponce de León,
Duque de Arcos.
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Los restos de Catalina Fernández de Córdoba y varios de sus familiares descansan en la Basílica de San Juan de Ávila |
Este tipo de
alianzas entre la nobleza andaluza reforzará el papel de los Fernández de
Córdoba en la corte imperial de Carlos V y su hijo Felipe II. Muestra de ello
son los cargos de confianza que ocuparon sus hijos junto a estos monarcas, a
los cuales acompañaron en sus viajes y campañas militares por el Sacro Imperio
Germánico, por los Países Bajos o en la Jornada de Argel. Como premio a los
servicios prestados los hijos de la marquesa ganaron prestigio militar, nuevos
títulos y prebendas reales. Su primogénito, Pedro de Córdoba y Figueroa,
recibirá del emperador el Collar de la Orden del Toisón de Oro (1545), siendo
el primer Fernández de Córdoba de la dinastía que lo ostentará. El segundo
hijo, Gómez Suárez de Figueroa, obtendrá del rey prudente el marquesado de
Villalba, la dignidad ducal de Feria y la Grandeza de España (1567). Alonso ganará
el marquesado de Villafranca (1574); Antonio, será rector de la Universidad de
Salamanca (1549), primer rector del colegio jesuita de Córdoba, y el rey
solicitará para él un capelo cardenalicio. Y por último Fray Lorenzo será prior
del convento de San Pablo de Córdoba, Maestro de Sagrada Teología y en 1579
será nombrado Obispo de Sigüenza.
En
resumen, esta sencilla aportación pretende rescatar del olvido la figura de una
mujer que, como ya anuncié, contra todo pronóstico, tomó las riendas de un
señorío medieval y lo transformó siguiendo las directrices renacentistas y
humanísticas que llegaban de Europa. La gran beneficiada fue la entonces villa
de Montilla que, en palabras de un cronista de la época “desde entonces comenzó
a aumentarse esta villa y a tomar el lustre y grandeza que ahora tiene”.