lunes, 12 de septiembre de 2016

MARÍA DE BUENO Y NÚÑEZ DE PRADO. Correcciones históricas para una biografía*

Los que indagamos en el bagaje cultural de nuestra ciudad, vemos cómo Montilla aparece en libros de tirada y repercusión nacional. Este es el caso de un libro recopilatorio de una serie de documentos privados de Antonio Machado, aparecido en 1994. La edición, realizada por Giancarlo Depretis, acopia y ensaya las 36 cartas que, entre 1929 y 1930, el poeta hispalense escribió desde su residencia de Segovia a su musa “Guiomar”.

Tras muchos años de silencio machadiano, en la década de los sesenta del pasado siglo aparecen los primeros vestigios certeros sobre la mujer que escondía su identidad bajo el sobrenombre de “Guiomar” en la obra escrita del poeta. La musa resultó ser Pilar Valderrama, quien atestiguó la relación amorosa sacando a la luz pública una serie de cartas que conservó tras su refugio en Portugal en vísperas de la Guerra Civil española, como ella misma afirmó en su autobiografía, en la que también reseñó su afincamiento en Montilla desde los primeros años de su vida[1].

Cubierta del libro que recopila el epistolario cruzado
entre Antonio Machado y Pilar Valderrama
Las 36 cartas existentes escritas por el poeta a Pilar Valderrama están ordenadas cronológicamente por Depretis. En la catalogada con el número 22, Antonio Machado comenta con su musa amontillada un artículo que ella misma le envía en su carta anterior, escrito por su amiga María de Bueno y Núñez de Prado. Antonio Machado escribe textualmente sobre la escritora montillana: “Día feliz fue el viernes para mí, puesto que, después de verte, encontré tu carta que me enviaron de Segovia, y que debió llegar allá el Jueves. He leído con toda atención el artículo de María de Bueno. Está escrito con cariño y discreción. Ya tiene esa señora todas mis simpatías[2].

La amistad entre las escritoras Pilar Valderrama y María de Bueno surge en Montilla, según Giancarlo Depretis, que afirma: “Es posible que Pilar Valderrama hubiera conocido a María de Bueno en Montilla siendo aún joven. Allí, de hecho, donde residían sus abuelos y tíos paternos, Pilar Valderrama vivió durante algunos años en su infancia, después de que su padre tuviera que abandonar Zaragoza por motivos de salud[3].

Los primeros datos biográficos que se publican sobre la periodista María de Bueno y Núñez de Prado son publicados en el Catálogo de Periodistas Españoles del siglo XX, escrito por Antonio López de Zuazo Algar, impreso en Madrid en 1981, en el que su autor cita a la escritora montillana[4].

Estos mismos datos son tomados por Giancarlo Depretis, que los aporta en el anexo documental de su libro Cartas a Pilar; datos que, sin pretensión de plagio, recopilamos textualmente y que ofrecen datos sobre la trayectoria profesional de la escritora montillana: “María de Bueno Núñez de Prado, periodista, nacida en Montilla (Córdoba) en 1894, siendo aún joven se fue a vivir a Buenos Aires donde se licenció en Filosofía y Letras. Colaboradora de El Diario y La Razón de Buenos Aires, más tarde llegó a ser redactora de El Diario del Plata de Montevideo. Fundó y dirigió la revista La Nación de Tenerife. En el período comprendido entre 1935 y 1938 fue a su vez directora de la Gaceta de Tenerife. En 1939 trasladó su residencia a Burgos[5].

En el año 2001, a solicitud de una asociación montillana, el Ayuntamiento de la ciudad ofrece un homenaje a María de Bueno con motivo del Día de la Mujer Trabajadora. Esta asociación aportó un informe basado en los datos publicados por Depretis en su libro Cartas a Pilar, en 1994. Finalmente, la concejalía de la Mujer tuvo la feliz iniciativa de editar estos datos biográficos –junto a los de otras montillanas notables– el pasado mes de marzo de 2003.

En una de tantas charlas entre amigos afines a la historia local salió el tema de la dormida y desconocida biografía de María de Bueno, montillana de nacimiento que en los momentos de su descanso como periodista también ejerció la faceta de novelista.

En 1912, residiendo en Madrid, publicó su único libro conocido, que lleva por título A través de la Vida, prologado por el escritor Antonio Zozaya, quien profundiza en su  personalidad femenina: “…mujer admirada, dueña de cuanto constituye la felicidad, joven, bella, independiente y artista, lleva en sus ojos enormes el fulgor de lo extraño. […] María de Bueno es una de esas almas que se pliegan sobre sí mismas ante la hostilidad del ambiente...”[6].

Portada del libro publicado por María de Bueno
Núñez de Prado, en la editorial valenciana de
Francisco Sempere, año de 1912.
Como podemos ver, María de Bueno era una persona consagrada dentro de la intelectualidad madrileña, pero nos extrañó que con tan sólo dieciocho años de vida hubiera escrito un libro de una calidad y consonancia propias de una experiencia más madura.

En efecto, nos pusimos a investigar la verdadera fecha de nacimiento de la escritora montillana. Tras consultar en los fondos locales de nacimientos y bautismos del año 1894, no hallamos ningún vestigio certero del nacimiento de María de Bueno. Entonces, retrocedimos en fechas, año tras año, hasta que nos tropezamos con la verdadera fecha de nacimiento de la periodista montillana.

Ciertamente, María de Bueno y Núñez de Prado nace en Montilla. Según la partida bautismal, localizada en el Archivo Parroquial de Santiago, María “nacía a las cuatro y media de la mañana del día 4 de marzo de 1882, hija legítima de Don Emilio Bueno de la Vega, natural de la ciudad de Málaga, Comandante de Infantería, de Dª María de los Remedios Núñez de Prado y Rodríguez, natural de Montilla, [siendo bautizada en el citado templo parroquial tres días más tarde con] el nombre de María Emilia Casimira, asistiendo sus abuelos paternos D. José Bueno y Dª María del Carmen de la Vega, naturales de Málaga, y los maternos D. Miguel Núñez de Prado y Dª Amalia Rodríguez, naturales de Montilla. Fueron sus padrinos D. José María Amador de la Cuesta, Alcalde Presidente de Montilla y su esposa Dª María de los Ángeles Núñez de Prado[7].

Como podemos contrastar en el registro bautismal conservado en el citado archivo montillano, la fecha de 1894 está mal tomada desde que se publicara por primera vez. A causa de los escollos que presentan las investigaciones tan extensas, como es el caso del Catálogo de Periodistas Españoles del siglo XX, su autor tomó una fecha equivocada de algún registro. Tras esta publicación, los investigadores e investigadoras que posteriormente han citado a la periodista montillana, han bebido de esas fuentes bibliográficas y cuando ha llegado la hora de enfatizar la vida y obra de María de Bueno y Núñez de Prado sus autores han caído en la cómoda versión biográfica que ya se conocía desde 1981 inicialmente y 1994 después, sin contrastar las fechas en los archivos de nuestra ciudad. Grave error que desde estas páginas intentamos subsanar –sin ánimo hagiográfico– para una futura y justa biografía de una montillana de la grandeza de María de Bueno y Núñez de Prado.

*Artículo publicado en la revista La Corredera, en julio de 2004.


[1] VALDERRAMA, PILAR DE.: Sí, soy Guiomar. Memorias de mi vida. Barcelona, 1981.
[2] MACHADO, ANTONIO.: Cartas a Pilar. (Edición y prólogo de Giancarlo Depretis). Salamanca, 1994. p. 213.
[3] Ibíd., p. 215.
[4] LÓPEZ DE ZUAZO ALGAR, ANTONIO.: Catálogo de Periodistas Españoles del siglo XX. Madrid, 1981. p. 89.
[5] MACHADO, ANTONIO.: Cartas a Pilar…
[6] BUENO NÚÑEZ DE PRADO, MARÍA DE.: A través de la vida. Valencia, 1912.
[7] Archivo Parroquial de Santiago de Montilla. Libro 102 de bautismos, f. 359 vuelto, nº 648.







sábado, 16 de julio de 2016

EL CRISTO DE LA YEDRA, SAN JUAN DE ÁVILA Y SU «SANTO CRUCIFIJO»

Retrato de San Juan de Ávila que ocupó el centro
 del mausoleo de jaspe costeado por el canónigo
hispalense Mateo Vázquez de Leca. Hoy se halla en
la Basílica Menor de Montilla. (Foto Rafa Salido)
Como ya apuntamos en los artículos publicados en los meses pasados, al Cristo de la Yedra le fue atribuido un pasado inexacto. Esta suposición parece tener su origen a mediados del siglo pasado, tras la publicación del libro La Compañía de Jesús en Montilla (Málaga, 1944), escrito por el jesuita Bernabé Copado, artífice de la segunda venida de los hijos de San Ignacio a nuestra ciudad.

En su obra, Copado maneja abundante documentación y bibliografía. No en vano, tuvo a su disposición la biblioteca y archivo del Obispado de Córdoba y la magnífica biblioteca del Conde de la Cortina, entre otros fondos documentales. Aunque si hacemos una lectura detenida de su libro, podemos comprobar las reiteradas alusiones a los escritos de sus homólogos Martín de Roa y Juan de Santibáñez, autores del siglo XVII que recopilaron gran cantidad de noticias relativas a Montilla y a la fundación del Colegio de la Encarnación en sus obras. Y, aunque son de gran valor e importancia, a la luz de la investigación no dejan de ser fuentes indirectas.

Ciñéndonos en el tema que nos concierne, Copado reproduce a la letra las noticias dadas por Santibáñez en su Historia de la Provincia de Andalucía de la Compañía de Jesús. Así, en la página 106 encontramos lo siguiente: “Ahora diremos dos palabras de las reliquias que se guardaban en el Noviciado de Montilla que también contribuyeron al buen espíritu y fervor del Noviciado. Lo tomaremos del P. Santibáñez que a su vez lo toma del P. Martín de Roa.
 «Aquí se venera, como preciosa reliquia, un devoto Crucifijo de estatura grande, que es tradición era del santo Padre Maestro Juan de Ávila, y el mismo que le habló un día, certificándole de su predestinación. En los pies de este Crucifijo ponía él, las manos, y pegaba sus labios, y derramaba con lágrimas, su corazón. De aquí cogió, como de tierra bendita y fértil, copiosos consuelos, grandes ilustraciones y extraordinarios favores.
Tienen a esta santa reliquia, tan antigua y afectuosa devoción los vecinos de Montilla, que les parece no cumplen con la devoción de fieles, si saliesen de nuestro templo, no habiendo hecho oración al Santo Cristo, a quien acuden como a fiel patrocinio en sus necesidades; y experimentan extraordinarios favores de que se pudieran especificar milagrosos sucesos»[1]. Creemos se trata del Santo Cristo de la Yedra”, añade Copado sin mayor aclaración.

Más adelante, en la página 195, vuelve a recopilar unas líneas de la obra de Santibáñez. En esta ocasión, motivado por el traslado del sepulcro del Maestro Juan de Ávila a un lugar más espacioso del templo, a lo que refiere: “Hasta el año 1643, aquí se conservó este sagrado tesoro. Mudóse a más desahogado sitio y más público, este año. Colocado, se venera en un espacioso arco que mira por frente a la Capilla que llaman del Santo Cristo y es el mismo que hizo compañía al V. Maestro, en cuyos pies ponía él su boca, y oraba y comunicaba sus cuidados y empresas, y de donde, como de fuente, bebía hasta hartarse”[2]. Sin embargo, en esta ocasión Copado no introduce aclaración alguna.

Con estas referencias, es lógico vaticinar que Copado estaba en lo cierto y que el Crucificado de la Yedra fuera el mismo que describe el jesuita Santibáñez en su manuscrita obra.

No obstante, Bernabé Copado también utilizó el voluminoso expediente titulado Sobre el destino y aplicación del Colegio, Iglesia y Temporalidades de los Regulares expulsos de dicha ciudad, que se conserva en el Archivo del Obispado de Córdoba, como señala en varias ocasiones. Nosotros hemos tenido la oportunidad de manejar este interesante corpus documental que compila, entre otros documentos de gran interés, dos inventarios de la antigua iglesia de La Encarnación realizados en 1767 y 1773. Ambos nos describen los “vasos sagrados, ornamentos, imágenes, y demás alhajas que resultan inventariadas en la Iglesia, Sacristía y Capilla del dicho Colegio”[3].

Pequeño retrato de la Virgen María con el Niño
Jesús, que se conserva en la Basílica montillana.
 En su reverso, conserva el texto que hemos incluido
abajo, que dice: “Esta lámina era la que tenía en su cuarto,
y cabecera el Benerable Padre Maestro Juan de Ávila”.
 ¿Se tratará de la imagen de Nuestra Señora del Pópulo
mencionada en el Proceso informativo? (Foto Rafa Salido)
El primero de ellos, más detallado en su descripción material y topográfica, fue realizado por el Corregidor Antonio Serrano y Ortega junto con el Vicario Pedro Fernández del Villar y Oliveros, en los días siguientes a la expulsión de los Jesuitas. En la descripción de la capilla mayor del templo aparece “En el altar y retablo colateral de mano izquierda una imagen de Jesús Crucificado de cuerpo entero, que llaman de la Yedra, en el nicho principal. / Una Corona y tres potencias de plata, cincelada, sobre la cabeza del Ssmo. Xpto. de la Yedra. / Dos arañas de plata cinceladas con tres candeleros cada una en el Altar de dicho Ssmo. Xpto. de la Yedra. / En la capilla colateral de mano izquierda, y Altar del Ssmo. Xpto. de la Yedra, dos imágenes de vestir, como de una vara de alto, la una de Ntra. Señora de la Soledad con Diadema y rayos con estrellas pequeña, y en el pecho un escudito de plata, en forma de corazón con siete cuchillos, y la otra de San Juan Evangelista, con diadema también de plata”[4].

El inventario continúa recopilando los bienes del cuerpo de iglesia, el coro y la sacristía, aunque en sus últimas hojas se detecta cierto descuido por ubicar los enseres y ornamentos descritos. Para nuestra sorpresa, en el recto de su último folio nos tropezamos con la siguiente referencia: “Una imagen de Jesús Crucificado, como de tres quartas, de bulto, con Dosel de Raso negro y blanco, y cortina de gasa, con una tarjeta al pie que dize Era del Venerable Pe Mtro. Juan de Ávila”[5].

Consultado el inventario de 1773, éste nos confirma tales referencias, tanto al Crucificado de la Yedra: “Otra [imagen] de cuerpo entero de Jesús Crucificado que llaman de la Yedra en el Altar y retablo colateral de mano Izquierda con una corona y tres potencias de plata cincelada sobre su cabeza”, como más adelante también hallamos: “Una Imagen de Jesús Crucificado de bulto, como de tres quartas, con dosel de Raso negro y blanco, y cortina de gasa con una tarjeta al pie en que dice Era del Venerable Pe Mtro. Juan Dávila”[6].

Nos sorprende que ambas referencias no fueran percibidas por Bernabé Copado, aunque también hemos de tener en cuenta las condiciones en que el misionero jesuita hubo de escribir su obra, en plena posguerra y al frente de la dirección de la vuelta de la Orden ignaciana a Montilla.

Las reseñas signadas por ambos inventarios contradicen las suposiciones de Copado, acerca de lo narrado por Santibáñez, salvo que el Crucificado del Venerable Pe Mtro. Juan de Ávila, de tres cuartas de vara (0,627 metros), se hallara igualmente al culto en la capilla del Ayo, orlado con su dosel de raso negro y blanco, y colocado en el lateral izquierdo de la misma frente al arco que la comunicaba con la iglesia y, a su vez, con el mausoleo del Apóstol de Andalucía.


Aposento de la casa de San Juan de Ávila a principios
del siglo XX. En ella aparece el sillón utilizado por el
Maestro y su “Vera Efigies”, la cual desapareció durante
la Guerra Civil en Ciudad Real.
(Foto cedida por D. Agustín Jiménez-Castellanos)
La existencia de esta imagen se ve ratificada por un inventario existente en el Archivo Parroquial de Santiago, templo en el que arribó el Crucificado junto a otros tantos bienes jesuíticos. Dicho inventario lo sitúa en la capilla de la Purísima Concepción, cuyo retablo e imágenes proceden de la iglesia de la Encarnación y su traslado fue sufragado por el Pbro. D. Luis de Cañete y Cea “con la condición que la Imagen de Ntra. Sra. de la Concepción que se veneraba en la Iglesia de la Compañía de Jesús propia de la Casa de dicho D. Luis se colocase en primer lugar lo que se ejecutó con sus licencias competentes”[7].

Es más que probable que el sacerdote Cañete y Cea fuera el promotor del traslado del Crucificado del Maestro Ávila a la Parroquial de Santiago, dado que fue ubicado en su capilla junto a la entrada de la sacristía mayor[8], como así se describe: “Este sitio era coro alto de tiempo inmemorial y desde el año de 1780 está la Imagen de Xpto. Crucificado que está en el testero, es su advocación el Ssmo. Xpto. del Perdón que fue el que según tradición de muchos era donde oraba de continuo el Ve. Pe. Mtro. Juan de Ávila Presbº. Misionero Apcº. de la Andalucía el que logró que le hablase dicha Santa Imagen diciéndole; Maestro tus pecados son perdonados, como consta en los escritos de su Vida. Está este Señor colocado en el sitial plateado de madera tallado que servía en Manifestar a Xpto. Sacramentado en la Iglesia que fue de los Padres de la Compañía”[9].

Este inventario –que lamentablemente está incompleto– además de corroborar la existencia del Crucificado nos revela su advocación «del Perdón», en memoria de las divinas palabras dirigidas al Maestro de Santos en sus continuadas oraciones.

En el año 2004 la Biblioteca de Autores Cristianos publicó el Proceso de Beatificación del Maestro Juan de Ávila, un enjundioso volumen –cercano a las mil páginas– que recopila los testimonios reunidos por la comisión encargada del Proceso informativo llevado a cabo por la Venerable Congregación del apóstol San Pedro de presbíteros de Madrid, entre los años 1623 y 1628.

Este excelente volumen se halla repleto de pasajes y pormenores de la vida y costumbres del Maestro Juan de Ávila, no en vano fue la fuente básica que utilizaron sus biógrafos, los licenciados Luis Muñoz y Martín Ruiz de Mesa.

Rúbrica del Padre Juan de Villarás, discípulo que
acompañó al Maestro Juan de Ávila en los últimos
veinte años de su vida, y a quien dejó por
heredero universal de sus bienes.
La noticia de los bienes que el Padre Ávila tenía en el oratorio de su casa la refiere el testigo Antonio Jiménez del Arcediano, ermitaño del hábito de San Pablo, natural y vecino de La Rambla, que en referencia a Juan de Villarás expone: “este testigo le conoció en las casas del dicho Venerable Padre Maestro Juan de Ávila que están en la Villa de Montilla, en tanta veneración, y estima como lugar donde vivía y murió Varón tan santo… de modo que vivía en la misma Celda y tenía el mismo oratorio, con un Christo en campo negro y una imagen de Nuestra Señora del Pópulo y todo en el modo de cama, alajas y modo de vivir del dicho Venerable Padre Juan de Ávila”[10].

Jiménez del Arcediano nos habla de “un Christo en campo negro y una imagen de Nuestra Señora del Pópulo” aunque no ofrece más datos acerca de ambos iconos. Para conocer algo más de ellos, nos tenemos que trasladar hasta los interrogatorios practicados en Montilla donde declararon 37 testigos. Varios de ellos dijeron haber conocido al Maestro Ávila, aunque la mayoría sabían de las virtudes del varón apostólico a través de sus discípulos, especialmente de Juan de Villarás (que le sobrevivió 33 años).

De los declarantes montillanos, doce de ellos[11] mencionan en su testimonio el milagroso pasaje de las divinas palabras ante el Crucificado. Por la proximidad a nuestro personaje merece especial interés la declaración del Lcdo. Hernán Sánchez de Avendaño, clérigo presbítero, natural y vecino de Montilla, que “conoció en esta Villa al Venerable Padre Maestro Juan de Ávila”. El mismo afirma que Ávila “fue muy dado a la oración mental, contemplación y trato con Dios, y en estos ejercicios era su mayor ocupación… y oyó decir este testigo a personas fidedignas que se lo pagaba nuestro Señor, con muchas y particulares mercedes en la oración, y que la hacía mayormente cuando había de predicar, asido con ambas manos al clavo de los pies de un santo Crucifijo que tenía en su oratorio, y hoy esta santa imagen en el Colegio de la compañía de Jesús de esta Villa. / Y así se le rebelaban altos misterios que predicaba. Y demás desto oyó afirmar a algunos de sus discípulos, y criados este testigo, que una vez le había hablado un santo Crucifijo, diciendo, Joannes, remittunttur tibi peccatta tua, y es cosa muy notoria en esta Villa, y las demás partes donde asistió este siervo de Dios”[12].

Retablo mayor de la antigua iglesia de La Encarnación, trasladado
a la Parroquia de Santiago en 1780 junto con el Santo Crucifijo
del Perdón, que fue colocado en el espacio que ahora ocupa el lienzo
de San Francisco Solano, obra de José Garnelo. (Foto Arribas, h. 1960)
No menos interesante deja de ser la versión del testigo Hernando Rodríguez del Campo “vecino y natural desta Villa de Montilla, y que en ella conoció desde que vino a esta Villa hasta que en ella murió al Venerable Maestro Juan de Ávila, clérigo presbítero, en cuya casa tuvo mucho trato, y comunicación”. Al igual que el declarante anterior “también supo este testigo que cuando había de predicar el dicho Maestro Ávila, la noche antes estaba en oración, asidas ambas manos al clavo de los pies de un santo Crucifijo, y que allí se le rebelaban altos misterios que declaraba en sus sermones, muchos de los cuales le oyó este testigo, como dirá adelante. Y así mismo, oyó decir que le había hablado un santo Crucifijo, diciéndole, Juan, perdonados son tus pecados, y en ésta lo decían muchas personas, así sus discípulos, y criados, como otros eclesiásticos, amigos y familiares suyos.”[13]

Con la familiaridad que presume tener, Hernando Rodríguez también declara que “vio un día, pasando por cerca de su oratorio, en oración al dicho Maestro Ávila, arrobado, alto del suelo, en el aire más de una vara, fijos los ojos en un santo Crucifijo, elevado, que parecía inmóvil, lo cual dijo este testigo a su cuñado, cuyo nombre dirá más adelante, que estaba en su servicio, el cual le respondió, esos raptos y arrobos son muy ordinarios en nuestro santo Maestro Ávila, porque yo le he visto así muchas veces, yendo a darle aviso de algunas cosas, y llamándole no responderme, y llegándole estaba inmóvil, y en el aire de rodillas.”[14]

Otro valioso testimonio lo presta el Lcdo. Juan de Vargas, vecino y natural de La Rambla, presbítero discípulo del Padre Ávila, el cual nos revela una insólita información sobre el tema que seguimos, ya que detalla el tamaño del «santo Crucifijo». Así, aludiendo a la costumbre del Maestro Ávila en su oración continuada antes de sus homilías, puntualiza: “que todos los sermones que hacía, no los escribía sino en tanto papel como un doblez de carta poniendo solos los puntos que había de tratar conforme al evangelio, hincándose de rodillas delante de un Cristo pequeño que este testigo vio muchas veces y le tuvo en sus manos, y que gastaba en oración dos horas antes por la noche y dos a la mañana y salía de allí a decir Misa”[15].

Como podemos observar en la documentación aportada, procedente de testimonios de primera mano, a partir de ella es posible cimentar la biografía de una pequeña imagen de Cristo Crucificado, cuyas medidas no sobrepasan los 65 cm, tamaño apropiado para  un oratorio particular, y el similar al que es representado en sus retratos[16]. A la muerte de Juan de Villarás (acaecida el 6 de marzo de 1602) pasó al Colegio de los Jesuitas como ya lo había hecho la biblioteca y demás bienes del Gran Ávila. Una vez allí, al igual que hicieron con sus libros, signaron la procedencia del «santo Crucifijo» con una cartela a sus pies. La devoción pública hizo lo demás, había que titular a tan sagrada reliquia y cual mejor que «del Perdón», en memoria de las divinas palabras que salieron de su interior para reconfortar las plegarias de quien era conocido en Roma como «el Apóstol Español».

Con estos mimbres es difícil sostener la romántica tradición que adjudica al Cristo de la Yedra tan íntimos vínculos con San Juan de Ávila, como que fuera de su propiedad y residiera en el oratorio de su recoleta casa. Sin embargo, no hemos de obviar la especial relación que el Apóstol de Andalucía mantuvo en sus últimos años con la Compañía de Jesús y con el Comendador Jerónimo Fernández de la Lama, Ayo de los marqueses de Priego; y hasta imaginar que el Doctor de la Iglesia Universal pudo rezar y celebrar Misa ante el singular Crucificado que procesiona la mañana del Viernes Santo[17].

El Cristo de la Yedra en procesión bajando la calle Gran Capitán una mañana de Viernes Santo, h. 1960. El arcipreste Antonio León Ortiz tenía la costumbre de acompañar al Crucificado durante su carrera.

En cuanto al «santo Crucifijo del Perdón» aún no hemos localizado su actual paradero. El último testimonio que hasta ahora conocemos es el facilitado por el inventario de 1780. En la actualidad, en la Parroquia de Santiago existe un pequeño Crucificado de unas dimensiones similares a las descritas en los inventarios realizados tras la expulsión de los Jesuitas, aunque ello no es razón determinante para afirmar que estemos ante la misma efigie. Tampoco hemos de olvidar que la Parroquia de Santiago sufrió una gran remodelación a finales del siglo XVIII y principios del siguiente. ¿Se reubicó el «santo Crucifijo» en cualquier otro espacio del templo parroquial y perdió la tarjeta que le acompañaba?

NOTAS


[1] SANTIBÁÑEZ: “El cuidado de todo, la superintendencia, gasto de la obra i disposición de el edificio encomendado a el Comendador Gerónimo de Lama, hombre de muncho caudal, de entendimiento, gobierno, solicitud, y de tan buena voluntad para con la Compañía, que a sus inteligencias debe en gran parte nuestra Provincia la fundación de este colegio. […] Labró para sí (con gusto y licencia de la Marquesa) la capilla que está a un lado fuera de la mayor; i es la que llamaron siempre de el Ayo. Allí yace enterrado su cuerpo desde el año de 1567 en que murió. Aquí se venera como preciosa reliquia un devoto crucifijo de estatura grande, que es tradición era de el santo maestro Juan de Ávila; y el mesmo que le habló un día, certificándole de su predestinación. En los pies de este Cristo ponía él sus manos, pegaba sus labios, y derramaba entre copiosas lágrimas su corazón.” T. II. Cap. 25, fols. 86-87. 
[2] SANTIBÁÑEZ: “Hasta el año de 1642 aquí se conservó este sagrado tesoro. Mudose a más desahogado sitio, y más público este año. Colocado se venera en un espacioso arco, que mira por frente la capilla, que llaman de el santo Cristo, y es el mesmo que hizo compañía a el venerable maestro, en cuyos pies ponía él su boca, oraba y comunicaba sus cuidados, sus empresas; de donde, como de fuente, bebía hasta hartar su sed.” T. III. Cap. 49, fols. 175-176.
[3] Archivo General del Obispado de Córdoba (AGOC): Órdenes religiosas masculinas (Jesuitas). Sig. 7003/03.
[4] Ibídem.
[5] Ibíd.
[6] Ibíd.
[7] Archivo Parroquial de Santiago de Montilla (APSM). Distribución por meses de lo que se debe hacer en esta Iglesia y Sacristía según sus obligaciones y cargas en todo el año. s/f.
[8] Espacio que hoy ocupa el lienzo de gran formato dedicado por José Garnelo a San Francisco Solano en 1910.
[9] Ibídem.
[10] MARTÍNEZ GIL, J.L. (ed.): Proceso de beatificación del Maestro Juan de Ávila. (BAC). Madrid 2004. Proceso en Almodóvar del Campo. Testigo Antonio Jiménez del Arcediano, p. 135.
[11] Los testigos son: Cristóbal de Luque Ayala Pbro., Pedro Sánchez Arriero, Miguel Lozano albañil, Acisclo Muñoz Cañasveras, Pedro García de Molina, Juan Gómez del Baño, Gonzalo Cabrera Chirinos, Hernán Sánchez de Avendaño Pbro., Juan Pérez Cabello, Diego Pérez de Aguilar Pbro., Pedro Luis de León y Hernando Rodríguez del Campo.
[12] Proceso en Montilla. Testigo Hernán Sánchez de Avendaño. p. 524.
[13] Proceso en Montilla. Testigo Hernando Rodríguez del Campo. p. 594.
[14] Ibídem.
[15] Proceso en Madrid. Testigo Lcdo. Juan de Vargas, p. 26.
[16] Un interesante estudio iconográfico de San Juan de Ávila fue realizado por Laureano Castán Lacoma en sus Destellos Sacerdotales (Zaragoza, 1947), Cap. XXXVII: En busca de la “Vera Efigies”.
[17] Esta relación también parece confundir al vicario Juan José Polanco Vaquerizo, que testificó en el Proceso de miraculis in genere del V. M. Juan de Ávila, en 1748, en que declara que “en cierta ocasión que le habló un crucifijo, que le parece al testigo es el Santo Christo que oi llaman de la Yedra”. Vid: ARJONA ZURERA, J.L./ NIEVA GARCÍA, J.A.: Documentos de la Causa de beatificación de San Juan de Ávila en el Archivo Diocesano de Córdoba. Córdoba, 2014.

miércoles, 1 de junio de 2016

EL INCA GARCILASO DE LA VEGA, CON LA ESPADA, LA PLUMA… Y LA ESPUELA.

Se cumple este año el IV centenario de la muerte del Inca Garcilaso de la Vega y de Miguel de Cervantes, eminentes hombres de letras que dejaron en su obra  patente su amor por los caballos. Del autor del Quijote baste recordar que fue el padre de uno de los alazanes más famosos de la literatura universal: «Rocinante», al que el hidalgo de La Mancha "cuatro días se le pasaron en imaginar que nombre le pondría... y así después de muchos nombres que formó borró y quitó, añadió, dezhizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo". Y sobre él cabalgó Alonso Quijano durante su delirada vida de aventuras creyendo que "ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban".

Pero la realidad del caballo andaluz estaba más cercana. Córdoba, cuna de la familia Cervantes, será la ciudad elegida por el rey Felipe II para crear una nueva estirpe de caballos, que a la postre será conocida como la Pura Raza Española. Así, en 1567 el monarca disponía todo lo necesario para comenzar este proyecto, en la pretensión de aumentar la calidad morfológica de la especie hasta alcanzar el caballo perfecto, un animal imprescindible en aquella época, no sólo para el paseo, la agricultura o el transporte, sino también para la guerra, cuyo escenario era una constante en el devenir de la Monarquía Hispánica de los Austrias.

Caballerizas Reales de Córdoba, mandadas construir
en 1567 por el rey Felipe II. En ellas se gestó el caballo
de Pura Raza Española. 
Al año siguiente se comenzó a construir el edificio de las Caballerizas Reales y se designaron las dehesas de Córdoba la Vieja y las Gamonosas, entre otras, para alimentar las más de mil doscientas cabezas de yeguas y sementales que adquirió la Corona de las ganaderías más afamadas de la nobleza andaluza. El cordobés Diego López de Haro, familiar de la Casa del Carpio, tuvo la gloria y el desvelo de ser el primer Caballerizo Mayor nombrado por el Rey Prudente, que será el precursor de la cría caballar y remonta.

Por aquellos lustros ya eran famosas las caballerías del Marqués de Priego “y fue siempre su casa señalada en hacer criar los mejores caballos de España, para servir con ellos a sus reyes”. Por ello, es lógico pensar que el Señor de Montilla aportara parte de aquellos primeros équidos de las razas ibérica, bereber y árabe sobre las que se fundamentara la estirpe del Caballo Español.

Para conseguir tales ejemplares, los capitulares del Concejo montillano elaboraban cada año por el mes de febrero un censo de las yeguas existentes en el término municipal, y en marzo organizaban un concurso hípico donde una comisión compuesta por regidores y albéitares que elegían varios corceles de los presentados por los vecinos hijosdalgo de la villa. De aquellos, seis eran los escogidos sementales para fecundar a las veinticinco yeguas que habitaban cada una de las serenas dehesas de Piedra Luenga, Santa Cruz, el Carrascal, el Prado, las Lagunillas y Panchía.

En 1579 resultará elegido “el caballo castaño de Garcilaso de la Vega, dos pies calzados y una lista en la frente… de edad de cuatro años” que le fue asignada la dehesa “del Carrascal”.

Según el diplomático e historiador Raúl Porras Barrenechea “La apacibilidad del ambiente montillano es únicamente interrumpida por el trote alegre de los caballos en las calles de la villa. Garcilaso es, desde su niñez en el Cuzco, un amante del arte de la equitación. En Montilla acendra esta afición de tan pura cepa andaluza. […] Sabrosa y directa erudición equina, que habría de relucir más tarde en La Florida y en los Comentarios Reales, al describir con delectación los caballos de la conquista y de las guerras civiles.”

El mestizo Garcilaso de la Vega, antes llamado Gómez Suárez de Figueroa, había nacido en Cuzco en 1539, siendo hijo del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega y la princesa inca Isabel Chimpu Ocllo. Con 21 años, por expreso deseo de su padre, se traslada a España para continuar con sus estudios. Finalmente se establece en Montilla en 1561 al amparo de su tío paterno, el capitán Alonso de Vargas.

Casa del capitán Alonso de Vargas, tío de Garcilaso
de la Vega. En ella vivió el Inca treinta años y construyó
una caballeriza.
Si trajo consigo la pasión por la hípica del Virreinato del Perú, en la solariega casa de su tío Alonso desarrollará esta antigua afición, pues a poco de residir en ella el joven mestizo construyó unas caballerizas a su costa, convirtiéndose en un acreditado criador de caballos, como declaran los vetustos legajos que guardan la historia montillana.

No es de extrañar que Garcilaso fuera animado por su tío Alonso, ya retirado de la milicia imperial, colmado de experiencias y conocimientos ecuestres, pues el viejo Capitán había pasado su vida como jinete al servicio de la Caballería Real de Carlos V y Felipe II, a los que acompañó en sus viajes a los feudos del Sacro Imperio a lomos de aquellos admirables corceles que inmortalizaran los pinceles de Tiziano y Rubens.

Pero Garcilaso no sólo había heredado la genética castrense de sus mayores, sino que también la literaria. «Con la espada y con la pluma» reza la leyenda que orla su blasón nobiliario. Y así, llenará el vacío de las horas en la inquietud de cultivar su intelecto al pupitre de los mejores teólogos, ascetas y humanistas moradores del colegio de los Jesuitas y los conventos montillanos, maestros y amigos que le despejaron el sendero de las letras y le animaron a traducir y a escribir la vieja historia del Nuevo Mundo, desconocida hasta entonces en Europa.

En 1591 Garcilaso se trasladará a Córdoba, donde toma los hábitos clericales, completa sus estudios y publica su última obra, la Historia General de Perú. Allí muere en 1616 siendo enterrado en la privilegiada capilla de las Ánimas de la mezquita-catedral, a orillas del Guadalquivir y a escasos metros de las Caballerizas Reales, por cuyo entorno pasearía durante su ocaso cordobés añorando su mocedad montillana al contemplar y disfrutar de la cría y doma de aquellos primeros caballos que los siglos bautizaron de Pura Raza Española.

miércoles, 11 de mayo de 2016

LAS CONFERENCIAS DE SAN VICENTE DE PAÚL. CARIDAD Y ACCIÓN SOCIAL EN MONTILLA DESDE 1864.

San Vicente de Paul. Óleo/lienzo, firmado por
Luisa de Alvear y Cisneros en 1865, quien "Lo
regala a su Presidenta". En la actualidad se
conserva en la parroquia de San Fco. Solano.
La Sociedad de San Vicente de Paúl se crea en Francia en el año 1833. La iniciativa parte de un grupo de jóvenes estudiantes católicos que deciden fundar la “Conferencia de la Caridad” en París, para luchar contra las injusticias y desigualdades sociales de su época.
Los fundadores tomaron por patrón a San Vicente de Paul porque en sus inicios orientaron sus servicios a los necesitados que tenían acogidos la Compañía de las Hijas de la Caridad en su hospicio de París. Esta congregación fue fundada por el santo francés en 1633, cuyo espíritu caló entre los jóvenes de la Conferencia, hasta tal punto que encauzaron sus fines a favor de las personas más desprotegidas, recobrando aquel modelo –organizado y eficiente– que ya estableciera Vicente de Paul en el siglo XVII.

Entre los primeros vicentinos destaca Federico Ozanam (1813-1853), intelectual católico, considerado precursor de la doctrina social de la Iglesia, de la democracia cristiana, así como de la participación de los laicos en la vida de la Iglesia. Su vida fue una entrega total los necesitados, a través de la propagación de la Sociedad de San Vicente de Paul, que se extendió rápidamente por todo el mundo. En 1997 fue beatificado por Juan Pablo II.

A España llegó a través de Santiago Masarnau Fernández, que conoció el funcionamiento de la institución en Francia y decidió fundar la primera Conferencia en Madrid, en 1849. Pronto se propagó la fundación de la Sociedad por todo el territorio nacional. En 1859 se funda la Conferencia en Córdoba y cinco años después en Montilla.

Será día 2 de febrero de 1864 en la sacristía de la iglesia de San Francisco Solano donde se reúnan por vez primera los montillanos fundadores de la Sociedad de San Vicente de Paul. Allí acordarán constituir una conferencia para practicar la caridad cristiana según los postulados de Federico Ozanam. Tomarán por patrona a Ntra. Sra. de la Aurora se gobernarán por el Reglamento General de la Sociedad, cuyos miembros deberán “observar una vida cristiana, ayudándose mutuamente con sus ejemplos y buenos consejos: visitar a los pobres en sus casas, llevarles socorros en especie y darles consuelos religiosos; dedicarnos, según nuestras facultades y el tiempo que podamos disponer, a la instrucción elemental y cristiana de los niños pobres, libres o presos; distribuir libros morales y religiosos; dedicarnos a toda clase de obras de caridad en cuanto alcancen nuestros recursos, no siendo contrarias al fin principal de la Asociación, y siempre que ésta nos estimule a practicarlas.”

La Conferencia se regirá por la Mesa (o Junta de Gobierno), se reúnen semanalmente donde tratan los casos de pobreza que los socios hayan detectado en el vecindario. Para ello, el callejero montillano fue divido en ocho cuarteles (o zonas) visitados regularmente por parejas de vicentinos. Al término de cada reunión se hace una colecta entre los asistentes, cuyos fondos recogidos serán distribuidos por la Mesa según las necesidades planteadas en las reuniones.

La primera Junta de Gobierno fue presidida por D. Mariano Villalba. Aquella primera época trabajó incansablemente por los pobres montillanos, llegando a invertir en socorros más de 180.000 ptas. Pero pronto llegaron los problemas, pues en octubre de 1868, tras el triunfo de la Revolución llamada “La Gloriosa” la Junta revolucionaria de Montilla acordó disolver la Conferencia, en aplicación de una orden ministerial.

La Conferencia permanecerá suspendida hasta la restauración borbónica de Alfonso XII. En marzo de 1876 se restablece y comienza a funcionar con cierta regularidad, reuniéndose en la sacristía de la iglesia de San Juan de Dios. En septiembre de ese año resulta elegido presidente D. Francisco Solano de Alvear y Ward, coronel de Artillería, que ocupará el cargo hasta su muerte, ocurrida el 24 de junio de 1894.

Francisco Solano de Alvear y Ward (1817-1894), con uniforme
de coronel de Artillería. Fue presidente de la Conferencia de
 San Vicente de Paul montillana durante dieciocho años.
Durante su presidencia logró aumentar los fondos de la Sociedad para dar cobertura a las necesidades que imperaban en aquel período. Incrementó el número de socios, a partir de 1879 comenzó a colaborar el Ayuntamiento con el pago de varios panes al mes. En 1882 crea una Asociación auxiliar llamada “Caja de San José”, que se dedicaba a la recogida de ropa usada y su posterior redistribución entre los pobres acogidos. Además, a partir de esta época se comienza a suministrar extraordinariamente lotes de alimentos en las fiestas de Navidad y Semana Santa.

En 1885 encontramos ya establecida una Conferencia de señoras, cuya primera presidenta será María del Valle de la Puerta y Fernández de Córdoba. Esta sección se dedicará ex profeso a atender a mujeres y niños, especialmente a aquellas que tras el parto se encuentran en período de lactancia, además de las que han quedado viudas y tienen que hacer frente a cargas familiares. Asimismo, centrarán su atención en la alimentación y educación de los huérfanos.

A partir de entonces, la Conferencia de caballeros –como era denominada– centrará su atención en los parados, enfermos y ancianos, aunque también asumirá gastos como los derivados de los esponsales de novios sin recursos, y de los funerales de pobres de solemnidad.

Tras la muerte de D. Francisco de Alvear, es elegido presidente D. José Córdoba y Aguilera, maestro de escuela, que estará al frente de la Mesa hasta 1907, año en que es traslado en su ocupación docente. Durante este período la Conferencia amplia su labor social, en 1896 proyectan establecer una “Cocina económica” en el Asilo de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados (ubicado por aquel entonces en la actual Casa de Caritas). Ese mismo año acuerdan abrir una “Tienda Asilo” gracias a un donativo de mil pesetas procedente de las últimas voluntades del sacerdote Luis Rubio Jordano, que vendrá a ser un economato para facilitar los alimentos básicos a los vecinos más necesitados.

En 1897, año previo al desastre colonial español, la Conferencia montillana acuerda que “todos los soldados enfermos que regresan a este pueblo de los ejércitos de Cuba y Filipinas les visite una comisión a su llegada, dando cuenta en la sesión inmediata de aquellos que estuviesen necesitados”. Ese mismo año también gestionan el traslado e ingreso de varios leprosos en el Hospital de crónicos de Granada.

El 26 de enero de 1908 resulta elegido nuevo presidente de la Conferencia D. Francisco de Alvear y Gómez de la Cortina, Conde de la Cortina, que ostentará el cargo hasta 1949, año en que presenta su renuncia por edad.

En diciembre de 1909 se establece en Montilla la Cruz Roja, cuyos fundadores son todos miembros de la Conferencia. En 1913, a iniciativa del arcipreste Fernández Casado, se crea un nuevo grupo femenino de la Conferencia bajo la denominación de “El Ropero de Ntra. Sra. del Rosario”, que se regirá por el reglamento del Ropero de la Sagrada Familia de Córdoba, siendo su primera presidenta María de la Paz Rivera Gómez. Esta nueva sección centrará sus esfuerzos en colaborar con las conferencias masculina y femenina, y se dedicarán a reunir ropa para los enfermos ingresados en el Hospital y el Asilo.

A partir de 1917 la Conferencia cambia de sede y se establece en la iglesia de San Francisco de Asís, donde habían situado el Ropero las jóvenes solidarias de la Virgen del Rosario.

Junta Directiva de la Conferencia en 1933. Entre otros, aparecen: los sacerdotes Rafael Castaño, Florencio Sánchez y Antonio Jiménez. El presidente, Francisco de Alvear, Mariano Requena, José y Ángel Gómez, Ramón y Antonio Luque, Francisco Ruz Salas, Gabriel Pedraza y Miguel Navarro.
A finales de 1918 se expande por toda España una pandemia de gripe que tendría consecuencias fatales en todo el mundo. A través de las actas de la conferencia podemos comprobar la preocupación del arcipreste Fernández Casado “se expuso a la Conferencia el tristísimo espectáculo que ofrece el considerable número de niños que están quedando huérfanos en este pueblo, con motivo de la epidemia gripal reinante, muchos de los cuales quedan en el mayor desamparo por haber perdido a su padre y a su madre... Que ante tanta miseria había pensado en la imperiosa necesidad de constituir una Junta Benéfica que, llamando a la Caridad del pueblo entero, pudieran mitigar en lo posible los sufrimientos y penalidades de esos desvalidos, llevándoles el consuelo moral y material de que carecen”. La Conferencia se adhirió a la idea del Sr. Vicario y propusieron a la Corporación Municipal la creación de la Junta Benéfica, como así sucedió días después.

Con la llegada de la II República, la corporación municipal retira su colaboración a las Conferencias, dado su carácter católico. En 1933 ambas conferencias celebran el centenario de la fundación de la matriz en París, para lo que organizan una serie de actos y cultos extraordinarios, además de una comida para sus acogidos que tendrá lugar en el Colegio Salesiano. La crítica situación que se vive en los días previos al inicio de la guerra queda patente en las actas, donde los socios solicitan la protección de la autoridad local durante sus reuniones semanales.

Durante la Guerra Civil (1936-1939) cuatro de los socios vicentinos montillanos pierden la vida en el desarrollo de la contienda, a saber: José María de Alvear y Abaurrea, Antonio Gómez Salas, Antonio Navarro Villa-Zeballos y Miguel Navarro Requena.

En 1938 la Conferencia entró a formar parte de la Junta Local de Beneficencia. A la sangrienta guerra se sumó la dura posguerra. Una vez más en su historia la Conferencia trabajó incansablemente a favor de los más desfavorecidos. A lo largo de la década siguente se sumaron en el ejercicio de la caridad las cofradías y hermandades (Hdad. de Jesús de las Prisiones, Hdad. de Labradores, Hdad. del Stmo. Cristo de Zacatecas, Hdad. de Jesús Nazareno, Hdad. del Cristo del Amor, Hdad. de San Francisco Solano), la Asociación de AA. AA. Salesianos, las autoridades locales, así como varias empresas y comercios que entregaron sumas económicas y vales o bonos de pan para que las Conferencias los repartiera entre sus acogidos. Hasta la Policía Municipal hizo entrega de varios donativos procedentes de multas, como fue el caso de la obtenida en marzo de 1940, en que “se recibe el donativo de 100 pesetas procedente de una sanción impuesta a los panaderos por ciertas irregularidades en la confección del pan”.

Con la segunda venida de la Compañía de Jesús a Montilla en 1943 las Conferencias vuelven a cambiar de sede, trasladándose definitivamente a la Parroquia de Santiago. Un año después inicia su colaboración con la Junta Local de Protección a menores. En 1946 llegará a invertir en socorros más de nueve mil pesetas. En 1949 entran a formar parte del Secretariado Diocesano de la Caridad. Ese mismo año, en julio, resulta elegido por nuevo presidente D. Carlos Navarro Villa-Zavallos.

Almuerzo extraordinario ofrecido por las conferencias a sus acogidos en 1933, con motivo del centenario de la fundación de la sociedad matriz en París.
En enero de 1950 se organiza una nueva Conferencia en la Parroquia de San Francisco Solano. En 1953 la, ya, conferencia de la Parroquia de Santiago colabora estrechamente con una organización creada por los Jesuitas cuyo fin era sufragar el pago de los medicamentos a los necesitados. Para su puesta en marcha la conferencia aportará mil quinientas pesetas.

En 1958 las Conferencias montillanas acuerdan constituir un Consejo Particular en la ciudad que vertebre el funcionamiento de todas. En aquella sesión será votado por Presidente D. Mariano Requena Cordón. La primera misión del Consejo será la constitución de nuevas en Conferencias en las recién creadas parroquias de San Sebastián y de la Asunción. En agosto de 1962 acordaron distinguir como “Secretario Honorario” a su socio más longevo, Antonio Luque Navarro, que había ingresado en la Sociedad en 1899, sumándose así al caluroso homenaje que le ofrecieron sus vecinos y amigos con motivo de haberle sido concedida la Medalla al Mérito en el Trabajo.

En diciembre de ese mismo año se funda “Caritas Montillana” como organismo interparroquial, cuyo primer cometido será el reparto de la “ayuda americana”. A partir de entonces, las conferencias han venido trabajando estrechamente con Caritas, aunque manteniendo su propia identidad. De esta última etapa –la cual no vamos a tratar– cabe  destacar la unión de las conferencias masculinas y femeninas. Y en el aspecto social, la ayuda ofrecida a la comunidad de religiosas del convento de Santa Clara y al Hogar “Madre Encarnación” de las Hermanas Terciarias Franciscanas del Rebaño de María, en el Colegio de San Luis.

Para concluir este breve estudio de la labor vicentina en Montilla, advertimos que son tantos los nombres de las personas que con sus donativos y su dedicación hicieron posible mitigar las necesidades y enfermedades de sus vecinos más desfavorecidos, que hemos decidido no citar a ninguno. Aunque sí cabe subrayar la labor altruista de los médicos que ofrecieron sus servicios de forma gratuita a los acogidos de las conferencias, como fueron Antonio Cabello de Alba (padre e hijo), Luis Armenta, Antonio Blasco, Miguel Moreno y Manuel García Velasco, que aparecen reseñados en los libros de actas.

Las Conferencias de San Vicente de Paul continúan en la actualidad trabajando en la pastoral social de cada una de las parroquias montillanas, cuya labor comparten con Caritas. Labor que deseamos continúen desarrollando con el ejemplo de su amor al prójimo y el mensaje evangélico de que "Deus caritas est".

martes, 26 de abril de 2016

EL CRISTO DE LA YEDRA Y LA DEVOCIÓN DEL COMENDADOR*

Como atestigua esta instantánea, el Cristo de la Yedra formó parte
del elenco artístico que fue exhibido en una de las Exposiciones 
Nacionales de Arte, Industria y Artesanía, que tuvieron lugar
en los años centrales del siglo XX en nuestra ciudad. (Foto González)
Al hilo del artículo anterior, en el que tratamos la veneración de la que gozó el Cristo de la Yedra en las postrimerías del siglo XVII y toda la centuria siguiente gracias a la Congregación del Espíritu Santo, vamos a continuar profundizando en el pasado de este singular Crucificado que recorre las calles montillanas la mañana del Viernes Santo.
En esta ocasión, para conocer los orígenes del Santo Cristo de la Yedra nos adentraremos en los años de la fundación del Colegio Jesuita en Montilla y la implicación que tuvo en los prolegómenos de aquel acontecimiento Jerónimo de la Lama «el Ayo», a quien la II marquesa de Priego confió la tarea de asentar a los Jesuitas en el antiguo hospital de La Encarnación, personaje a quien está intrínsecamente ligada la hechura del Crucificado, según evidencian los documentos que hemos utilizado.
Por ello, antes de ocuparnos de la veneración y vicisitudes que rodearon al Santo Cristo jesuítico, cabe preguntarse quién fue «el Ayo» y su relación con la noble Casa de Priego y sus circunstancias históricas, donde coincidió con la figura esencial del Maestro Juan de Ávila.
El nombre completo del Ayo –como era conocido entre los montillanos– era Jerónimo Fernández de la Lama y Flores. Castellano de cuna, nace en Segovia hacia el año 1500, fruto de una relación extramatrimonial de la hidalga Juana de Flores con Gabriel Fernández de la Lama y Suazo, regidor de Segovia y Maestresala del rey Enrique IV de Castilla (hermano mayor de Isabel la Católica). En su adolescencia fue mayordomo del Obispo de Córdoba y de ahí pasó al servicio de la II marquesa de Priego, ya viuda del III conde de Feria, que lo designó preceptor de su primogénito, D. Pedro Fernández de Córdoba y Figueroa[1].

En 1535 Jerónimo de la Lama fue armado Caballero de la Orden de Alcántara, y en 1543 recibe la encomienda alcantarina de la puebla de San Juan de Toro (Zamora), en el  Reino de León. Tras la repentina muerte del IV Conde de Feria, ocurrida en agosto de  1552, el Ayo quedará por consejero y curador de la marquesa Dª Catalina. Es por ello que la noble montillana le confiara la gestión de la reforma del antiguo hospital de La Encarnación para adecuarlo a residencia jesuita, así como para la edificación de la primitiva iglesia, ejecutada entre los años 1555 y 1558.

El cáliz del Comendador, una interesante pieza
 manierista de plata labrada, fechado en 1560, 
que se conserva en la Parroquia de Santiago 
procedente de los bienes jesuíticos que arribaron
a este templo tras la expulsión. (Foto Rafa Salido)
La gran afinidad que se fraguó entre los primeros Jesuitas y el Comendador fue clave para que éste decidiera construir una capilla y sepultura propias en el edificio de la calle Corredera. Con la autorización de la marquesa, la capilla fue alzada contigua y paralela al nuevo templo, con el que se comunicaba a través de un pequeño arco[2], quedando ubicada entre la iglesia y la sacristía. Debió estar en pleno uso en 1560, como atestigua el cáliz manierista de plata labrada realizado para el uso litúrgico de la misma y que aún se conserva en la Parroquia de Santiago. La valiosa pieza está profusamente decorada con motivos pasionistas y contiene en su basamento el escudo de armas de Fernández de la Lama y una leyenda que dice: «A/1560/MAN-DOLO-HAZER-ELCO-MEN-DA-DOR»[3].

Como es razonable, el Comendador ornamentó la capilla (única en la iglesia) con los bienes y enseres necesarios para el rezo y el culto litúrgico. Según la documentación manejada (que se expone más adelante), el Santo Cristo de la Yedra estaba ubicado en aquella capilla, por lo que no deja lugar a dudas considerar a Jerónimo de la Lama como persona que adquirió la hechura del Crucificado, con destino a presidir el altar de la que habría de ser su tumba, y que en adelante será usada como capilla sacramental por los Jesuitas.

Como relacionamos en el artículo anterior, la imagen guarda analogía con el taller del artista flamenco Roque Balduque ocupado por esos años en la construcción del retablo del Sagrario de la Parroquia de San Juan Bautista de Marchena, lugar donde pudieran haber coincidido el escultor y el Comendador, ya que en esta villa residía Dª María de Toledo, hija de la marquesa de Priego y esposa del II Duque de Arcos, Luis Cristóbal Ponce de León, señor de aquella población y patrono de sus iglesias. Además, hemos de recordar que Dª María de Toledo fue la fundadora del Colegio de los Jesuitas de Marchena (también llamado de La Encarnación), cuyas obras comenzaron en 1556.

Jerónimo de la Lama fallece en 1567. En sus últimas voluntades legó a los Jesuitas parte de sus bienes y un sustancioso donativo, como recoge el libro de la fundación del Colegio de Montilla, que se conserva en la Biblioteca Nacional de España: “Es digno de memoria en esta obra el Ilustre Caballero Hierónimo de la Lama Comendador y ayo que fue del Ilmo. Conde don Pedro hijo mayor de la marquesa el cual con el grande amor y afición que tuvo a la Compañía ayudó grandemente a la fundación y obra de este Colegio y como era administrador de la hacienda de la Marquesa y fiaba mucho de él pudo ayudar mucho en esta parte; y así lo hizo todo el tiempo que vivió, el cual está enterrado en la capilla que está junto a la sacristía; dejó a este Colegio en su testamento su tapicería y 200 ducados con muchas muestras del grande amor que en vida tuvo a la Compañía, por el cual debe este Colegio hacer memoria en sus oraciones y sacrificios como a tan benefactor de él. Murió este caballero el año de 1567”[4].

Tras la expulsión de la Compañía de Jesús en 1767, la capilla
del Ayo (también conocida como de Los Terceros), fue utilizada
 como oratorio de los maestros que asumieron la docencia
 de las escuelas jesuitas. Para ello, reubicaron el retablo
 de la Inmaculada, que se encontraba en la clausurada iglesia.
Allí permaneció hasta 1973, año en que fue trasladado a la
Parroquia de Santiago. (Foto Arribas)
Otro aspecto que no debemos olvidar es la familiaridad existente entre Jerónimo de la Lama y San Juan de Ávila, ya que ambos fueron consejeros de Dª Catalina y de sus descendientes, en lo temporal y en lo espiritual, como lo dejó escrito su coetáneo el franciscano Francisco de Angulo: “Tenía la Marquesa dos consiliarios hombres de gran valor, el uno el ayo Hierónimo de [la] Lama caballero noble y comendador de S. Juan, y el otro el Maestro Juan de Ávila religiosísimo por extremo. El primero gobernaba la hacienda y también, que era llamado comúnmente Padre de todos, y aun la misma Marquesa que se halló conmigo a su muerte me dijo que la sentía mucho porque había sido padre de sus hijos. El segundo le predicaba y trataba las cosas de su conciencia, espíritu y oración, para prueba de la gran virtud de entre ambos no es menester otro testimonio sino que con haber sido el uno señor absoluto de toda la hacienda y estado por muchos años murió más pobre que cuando lo tomó a cargo. Y el otro que si quisiera algo la medida fuera su boca acabó contento con el día y vilo en una pobre celdilla”[5].

La amistad existente entre ambos “consiliarios” quedó patente en la memoria del vecindario, que confiaba sus esperanzas al Santo Cristo ante adversidades tales como epidemias y sequías, como reflejan las actas del Concejo y de la Congregación en los siglos XVII y XVIII.

Los primeros testimonios de rogativas los encontramos en la epidemia de peste acaecida entre 1648 y 1651. En enero del último año los capitulares del concejo montillano  deciden “hacer una fiesta solemne con misa y sermón y música a el Santo Cristo que está en la iglesia de la Compañía de Jesús en la capilla que dicen del ayo donde hacía su oración el santo padre maestro Ávila, y no se ha cumplido con esta promesa conviene cumplirla y dar gracias a nuestro Señor que hizo merced a esta ciudad de librarle del contagio y espera que lo hará en adelante usando de su misericordia…”[6].

Como manifiesta este revelador testimonio, uno de los primeros devotos del Crucificado fue el propio maestro Juan de Ávila, residente en el Colegio jesuita durante varias temporadas en sus últimos años de vida, y gran amigo del Comendador. No es de extrañar que tanto el Maestro Ávila, como otros muchos sacerdotes se retirasen a ejercitar sus oraciones personales ante el Santo Cristo, máxime cuando a los pies de la Cruz se hallaba la urna sacramental que custodiaba el pan consagrado y, por tanto, la presencia real de Dios. En referencia a ello, tomamos el relato del historiador Fco. de Borja Lorenzo Muñoz: “El referido Señor de la Yedra, es una Sagrada imagen de Ntro. bien Jesucristo pendiente del Sacro Santo Madero de la Cruz, estaba en capilla propia de los Regulares, en ella fundaron una Congregación de (...). Y servía con fervor y devoción, su Majestad favoreció a cuantos contritos le claman y ha hecho muchos portentos y milagros, habiendo tradición de haberle hablado a distintos de sus siervos”[7].

Nuevos tiempos de sequía y estío amenazaban a los montillanos, por ello el Concejo de Justicia y Regimiento solicitaba a los Jesuitas la celebración de rogativas para que el Crucificado intercediera a favor de la población. Así volvió a suceder en marzo de 1683, cuando los capitulares acordaron solicitar “por los justos juicios de Dios Nuestro Sr. se adelantado el agua y de presente hace suma falta a los panes y sembrados y para que nuestro Sr. se apiade de nosotros el Colegio de la Compañía de Jesús desta ciudad con el piadoso celo que acostumbra deseamos se saque en procesión a el Santo Cristo de la Yedra del dicho Colegio a la Iglesia Mayor de esta ciudad el domingo que viene que se contarán veinte y ocho del corriente por la tarde a cuya procesión esta Ciudad a de asistir con sus luces”[8].

Firma ológrafa de Jerónimo Fernández de la Lama y Flores (1500? – 1567),
Ayo del IV Conde de Feria, Caballero y Comendador de la Orden de Alcántara.
Del mismo modo, existen noticias de las rogativas que se hicieron al Cristo de la Yedra ante los meses áridos padecidos en el invierno y primavera de 1698, durante los cuales se celebraron dos novenarios en el mes de mayo, el primero sufragado por la Congregación del Espíritu Santo y el segundo por el Ayuntamiento. Para la celebración de estos cultos extraordinarios “el Secretario de la Congregación fue de parecer, que se pidiese licencia al Padre Rector (que era el P. Francisco de Vides) para que el Sto. Xto. se colocase en el altar mayor” y una vez concluidos fue “colocado en su altar, y todo él y la capilla compuestos para hacerle fiesta el día siguiente”. Según describe el secretario de la Congregación, durante todo el mes de mayo no dejó de llover “se mejoraron los campos, y aseguró la cosecha”[9].

En 1703, ante la inclemente sequía padecida, se volvió a implorar la lluvia al Crucificado, se organizó un novenario de misas de Pasión y otras tantas misas votivas cantadas que se prolongaron entre los días 11 y 31 de mayo. Para la ocasión “la Congregación del Espíritu Santo pidieron al Padre Rector de este Colegio que el Sto. Xto. de la Yedra se colocase en el altar mayor, y habiendo este consultado con los Padres, vino en que se colocase, y así se hizo. […] En dichos días estuvo el Señor (el Sto. Xto.) descubierto por la mañana, tarde, y noche hasta las 8, o 8 y media, se rezaba el Rosario, y Letanía mayor. Y el día 31 del mismo mes se volvió a colocar en su capilla, y el viernes, 1º día de junio, se le hizo fiesta en ella”[10].

Dado el gran fervor que impregnó en la población, los Jesuitas decidieron colocar al Cristo de la Yedra en la iglesia de forma permanente y así acercarlo más a los devotos y congregantes. Como ya indicamos en el anterior artículo, entre 1703 y 1706 se construyó un excelente retablo barroco que ocuparía el privilegiado colateral de la epístola en la capilla mayor. El mismo año de su nueva ubicación las autoridades locales, ante la falta de lluvias, vuelven a solicitar a los Jesuitas unas rogativas con la celebración de una fiesta de misa y sermón al Crucificado[11].

Ya entrado el siglo XVIII, en abril de 1734 los montillanos volvieron a solicitar la intercesión divina del Cristo de la Yedra para hacer frente a la endémica sequía que asolaba la campiña cordobesa. En esta ocasión el Crucificado salió en procesión por las calles de la ciudad, a solicitud  de “Dn. Juan de Pineda, Corregidor, Dn. Josef de Herrera Quintanilla, Contador Mayor, y otras personas, con grande instancia pidieron, que el día siguiente sacásemos el Sto. Xto. en la Doctrina; y habiendo parecido conveniente el concederlo, se determinó, que sin alguna de las formalidades de Procesión, y sin que se permitiesen ir nazarenos, ni otros con públicas penitencias, saliese la Doctrina en la misma forma que siempre, y se llevase el Señor cerrando la Doctrina: y así se ejecutó, yendo en el último tercio de ella 1º el estandarte de la misma Doctrina, que llevaba el Corregidor, acompañado del Contador, y Capitulares. […] Así se hizo esta Doctrina, día 11 de abril, con gran concurso de todos el pueblo: y concluida, se volvió el Señor a poner con las andas al lado derecho del altar mayor, donde estuvo con luces hasta la mañana del jueves 15, y cerca de medio día se restituyó a su altar”[12].

Al mismo tiempo que tenían lugar estos cultos extraordinarios de misiones populares y rogativas, el Cristo de la Yedra gozaba de varias fundaciones y memorias religiosas perpetuas dotadas por devotos particulares, que legaron al Crucificado ignaciano parte de su patrimonio para el cumplimento de sus intenciones.

Así, hallamos en noviembre de 1667 en el testamento de Antonio de Aguilar Cabello, alcalde ordinario de Montilla y fundador del Colegio de la Concepción, una cláusula que recoge el deseo de fundar “otra fiesta solemne con su misa y música que se ha de decir en la capilla y altar del Santo Cristo que está en el Colegio de la Compañía de Jesús de esta ciudad en uno de los días de Pascua del Espíritu Santo de cada un año perpetuamente para siempre jamás lo cual se a servir si se pudiere en el siguiente día de Pascua referida y a de asistir como dicho es la música de cantores y el dicho nuestro heredero ha de pagar al Colegio de la Compañía de Jesús en cada un año perpetuamente para que más bien se cumpla dicha fiesta”[13].

Año de 1940, el Cristo de la Yedra por la Puerta de Aguilar nos recuerda una de las estampas típicas del Viernes Santo montillano, donde aún era procesionado sobre sus primitivas andas.

Otra importante dotación fue fundada por Dª María de Rojas, vecina de la calle Escuelas, en junio de 1673, donde asienta en escritura pública su voluntad de: “Que por cuanto para más bien servir a Dios Ntro. Señor y que vaya en aumento de su culto divino ha sido y es voluntad de dotar una misa cantada con su música perpetua para siempre jamás que se ha de decir en el altar del Santo Cristo crucificado que está en la iglesia del Colegio de la Compañía de Jesús de esta ciudad en su capilla el último día de los siete Reviernes por cuya limosna se ha de dar y pagar a el dicho Colegio cien ducados por una vez”[14].

Una tercera obra pía será instituida en enero de 1734 gracias a la viuda Dª Catalina de Toro, vecina de la calle Aleluya, que donó “una hazuela de tres celemines y medio de tierra libre de censo en el sitio de la cañada del corral arrimado a las casas de la salida de la calle Melgar, la cual mando al colegio de la Compañía de Jesús desta ciudad con la previa condición y calidad que dicho colegio ha de tener obligación todos los años de hacer decir por mi ánima e intención en el altar del Santo Cristo de la Yedra que se venera en dicho colegio una misa de réquiem cantada en el día de la conmemoración de los difuntos”[15].

Al igual que los devotos antes citados, el Santo Cristo de la Yedra recibió numerosos donativos de los montillanos a través de sus mandas testamentarias, unos destinados a la conservación de su altar y capilla o a colaborar en el pago de su nuevo retablo, y otros para el consumo de la cera en sus cultos o el aceite de su lámpara; cuyas citas literales de tales disposiciones omitiremos por motivos de espacio.

En el siguiente artículo trataremos sobre el «santo Crucifijo del Maestro Ávila», también llamado «Cristo del Perdón», y la confusión creada a partir de las imprecisas noticias y conjeturas ofrecidas por el jesuita Bernabé Copado en su libro La Compañía de Jesús en Montilla (Málaga, 1944), que –como ya anticipamos– atribuyó la propiedad del Cristo de la Yedra al Maestro de Santos. Como evidencia la documentación presentada en este estudio, el origen e historia del Crucificado que recorre las calles montillanas la mañana del Viernes Santo difiere de tales versiones.

*Artículo publicado en la revista local Nuestro Ambiente, abril de 2016. 




[1] Archivo Histórico Nacional (AHN). OM-CABALLEROS ALCANTARA, Exp. 771.
[2] A la llegada de los Franciscanos, en 1796, fue denominada “capilla de Los Terceros”. Según un inventario de 1914 su planta rectangular tenía unas medidas de 15,5 metros de largo por 4 de ancho, y poseía tres altares.
[3] Varios son las incógnitas que guarda el cáliz en su ornamentación a buril. En la base exhibe tres «T», ¿en referencia a los Terceros franciscanos o a los Teatinos jesuitas? Además, durante la sesión fotográfica que mi buen amigo Rafael Salido ha efectuado a la pieza, hemos detectado bajo el anillo estriado existente en el basamento una inscripción oculta por un rayado sucesivo, la cual hemos conseguido descifrar. El resultado ha sido otro nombre: «ANDRES PEREZ DE BUENROSTRO», ¿un posible orfebre o hace alusión al canónigo arcediano de la Catedral de Córdoba, coetáneo del Comendador?
[4] Biblioteca Nacional de España (BNE). Libro del origen y principio deste Colegio de Montilla y de las cosas dignas de memoria que en él han sucedido, y en el discurso de los tiempos fuere sucediendo lo qual ordena así la santa obediencia para consuelo de los presentes y venideros y para otros santos fines. Comenzose a escribir a ocho de Noviembre de 1578 años. Mss/8812.
[5] ANGULO, Fr. Francisco de: Fundaciones de los conventos de S. Esteuan de Priego y de Sant Lorenço de Montilla. Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque de Montilla (FBMRL). Ms. 313, f. 199v.
[6] Archivo Histórico Municipal de Montilla. Actas Capitulares. Libro 14, fol. 215 v.
[7] LORENZO MUÑOZ, Francisco de Borja: Historia de la M.N.L. Ciudad de Montilla. Año 1779. (FBMRL). Ms 54, pág. 45.
[8] Archivo Histórico Municipal de Montilla (AHMM). Actas Capitulares. Libro 17, fol. 742 v.
[9] BNE. Libro del origen y principio deste Colegio de Montilla…
[10] Ibídem.
[11] AHMM. Libro 20, fols. 71 v - 72 r.
[12] BNE. Op. cit.
[13] Archivo Notarial de Protocolos de Montilla (ANPM). Escribanía 5ª. Leg. 245, f. 773.
[14] ANPM. Escribanía 7ª. Leg. 1235, f. 654.
[15] ANPM. Escribanía 5ª. Leg. 891, fols. 9 v – 10 r. [Año 1734].