miércoles, 11 de julio de 2018

JOSÉ SALAS Y VACA, UN PRECURSOR DE LA NEUROPSIQUIATRÍA ESPAÑOLA

El Excmo. Sr. D. José Salas y Vaca, con uniforme diplomático
de Gentihombre de Cámara de Alfonso XIII

Siempre se ha dicho que Montilla es una ciudad que aportó grandes personajes a la Historia. No en vano, en el Siglo de Oro hispánico resuenan nombres universalmente conocidos que gracias a la trascendencia de sus hechos hoy forman parte de su galería de patricios ilustres: el Gran Capitán, San Juan de Ávila, el Inca Garcilaso o el mismo San Francisco Solano, cuyas fiestas patronales ahora celebramos.

Al igual que en los albores de la modernidad, tres siglos después Montilla volverá a sumar sus mejores hijos a la vida política, militar, social y cultural de la nación española con la llegada del Régimen Liberal. Una emergente edad de plata que estará protagonizada por apellidos como Alvear, Ruiz-Lorenzo, Núñez de Prado, Jiménez-Castellanos, Aguilar-Tablada, Garnelo Alda o Ruiz de Salas entre otros, cuyas meritorias biografías se vienen recuperando en la actualidad por parte de la comunidad científica.

Tal es el caso del montillano José Salas y Vaca (1877-1933) cuya vida y obra ha sido objeto de una tesis doctoral en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Su autora, Ruth Candela Ramírez, proyecta un perfil biográfico y profesional de largo alcance profundizando en la extraordinaria labor que José Salas desempeñó en los inicios de la neuropsiquiatría española, durante el primer tercio del siglo XX.

Esta nueva investigación lo considera como uno de los grandes reformadores de las instituciones públicas de salud mental de su tiempo, así como un innovador en la metodología seguida en el tratamiento a los enfermos; una inquietud que el doctor Salas dejó plasmada en más de una decena de publicaciones, numerosos artículos en revistas científicas, y en los foros académicos y universitarios que participó.

Doctorado en Medicina por la Universidad Central de Madrid antes de cumplir los veinticuatro años, en 1901 inicia su andadura laboral en el Real Hospital del Buen Suceso y dos años después ingresa por oposición en el Cuerpo de Beneficencia General. En 1911 es nombrado Jefe Facultativo del Manicomio Nacional de Leganés, cargo que ocupará hasta su jubilación en 1929, cuya institución será la principal receptora de sus progresos. Igualmente, formó parte del Cuerpo de Médicos de Baños, de la Sociedad Española de Higiene, del Instituto de Medicina Social y de las Reales Academias de Cádiz y Córdoba.

Dada su vocación sociopolítica participó en la dictadura de Miguel Primo de Rivera, siendo nombrado Gobernador Civil de las provincias de Albacete, Cádiz y Huelva. A lo largo de su vida recibió las distinciones de Gentilhombre de Cámara de Alfonso XIII (1912), la Gran Cruz de la Orden Civil de Beneficencia (1921), Hijo Predilecto de Montilla (1925), y Comendador de la Orden Civil de Alfonso XII (1927).

En 1930 se jubila por enfermedad, pasando sus últimos años entre Montilla y la capital cordobesa, en la que muere a finales de 1933 a los cincuenta y seis años. Sus cenizas las guarda la misma tierra que le vio nacer. Sin duda, José Salas y Vaca es parte esencial de esa edad de plata montillana que la ciudad debe recuperar para la memoria de las generaciones presentes y futuras.

sábado, 26 de mayo de 2018

EL CRISTO DE LA TABLA, UN TESTIGO INADVERTIDO EN LOS DÍAS MONTILLANOS DE SAN JUAN DE ÁVILA

Dos años atrás, en esta misma revista, dedicamos varios artículos a la figura de San Juan de Ávila, donde profundizamos en algunos de sus más manidos episodios por la tradición local en referencia a los vínculos que el Apóstol de Andalucía mantuvo con el Comendador Jerónimo de la Lama, el Cristo de la Yedra y el “Santo Crucifijo” del Perdón. Coyunturas históricas que intentamos esclarecer aportando documentación de primera mano, que hilvanada y despejada de casposas leyendas evidenciaron que en el terreno de los archivos no cabe sembrar otra semilla que la realidad del testimonio escrito.

Santo Cristo de la Tabla, icono renacentista realizado en la
primera mitad del siglo XVI, al que durante el Barroco se le fue
añadiendo la Cruz y el lienzo del Calvario. (Foto Rafa Salido)
En esta ocasión dirigimos nuestro propósito a proyectar luz sobre un episodio ocurrido en la parroquia de Santiago entre el Maestro Juan de Ávila y un conocido caballero de la villa (cuyo nombre se obvia) que estaba enemistado con un vecino, en el cual aparece en escena otro Cristo Crucificado ubicado en la capilla de las Ánimas, cuya identidad nosotros intentaremos despejar en este trabajo.

Para tal indagación volvemos a utilizar el Proceso de Beatificación del Maestro Juan de Ávila que, como ya anunciamos, está repleto de pasajes y pormenores del quehacer diario del Maestro de Santos, siendo la fuente básica que utilizaron sus primeros biógrafos. De los cuarenta testigos montillanos que se personaron para ofrecer sus declaraciones al proceso veintitrés de ellos manifestaron ser conocedores del episodio que hemos referido arriba(1).

En base a tales informes, los biógrafos Luis Muñoz y Martín Ruiz de Mesa (s.XVII) hacen una reconstrucción de los hechos en su obra, de las cuales lo tomamos literal:

“Viviendo en Montilla, supo que había dos personas honradas encontradas con odio capital y vengativo. Entrando un día el padre Maestro Ávila en la iglesia de Santiago, vio a uno de los dos enemigos, el más ofendido, y por esta parte más incontrastable; llegóse a él y con muchos ruegos y humildad procuró atraerle a que se reconciliase con su contrario, y fuese su amigo; estuvo el hombre de bronce, sin poder hacerle mella; multiplicaba ejemplos y razones con singular modestia y suavidad; perseveraba inexorable, era una obstinación terrible. Díjole: «Por lo menos, señor mío, haga una cosa por amor de Dios, éntrese en aquella capilla de las ánimas, delante del santo crucifijo, que allí está, rece un Pater noster, y una Ave María, pidiendo a Dios le alumbre en entendimiento». Vino en ello, postrado delante de una imagen santa de Cristo salió perdido el color, temblando y muy turbado, y dijo al padre Maestro: «Digo que quiero ser amigo del señor N. (nombrando por su nombre al enemigo)»; y echándose a los pies del venerable Maestro decía: «Padre, suplico a vuestra reverencia, por amor de Dios, no deje este caso de la mano, hasta que muy aprisa nos haga amigos. Yo desde luego le perdono todos los agravios y injurias que me ha hecho, así de obra como de palabra, y lo hago puramente por amor de Cristo, Dios y redentor nuestro, que padeció muerte de cruz, y en ella pidió perdón por los que le quitaban la vida. No quiero, padre, que se muestre enojado en el día de mi muerte, porque, según me pareció que vi su imagen en aquella cruz airada contra mí, temo su ira, y pido misericordia a su divina Majestad, y perdono a mi enemigo, y a vuesa reverencia le suplico, disponga de manera que seamos muy amigos, y ruegue a Dios por mí, que me tenga en su mano». Decía descolorido y temblando. El padre Maestro Ávila le echó los brazos, y agradeció lo que hacía; hízolos amigos; fuéronlo con amistad muy estable de allí en adelante. Decía esta persona que lo que el padre Maestro Ávila no había acabado con ruegos, lo alcanzó con la oración; decía de él grandes alabanzas.”(2)

Estampa de San Juan de Ávila que fue divulgada
 durante su proceso de canonización, donde su
 autor dejó constancia de los fuertes lazos
que le unían a la Parroquia de Santiago.
Es llamativa la cantidad de detalles que ofrecen los declarantes (testigos oculares o no) de aquel encuentro, lo cual nos ha impulsado a intentar reconstruir el escenario del mismo. Aunque desconocemos la fecha exacta del suceso hubo de acontecer entre 1550 y 1569, período de estancia permanente del Maestro Ávila en Montilla. Por suerte, los espacios donde transcurre sí que se conservan: la parroquia de Santiago y la capilla de las Ánimas.

Desde mediados del siglo XVI hasta la actualidad la parroquia matriz montillana ha visto modificada su fisonomía por los avatares del tiempo y de los fenómenos geológicos, tales como el terremoto de Lisboa. Aunque ello no ha cambiado el perímetro general del recinto, pues en aquel tiempo el alzado del templo ya presentaba las tres naves separadas por los arcos ojivales que aún mantiene. Asimismo, la capilla de las Ánimas fue construida por su cofradía, fundada en 1528. En la actualidad mantiene la planta original, empero su aspecto difiere mucho del primitivo, dadas las reformas realizadas hacia 1720, donde la novedad barroca suplió a la renacentista; así como las llevadas a cabo en 1917 bajo la dirección de Manuel Garnelo, en que parte de la capilla fue convertida en baptisterio.

Las referencias más antiguas que hemos localizado del ornato de la capilla de las Ánimas datan de 1610 y forman parte de un inventario que se realizó al templo parroquial con ocasión de una visita pastoral. En el mismo se especifica que la capilla contaba con un retablo de siete tablas pintadas al óleo presidido por una representación del Juicio Final. También poseía la misma una lámpara de azófar, un velo azul de lienzo con sus varas y cordeles, un crucifijo coronando la reja de entrada a la capilla y “otro crucifijo pintado en una tabla. Cortada la tabla y clavado en una cruz que está en la capilla de las Ánimas”(3).

Evidentemente, de tal reseña se deduce que se trata del Cristo de la Tabla(4), una singular imagen de Jesús en la Cruz que se venera en la parroquia de Santiago, cuyos rasgos estilísticos renacentistas revelan que pudo ser realizada en los años centrales del siglo XVI(5). Debe su originalidad y belleza a que se encuentra plasmada al óleo sobre un tablero de dos centímetros de grosor y ciento cincuenta y dos de altura, recortado por la silueta anatómica del Crucificado.

Si bien, después de cuatro siglos y las numerosas reformas que han modificado el aspecto actual del templo, nos obligan a corroborar esta primera hipótesis con más aportaciones documentales que la sustente, y para ello hemos recurrido a algunas de las donaciones que recibió el Santo Cristo y a los cronistas locales que detallaron su ubicación en los siglos pasados.

En 1777 Antonio Marcelo Jurado y Aguilar en su manuscrita Historia de Montilla describe de manera sucinta la capilla de las Ánimas, aunque dedica unas sentidas palabras al Cristo de la Tabla: “Después la de San Miguel y las Ánimas Benditas, que ella sola es una pequeña iglesia, con tres altares, y el mayor. El de el Santo Cristo de la Tabla, pintura antigua y de especial devoción. El de el Ángel de la Guarda, retrato de una extremada belleza y el del Señor San Miguel, con retablo de este tiempo, muy gracioso y bien tallado”(6).

Más prolijo es su coetáneo Francisco de Borja Lorenzo Muñoz, quien dos años después en su Historia de Montilla nos describe así aquel emplazamiento: “Capilla del Señor de la Tabla. / La última capilla de la referida nave es grande, comprehende dos cuerpos, o dos capillas divididas con orden y con unas lápidas de jaspe encarnado. / La primera de estas capillas tiene dos altares a los lados, uno frente de otro, con sus retablos no grandes. En el uno se venera al Santo Ángel de nuestra Guardia, su hechura peregrina y está muy adornado. En el otro se venera la Sagrada Imagen de Jesús Crucificado, es de pintura portentosa en la misma tabla de la Cruz, hechura grande, causa suma veneración y devoción, la tienen a su Majestad todos los fieles, invócanle el Padre de las misericordias, pues las logran con frecuencia clamando a su Majestad, hay tradición de haber hablado a sus siervos, y de milagros especiales.”(7)

Por la narración de Lorenzo Muñoz se aprecia la profunda piedad que despertaba el Cristo de la Tabla entre los fieles montillanos. No en vano, se tiene constancia de que, al menos, en dos ocasiones este original icono de Jesús Crucificado salió en procesión general por las calles de nuestra ciudad. Según las actas capitulares del Concejo municipal, en enero de 1699 los miembros del cabildo asistieron a “la procesión del Santo Cristo de la Tablada [sic] y Ntra. Sra. del Rosario que se ha hecho este mes, a petición de los padres misioneros”(8). Igualmente, en diciembre de 1726, el cabildo costeó “la cera que se gastó en la procesión que se hizo al Cristo de la Tabla en la rogativa del agua”(9).

Durante de segunda mitad del siglo XX el Cristo de la Tabla
 presidió la sacristía mayor de la parroquial de Santiago.
Del mismo modo, el Señor de la Tabla gozó de donaciones particulares que sus devotos le ofrecieron en sus últimas voluntades. Tal fue el caso de Beatriz de Chaves, viuda de Rodrigo Ortiz y vecina de la calle Trillo, que el 29 de noviembre de 1653 otorgaba su testamento, por el cual enviaba una manda “al Santo Cristo de la Tabla que está en la capilla de las ánimas de la iglesia parroquial del Sr. Santiago desta ciudad una arroba de aceite para que se gaste en su lámpara”(10).

No obstante, la fundación piadosa de mayor entidad que recibió el Cristo de la Tabla fue dotada por Luisa Granados de Bonilla, mujer de Pedro Antonio Melero y Varo, fallecida de 4 de julio de 1725, la cual enviaba “a Dn. Pedro Melero mi hijo y del dicho mi marido, clérigo de menores órdenes vecino de esta ciudad una haza de tres fanegas de tierra calma de cuerda mayor (...) en el sitio de la Navilla de Cortijo Blanco término de esta ciudad (...) para que la haya y goce el dicho mi hijo en propiedad y posesión, y con cargo de una misa de fiesta solemne que sea de decir en cada un año perpetuamente para siempre en el día de la Invención de la Santa Cruz en la capilla y altar del Santo Cristo de la Tabla sita en la dicha iglesia parroquial de Sr. Santiago”(11). 

Según consta en el archivo parroquial de Santiago(12), el día 3 de mayo, festividad de la Invención de la Cruz, se iniciaba con repique a medio día y noche, vísperas y procesión claustral de cuatro capas con música de órgano hasta la capilla de las Ánimas, una vez allí comenzaba la misa dotada por Luisa Granados, con acompañamiento de diáconos, que finalizaba con la lectura de los Actos de Fe.

Fruto de la gran veneración que gozó el Señor de la Tabla, en pleno barroco le fueron añadidos la Cruz tallada y sobredorada que le sostiene, y la cartela del INRI en plata labrada, además del amplio óleo sobre lienzo que completa la escena del Calvario con las imágenes de la Virgen dolorosa y San Juan, en su parte terrenal, como así en la superior aparecen entre nubes una serie de ángeles plañideros portadores de los símbolos de la Pasión.

Su ubicación exacta en la capilla de las Ánimas nos la aclara el historiador Dámaso Delgado López, a finales del siglo XIX: “esta capilla se dividía en dos, una de paso para la otra, y la primera se denominaba del Señor de la Tabla, que era un Jesús Crucificado, de pintura portentosa que es el primer altar a la izquierda entrando”(13).

A principios del siglo XX el Cristo de la Tabla fue trasladado de la
capilla de las Ánimas a la de San Juan, como se aprecia
en esta imagen del año 1929. (Fototeca Universidad de Sevilla)
Como hemos reseñado anteriormente, esta capilla sufrió una gran transformación en 1917, año en que el primer tramo de la misma fue dedicado a baptisterio y espacio de apoteosis solanista. Según un inventario parroquial de 1914, el Cristo de la Tabla se hallaba en la capilla de San Juan Bautista, como así lo describe: “De sus paredes penden dos cuadros, uno de Santiago, con marco tallado, y otro que representa el Calvario con las imágenes de la Virgen y S. Juan pintadas, y entre estas dos imágenes, se coloca una Cruz de madera tallada con un Crucifijo de tabla pintada, por cuya razón recibe el nombre de El Señor de la Tabla”(14).

A mediados del siglo XX, el original Calvario fue colocado en la sacristía mayor del templo, donde ha permanecido hasta las últimas reformas realizadas en el año 2014. Desde entonces está ubicado en la capilla del Nacimiento (o del Chantre), muy cercano al lugar en que ocurrió el olvidado episodio que hoy hemos estudiado, donde aquel anónimo montillano se resistía en su terquedad a las persuasivas palabras del Apóstol de Andalucía, quien en la imposibilidad de mudar su actitud le encomendó que orase ante el Crucificado, cuyo resultado influyó en la opinión del orante que se mostró favorable a ofrecer el perdón a su enemigo.

Recuperamos así un nuevo testigo de la vida y obra de San Juan de Ávila en Montilla. Una vez más, los documentos abren un camino fiable que nos conduce a descubrir y relacionar la existencia de un capítulo inadvertido de la presencia avilista en nuestra ciudad y, cómo no, de los actores que lo protagonizaron como es el caso del Santo Cristo de la Tabla.

NOTAS

(1)  MARTÍNEZ GIL, José Luis: Proceso de beatificación del Maestro Juan de Ávila. B.A.C. Madrid, 2004.
(2) MUÑOZ, Luis: Vida y virtudes del Venerable varón el P. Maestro Juan de Ávila… f. 175. Madrid, 1635.
(3) NIETO CUMPLIDO, Manuel: El patrimonio artístico de Montilla en sus textos (1580-1638). En “Montilla: Historia, Arte y Literatura. Homenaje a Manuel Ruiz Luque”, págs. 187-231. Baena, 1988.
(4) Proceso en Montilla. Declaración del Lic. Cristóbal de Luque Ayala: “Maestro Ábila le decía […] y es que entre en aquella capilla de las ánimas, y delante del santo Cruzifixo que en ella está reze de rodillas…”, pág. 358.
(5) En este período trabajan en Montilla artistas de la talla de Baltasar del Águila, Pedro Fernández Guijalvo o Francisco de Castillejo, entre los que se puede esconder el nombre de su autor.
(6) JURADO Y AGUILAR, Antonio: Historia de Montilla, fol. 197v. (FBMRL). Ms-103.
(7)  LORENZO MUÑOZ, Francisco de Borja: Historia de la M.N.L. Ciudad de Montilla. Año 1779. (FBMRL). Ms-54, pág. 49.
(8) Archivo Histórico Municipal de Montilla (AHMM). Sig. LI19006-0011. Actas capitulares, pág. 642.
(9) AHMM. Sig. LI29030-0004. Actas capitulares, pág. 91.
(10)  Archivo de Protocolos Notariales de Montilla (APNM). Escribanía 1ª. Leg. 75, f. 1048. Muere el 11 de junio de 1655.
(11)   APNM. Escribanía 3ª. Leg. 491, f. 64.
(12)  Archivo Parroquial de Santiago de Montilla: Distribución por meses de lo que se debe hacer en esta iglesia y sacristía según sus obligaciones y cargas, en todo el año., fol. 35v.
(13)  DELGADO LÓPEZ, Dámaso: Historia de Montilla y breve resumen de la general de España. T. I., cap. XII [s.f.]. (FBMRL). Ms-303. 01.
(14)  Archivo General del Obispado de Córdoba. CAJA 652. S. XX. Parroquia de Santiago. Inventarios.


viernes, 16 de marzo de 2018

MATEO SÁNCHEZ SOLANO, HERMANO DE LA SANTA VERA CRUZ


Hace unos años, participamos en el XVI Curso sobre El Franciscanismo en Andalucía, dedicado a la figura de San Francisco Solano y celebrado en nuestra ciudad con motivo del IV centenario de su muerte. En tal ocasión nos aventuramos en la compleja tarea de tratar de conocer la familia y entorno del nuestro patrono, desde las fuentes primarias que nos ofrecen los archivos de la ciudad. Los archivos, guardianes de la memoria, nos ofrecieron noticias que habían pasado inadvertidas a lo largo de los siglos, tales como las devociones cofrades de la familia de San Francisco Solano, principalmente de su padre Mateo Sánchez Solano, de quien descubrimos su filiación a nuestra cofradía de la Santa Vera Cruz, como veremos en adelante.

Procedente de ascendencia de hijosdalgos, Mateo Sánchez Solano fue el segundo hijo del médico Francisco Sánchez Solano y Mencía Pérez Navarro. Tuvo por hermanos a Pedro, Gonzalo y Francisco, que utilizaron los apellidos del padre, y María López y Catalina Pérez, que adoptaron apellidos de origen materno, como era la usanza en la época.

"El milagro de Tenerías", de José Garnelo y Alda (1910).

En noviembre de 1538 Mateo Sánchez contrajo matrimonio con Ana Ximénez Hidalgo, hija del alcalde de hijosdalgo y caballero de premia Gonzalo Ximénez Hidalgo e Inés Gómez de Varea, vecinos de la calle Guillén de Fuentes. El día 17 de dicho mes, los desposados rubrican ante escribano público la dote y arras matrimoniales, que suman la cantidad de 45.000 maravedís. El nuevo matrimonio se instala en la conocida calle del Sotollón, en una casa principal compuesta por un cuerpo de palacio y portal de alta y baja planta con sus cámaras, un amplio patio con pozo, que daba entrada y servidumbre a la cocina, al corral, al lagar y a la bodega.

Ana, que contaba unos 19 años, pronto comenzó a dar retoños a la familia. Creemos que entre 1540 y 1545 da a luz a sus hijos, Diego Ximénez Solano e Inés Gómez de Varea, y cuatro años más tarde nace Francisco, que es bautizado por el presbítero Hernando Alonso el domingo 10 de marzo de 1549, en la parroquial de Santiago, siendo apadrinado por Marcos García Panadero y su segunda esposa Leonor López de Madrid, y Gonzalo Ximénez Maqueda junto con su mujer María Sánchez.

Los padrinos tenían parentesco en común, e incluso eran vecinos del nuevo barrio del Sotollón, que por esas fechas se creaba entre los solares aledaños al camino de Lucena. Gonzalo Ximénez –deudo de Ana– había comprado el 5 de mayo de 1539 a Juan Ruiz de Aguilar, la casa de su residencia, colindante a la de Mateo Sánchez. La relación de amistad se deja entrever en varios documentos de la época, cuando Maqueda dispone sus últimas voluntades, cosa que hace dos veces, a finales de 1552 y a mediados del año siguiente, y en ambas nombra entre los albaceas a su vecino Mateo Sánchez. Una relación parecida mantiene con Marcos García Panadero, ya que su hija Catalina Sánchez estaba desposada con el regidor Francisco Sánchez Solano, sobrino de Mateo.

Mateo Sánchez y Ana Ximénez poseen ya varias hazas y majuelos heredados en distintos puntos del término municipal. Con el paso de los años, los van permutando a la par que adquieren terrenos en una misma zona, que consiguen centralizar en el pago de Huelma.

Sabemos que el 13 de octubre de 1538 –días antes de sus esponsales– Mateo se desprende de seis fanegas de tierra de monte obtenidas de un repartimiento que había hecho el Cabildo municipal entre los vecinos. Ya casado con Ana Ximénez –días antes del alumbramiento de Francisco– el 4 de febrero de 1549, comparecen ambos en las escribanías de Juan Rodríguez, junto con el clérigo Francisco Fernández que les entrega en préstamo diez mil maravedíes al 10% anual, que cargan sobre los productos de una parte de la huerta de las Minas.

Imagen retrospectiva de la desaparecida huerta de las Minas
Cruzada ya la mitad de la centuria, durante el año 1552, Mateo Sánchez y Ana Ximénez venden a censo redimible siete fanegas y media de tierra que poseen en la cañada de Antón Sánchez, en el pago del Prado, en tres partes iguales a varios vecinos de Montilla y Espejo.

Asimismo, Mateo Sánchez tenía en propiedad tres hazas de sembradío junto a la ermita de San Sebastián, de las cuales tenemos constancia que enajena dos de ellas en 1555. Una vende a su cuñado Bartolomé Ximénez, que era de seis celemines de extensión, por el precio de nueve ducados. La segunda la traspasa a Alonso García el Rubio por 193 reales.

Por estos años Mateo Sánchez tiene arrendada la huerta de las Minas al hortelano Francisco Pérez de Baena. El 3 de marzo de 1555 registra en las escribanías públicas, su compromiso de pagarle a éste la parte correspondiente de los productos que Mateo “vendiere el presente año que de la fecha desta carta en mi casa y fuera della de lo que alcance a la renta de lo verde y demás”.

Con el paso del tiempo, la familia Sánchez Ximénez prospera social y económicamente, fruto del trabajo, el esfuerzo y las relaciones públicas de ambos cónyuges. Mateo Sánchez compatibiliza las labores agrícolas con el cargo de Alcalde Ordinario de la villa, para el que es elegido en dos ocasiones, en 1562 y 1571. Por su parte, Ana Ximénez es llamada por la III marquesa de Priego, Catalina Fernández de Córdoba, para que se ocupara de la educación de su primogénito, Pedro, que nace en Montilla el último día de 1563, y que a la postre será el IV marqués de Priego y I de Montalbán.

El desempeño de la función pública de Mateo Sánchez se advierte en varias escrituras notariales, donde aparece ejerciendo la autoridad municipal. El 14 de abril de 1563 preside un proceso judicial contra Juan Muñoz, Fernando Alemán (vecinos de Córdoba), Andrés Maldonado y Gonzalo Fernández, yerno de la Camacha, que fueron sorprendidos jugando a los naipes y a la raya por el Alguacil Mayor en el mesón de La Camacha el Domingo de Resurrección, incumpliendo así la ordenanza que prohibía los domingos y festivos el juego en lugares públicos, en los horarios de oficios religiosos. Los detenidos fueron llevados a la cárcel y condenados a pagar la multa económica establecida por dicha ordenanza. Ese mismo año Mateo vuelve a comparecer como alcalde ordinario en la declaración de los bienes del difunto Diego Gutiérrez de Celada, a petición de Juan de Vera, tutor de los hijos menores del fallecido.

Portada de la parroquia de San Francisco Solano,
edificada sobre el solar de la casa de
Mateo Sánchez Solano y Ana Ximénez Hidalgo
Ya en su segunda etapa de alcalde ordinario, el 9 de diciembre de 1571, Mateo Sánchez aparece tutelando una demanda interpuesta por Juan Pérez de Antequera, tutor de los hijos menores del difunto Francisco Sánchez Placeres. Como también lo encontramos autorizando la apertura del testamento cerrado que otorgó Francisco Fernández Gallego, el 3 de junio de 1572.

Son años prósperos para la familia, en los que hemos encontrado varios registros que nos revelan la propiedad de otra vivienda en Montilla, aparte del hogar conyugal. De ello nos dan cuenta dos contratos de alquiler otorgados en 1560 y 1564. Ambas escrituras reseñan la ubicación de esta finca urbana, aledaña a las casas del doctor Gabriel Báez, médico muy conocido en el vecindario, ya que incluso su nombre rotuló la calle de su morada durante largos años. Esta noticia nos ha posibilitado situar “las casas” propiedad de Mateo Sánchez en la calle del Peso de la Harina, adyacente a la actual plazuela de la Inmaculada.

Como hacendado y hortelano, en los últimos años de su vida Mateo Sánchez da en arrendamiento a sus hijos el usufructo de su patrimonio, descansando así de las inclementes faenas agrícolas. Hombre profundamente religioso, en sus últimos años de vida tiene la oportunidad de asistir a la primera misa cantada de su hijo fray Francisco Solano. Para ello viaja hasta el convento sevillano de Loreto, donde asiste a la función religiosa celebrada en la festividad de San Francisco de 1576. Este mismo año es nombrado oficial de la cofradía del Santísimo Sacramento, siendo elegido veedor de ella en el cabildo celebrado el 21 de diciembre.

Mateo Sánchez redacta sus últimas voluntades el 2 de mayo de 1579, falleciendo meses más tarde, el día 24 de diciembre, en la víspera de la navidad. El testamento cerrado se abre unas horas después de su muerte, como era costumbre, a solicitud de su primogénito y albacea Diego Ximénez Solano, ya que, entre otras necesidades figuraba en el mismo la celebración de su sepelio, las mandas espirituales de cuerpo presente y el lugar donde recibir sepultura. La apertura del testamento fue verificada por Juan Gómez de Córdoba, alcalde ordinario, y atestiguada por Martín Álvarez, Cristóbal Nieto, Antón Ximénez Hidalgo, Francisco Sánchez Solano y Antonio de Palacios, todos presentes ante el escribano Andrés Capote.

Rúbrica de Mateo Sánchez Solano
 Mateo Sánchez elige ser enterrado “en la iglesia mayor del señor Santiago… en la sepultura donde está mi padre que es junto al púlpito” y su funeral “se haga solemne y […] se me digan por mi ánima una misa de réquiem cantada y su vigilia solemne”. Asimismo, ordena que sus mandas espirituales y obras pías se asignen entre el clero de la parroquial de Santiago y los frailes de San Agustín.

Distribuye sus bienes a tres partes iguales entre su esposa, a la que restituye la cuantía de la dote matrimonial, y sus hijos Diego e Inés, sus legítimos herederos. Da la libertad a sus dos esclavas después de los días de vida de su mujer e hija. Ordena a su hijo Diego que se haga cargo del pago de varias cargas censatarias que tenía contraídas con la renta del producto de la huerta de las Minas. Instituye en la parroquial de Santiago una memoria anual perpetua de misas, aplicadas por su ánima y la de su mujer, para cuyo mantenimiento entrega a su hija Inés “una hazuela de alcacel que yo tengo en término desta villa junto a la Cruz de Aguilar linde con olivar de los herederos de Gonzalo Ramos e con la haza de la iglesia”.

Cuatro días después del funeral de Mateo, el alcalde ordinario Pedro Rodríguez del Jurado ordena hacer un inventario de los bienes del difunto, en presencia de su viuda e hijos legatarios. En los primeros días del año siguiente, los albaceas hacen almoneda de varias prendas y útiles de labranza, para sufragar los gastos del sepelio y mandas testamentarias. Durante el segundo mes de 1580 se valoran y reparten los bienes raíces que dejó Mateo, que incluían: la casa de la calle Sotollón, dividida en dos partes que disfrutarán Ana y su hija Inés, la huerta de las Minas con su arboleda de granados, que será dividida en dos partes, una para compensar la dote de Ana Ximénez y la otra para los dos hijos que disfrutarán del caserío. Aparte, otro dos pedazos de tierra calma, viña y olivar aledaños a la huerta tocarán a Diego junto con un olivar de quince celemines “a la parte de la fuente la higuera linde con el arroyo e con la dehesa nueva” en el camino de Córdoba. Del mismo modo, Inés heredará una aranzada y cuarta de viña en la sierra, más la hazuela de la cruz y puerta de Aguilar.

Los dos hermanos se repartieron los aperos de la labranza y demás minucias de la huerta, y cedieron a su madre el usufructo de los bienes muebles y domésticos existentes en la vivienda familiar. Ambos asumieron el pago de las pequeñas deudas que su padre deja cuando le sorprende la muerte y de las diligencias testamentarias, entre las que se encontraban “veinte reales del mensajero que fue al monasterio de Nuestra Señora de Loreto a avisar de la muerte del dicho Mateo Sánchez a Fray Francisco su hijo”, más otros “cincuenta reales que se dieron al alvino escribiente por ciertos papeles que buscó en casa del difunto”, lo que presupone que ninguno de los hijos conocía la lectura y escritura, a lo que se sumaba la ceguera de la madre.

Portada de la partición de bienes de
Mateo Sánchez Solano, conservada en el
Archivo Parroquial de Santiago de Montilla.
Entre la relación de las pequeñas deudas de Mateo aparecen reseñadas las limosnas (hoy cuotas) que el difunto debía de abonar a las cofradías de las que era hermano, cuyo pago en aquel tiempo se efectuaba a final de año. Así, aparecen consignados “Trescientos diez y seis maravedís a la cofradía de las Ánimas de donde era hermano. / Doscientos y ochenta maravedís que se deben a la cofradía de la Santa Vera Cruz de donde era hermano. / Cuatro reales que se deben a la cofradía de Gracia de donde era hermano. […] Seis reales otros que se deben a la dicha cofradía de las Ánimas de donde el dicho difunto era hermano.”

Lo cual evidencia la devoción que Mateo Sánchez Solano tenía hacia las Benditas Ánimas del Purgatorio, cuya cofradía se había fundado en la parroquial de Santiago en 1528; a la imagen de Ntra. Sra. de Gracia que se veneraba en la iglesia de San Agustín y su cofradía había organizado sus reglas en 1561, y la filiación hacia la Santa Vera Cruz, establecida en su propia ermita desde sus orígenes, en la que además realizaba estación de penitencia la noche del Jueves Santo, revestido con su propia “túnica con su capirote y cordón”, como aparece en el inventario de bienes realizado a la apertura del testamento.

Tras el inventario, se realizó un aprecio de los mismos, donde nuevamente se halla valorada “en Juan Rodríguez Torrijos una túnica con su capirote e cordón en doce reales”, y “rematose en Hernán de Carmona casero de la Vera Cruz una capa negra traída en ocho reales”. Finalmente, las respectivas prendas fueron adquiridas y adjudicadas a su primogénito, Diego Ximénez Solano, quien también asumió el pago pendiente a la cofradía, por lo que es lógico suponer que relevó a su padre en las filas de la Vera Cruz, continuando así la veneración al Santo Cristo de Indias que había llegado a Montilla en 1576, acontecimiento que la familia Sánchez Ximénez a buen seguro presenció en primera persona.

Tampoco hemos de olvidar, que fray Francisco Solano residió en el convento franciscano de Montilla desde el óbito de padre hasta 1583, año en que se traslada a San Francisco del Monte. Después, en 1588 vuelve a su tierra natal para despedirse de su madre, familia y conocidos, ya que unos meses después embarcará para el Nuevo Mundo. ¿Cuántas veces Francisco Solano, acompañado de su padre y hermano, besó los pies clavados del Crucificado de Zacatecas?, ¿influiría sobre su fe y espíritu el Señor de la Vera Cruz para determinar su definitiva partida rumbo a las Indias Occidentales?
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NOTA: La bibliografía utilizada y las noticias históricas reseñadas en este artículo han sido extraídas de la comunicación: Una visión de la familia de San Francisco Solano a través de los archivos montillanos, presentada el pasado año de 2010 en el XVI Curso de Franciscanismo celebrado en Montilla, cuyas Actas fueron publicadas por la Asociación Hispánica de Estudios Franciscanos.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Dª CATALINA FERNÁNDEZ DE CÓRDOBA Y ENRÍQUEZ (1495-1569). Breve silueta biográfica.

Los días 10 y 11 del pasado mes de noviembre, en Alcalá La Real tuvo lugar el Encuentro de Investigadores “Los Fernández de Córdoba. Nobleza, hegemonía y fama”, organizado por el Ayuntamiento de aquella histórica ciudad, en homenaje al catedrático D. Manuel Peláez del Rosal.

Cuando, tiempo atrás, fui invitado a participar en este congreso, consideré oportuno aprovechar la ocasión para presentar la figura femenina de doña Catalina Fernández de Córdoba y Enríquez de Luna (1495-1569), primogénita del primer marqués de Priego, don Pedro Fernández de Córdoba, Señor de la Casa de Córdoba y Aguilar, Alcalde Mayor de Córdoba, de Alcalá la Real y Antequera, a quien los Reyes Católicos concedieron el marquesado en 1501 tras la batalla de Sierra Bermeja, donde murió su padre, don Alonso de Aguilar, y él cayó gravemente herido.

Este año se ha cumplido el V centenario de la muerte de don Pedro y, en consecuencia, del ascenso al gobierno del marquesado de su hija Catalina. Como indican los genealogistas de la época, este hecho tuvo un significado trascendental ya que después de nueve generaciones y más de tres siglos la línea troncal de los Fernández de Córdoba perdía la varonía del linaje, y su jefatura recaerá en una joven que, contra todo pronóstico, se convirtió en gobernadora efectiva de su estado señorial durante medio siglo, llegando a ser considerada la mujer más influyente de la nobleza andaluza de su tiempo.

Firma de Dña. Catalina Fernández de Córdoba
El hecho de ser mujer, permitió a doña Catalina permanecer en sus feudos, ya que en esa época los servicios a la Corona eran prestados generalmente por los varones nobles en la Corte o en los campos de batalla.

A lo largo de ese medio siglo doña Catalina transformó e incrementó sus dominios, a los que dotó de conventos, hospitales, iglesias, colegios, e infraestructuras públicas con el objetivo de mejorar las condiciones de vida de los vecinos de Aguilar, Montilla, Puente de Don Gonzalo, Cañete de las Torres, Santa Cruz, Priego, Carcabuey, Montalbán y Monturque, además de adquirir a la Corona Villafranca y Castro del Río.

De todas estas poblaciones, la que experimenta un mayor crecimiento urbano será Montilla. La pequeña villa medieval que heredó en 1517 –con su fortaleza y muralla arruinadas– fue la elegida por la segunda marquesa para establecer su definitiva residencia y capital de su estado, lo cual le permitirá convertirse en una urbe moderna y de espíritu humanístico. Esta elección no fue casual, ya que los señores de Aguilar habían situado su residencia habitual en el castillo montillano a principios del siglo XV. A ello se sumó la voluntad de su padre, el primer marqués, de erigir el panteón del linaje y mayorazgo en el convento franciscano que se estaba construyendo a la hora de su muerte.

Durante los años centrales del siglo XVI Montilla incrementó su población en ocho mil habitantes, pasando a ser el núcleo más poblado de la diócesis cordobesa después de la capital y Lucena. La villa fue dotada de una plaza mayor, edificios públicos para su Regimiento, Justicia y Abastecimiento. A la par, la marquesa procuró equipar a la administración de su Estado de varios edificios que se levantaron en las inmediaciones de su monumental palacio, en torno a una plaza rectangular de líneas renacentistas.

Bajo su patrocinio también se instalaron las órdenes religiosas de San Francisco (1512), San Agustín (1520) y Santa Clara (1525); se construyeron los hospitales de la Caridad y la Encarnación, que a la postre serán el germen de la llegada de la Orden de San Juan de Dios.

Aunque quizá el episodio por el que su figura es más recordada por la Historia es por su decidida protección para introducir en Andalucía a la joven Compañía de Jesús, que gracias a sus gestiones fundará su primer colegio en la ciudad de Córdoba en 1552 y tres años después en Montilla.

El palacio de Montilla fue la residencia más utilizada por Dña. Catalina Fernández de Córdoba, lugar en el que murió el 14 de julio de 1569.

A mediados del siglo XVI la capital del marquesado y su población crecían a la vez que su perímetro urbano. Los centros religiosos citados acogieron a grandes personalidades en letras y en santidad que elevaron la cultura montillana a las altas esferas del Siglo de Oro hispánico: san Juan de Ávila, san Alonso Orozco, san Francisco de Borja, santo Tomás de Villanueva, fray Luis de Granada o fray Domingo de Baltanás fueron, entre otros tantos, habituales residentes en la villa.

En el aspecto familiar, doña Catalina casó con el III Conde de Feria, Lorenzo Suárez de Figueroa, de quien concibió cinco varones y una niña. Esta prolija descendencia le permitió afianzar su mayorazgo y concertar un doble matrimonio con la Casa de Arcos para unir ambos linajes. En 1542, Pedro, el primogénito, casará Ana Ponce de León, y su hermana María de Toledo lo hará con Luis Cristóbal Ponce de León, Duque de Arcos.

Los restos de Catalina Fernández de Córdoba y varios de sus
familiares descansan en la Basílica de San Juan de Ávila
Este tipo de alianzas entre la nobleza andaluza reforzará el papel de los Fernández de Córdoba en la corte imperial de Carlos V y su hijo Felipe II. Muestra de ello son los cargos de confianza que ocuparon sus hijos junto a estos monarcas, a los cuales acompañaron en sus viajes y campañas militares por el Sacro Imperio Germánico, por los Países Bajos o en la Jornada de Argel. Como premio a los servicios prestados los hijos de la marquesa ganaron prestigio militar, nuevos títulos y prebendas reales. Su primogénito, Pedro de Córdoba y Figueroa, recibirá del emperador el Collar de la Orden del Toisón de Oro (1545), siendo el primer Fernández de Córdoba de la dinastía que lo ostentará. El segundo hijo, Gómez Suárez de Figueroa, obtendrá del rey prudente el marquesado de Villalba, la dignidad ducal de Feria y la Grandeza de España (1567). Alonso ganará el marquesado de Villafranca (1574); Antonio, será rector de la Universidad de Salamanca (1549), primer rector del colegio jesuita de Córdoba, y el rey solicitará para él un capelo cardenalicio. Y por último Fray Lorenzo será prior del convento de San Pablo de Córdoba, Maestro de Sagrada Teología y en 1579 será nombrado Obispo de Sigüenza.


En resumen, esta sencilla aportación pretende rescatar del olvido la figura de una mujer que, como ya anuncié, contra todo pronóstico, tomó las riendas de un señorío medieval y lo transformó siguiendo las directrices renacentistas y humanísticas que llegaban de Europa. La gran beneficiada fue la entonces villa de Montilla que, en palabras de un cronista de la época “desde entonces comenzó a aumentarse esta villa y a tomar el lustre y grandeza que ahora tiene”.

viernes, 14 de julio de 2017

SAN FRANCISCO SOLANO Y EL MARQUESADO DE PRIEGO

A lo largo de este año Montilla está volcada en recuperar la figura de doña Catalina Fernández de Córdoba y Enríquez de Luna, II marquesa de Priego, dado que se cumple el V centenario de la muerte de su padre, don Pedro, el primer marqués y, en consecuencia, el ascenso al gobierno de la nobiliaria Casa de Aguilar y Córdoba de esta gran mujer que asentó los cimientos de la actual ciudad que hoy disfrutamos.

Conocidos son los esfuerzos de doña Catalina por convertir la pequeña villa medieval que heredó en 1517 –con su fortaleza y muralla arruinadas– en una urbe moderna y de espíritu humanístico. Numerosos conventos, hospitales, iglesias y colegios fueron patrocinados por ella, centros que acogieron a grandes personalidades de letras y santidad que elevaron la cultura montillana a las altas esferas del Siglo de Oro hispánico. La pequeña villa se configuraba en capital del marquesado y su población crecía a la par de su perímetro urbano.

La vida y gloria de San Francisco Solano transitará inmersa en ese tiempo y espíritu. No en vano, aparece salpicada de numerosas referencias al marquesado de Priego que, por otra parte, suelen pasar inadvertidas en las biografías del Apóstol de América.

La familia de Solano estuvo muy ligada a palacio. Su padre, Mateo Sánchez Solano, fue en dos ocasiones Alcalde Ordinario, cargo otorgado por la marquesa. De igual modo, su madre, Ana Ximénez Hidalgo, estuvo entregada durante largos años a la educación de los hijos de la III marquesa, también llamada Catalina, nieta de la anterior, que había casado con su tío paterno, Alonso Fernández de Córdoba y Figueroa, I marqués de Villafranca.

A sus veinte años, Francisco Solano ingresa en el noviciado del convento de San Lorenzo en abril de 1569 año en que muere la II marquesa de Priego, casualmente, el día 14 de julio. El joven fray Solano participó en su multitudinario funeral, al igual que toda la comunidad franciscana de Montilla, aún sin imaginar que esa misma fecha será la elegida por la providencia para su justa hora suprema.

Detalle de un plano de la Ciudad de Lima realizado hacia el año 1700, en cuyo ángulo inferior derecho reproduce la imagen de San Francisco Solano, sobre el escudo de la ciudad que le votó por patrono en 1629. (BNE)

La fama ascética y taumatúrgica del seráfico Francisco Solano le granjeará la estima de los nobles montillanos. Tal fue el caso que la III marquesa de Priego, Catalina “la joven”, que en su temprana partida (1574) fue amortajada con un sayal del propio fray Solano.

Y así, son inagotables los testimonios que a lo largo de los siglos ha dado la noble Casa de Priego y Feria en pro del santo astro de la Hispanidad. Fomento de su proceso de canonización, construcción de templos e iconos en su honor, impresión de hagiografías, dotación de cultos, etc. Sin olvidar aquel histórico momento en el cual Luis Ignacio Fernández de Córdoba, VI marqués, acompañado de toda su familia y séquito le votaba por patrono de Montilla y de todo su Estado feudal en 1647, sólo treinta y siete años después de morir en Lima (Perú) en olor de santidad.

viernes, 7 de julio de 2017

EL FRANCISCANO MIGUEL DE AGUILAR (1655-1729), BREVE SEMBLANZA DE UN ESCRITOR MONTILLANO.

El pasado año fueron publicadas las Actas del curso y congreso de Franciscanismo celebrados en 2014 y 2015, bajo la dirección y edición del Dr. Manuel Peláez del Rosal, presidente de la Asociación Hispánica de Estudios Franciscanos.

En el primero de ellos, presentamos una comunicación con el propósito de aproximarnos a la vida y obra de un paisano desconocido, el seráfico fray Miguel de Aguilar –teólogo, profesor, biblista y prestigioso predicador– de quien traemos hasta estas páginas una breve semblanza con el fin de divulgar su existencia y obra localizada.

A modo de avance biográfico, podemos adelantar una serie de datos y fechas de nuestro personaje y su familia. Miguel nace en Montilla en 1655, siendo el primogénito de Alonso Pérez de Aguilar y Antonia de Robles, quienes celebraron su bautizo en la Parroquia de Santiago el miércoles 13 de octubre de aquel año(1), para el que fue su padrino Don Ramiro de Barnuevo, caballero del hábito de Santiago(2). El joven matrimonio había verificado sus esponsales el 25 de noviembre de 1654 en el mismo templo(3).

La familia Pérez de Aguilar y Robles creció con tres hijos más: Alonso, Luis y María. Vecinos en la calle Horno Nuevo (en la actualidad c/ Médico Cabello), desde la cuna la prole gozó de un ambiente religioso muy cercano, pues el padre tenía dos hermanos clérigos, y uno de ellos, Fray Lorenzo, ocupó el priorato del convento de San Agustín de Montilla. 

Poco sabemos de la infancia y juventud de Miguel, que no hubo de ser muy dispar a la de la mayoría de sus contemporáneos. Probablemente recibiera su educación primaria en el Colegio de los Jesuitas, para después pasar al Colegio de Córdoba. De vuelta en Montilla, percibiría la llamada de Francisco de Asís, cuyo sayal tomará en el noviciado del convento observante de su tierra natal.

Es muy posible que influyeran en tal decisión dos acontecimientos cardinales en la vida del joven Miguel. El primero, familiar, cuando en febrero de 1673 muere repentinamente Dª Antonia de Robles. El segundo toca al ámbito espiritual, ya que el 25 de enero de 1675 el pontífice Clemente X beatifica al venerable Fray Francisco Solano, momento muy esperado y festejado en Montilla.

Ese mismo año Miguel cumple los veinte años, edad en que ya se podía ingresar en el noviciado. Los montillanos celebran por todo lo alto el ascenso a los altares de su paisano misionero, a quien los Marqueses de Priego ya habían votado protector de la ciudad y de todo el señorío el 14 de marzo de 1647, voto que es ratificado once días después por el cabildo municipal(4). Las autoridades locales volvieron a invocar la protección de Solano en el cabildo de 13 de enero de 1681, una vez beatificado y por indicación de los Marqueses de Priego, además de dotarle una fiesta anual en su honor(5). 

Es más que probable que en este período Fray Miguel de Aguilar se encontrase en el convento montillano ya profeso, completando su formación teológica, para luego culminar sus estudios mayores hasta alcanzar el ministerio sacerdotal años después en Sevilla o Granada.

En febrero de 1682 su padre, ahora llamado Alonso Pérez Navarro, decide ordenar sus últimas voluntades bajo testamento. Después de entregar su alma a Dios, su cuerpo a la sepultura familiar de la iglesia conventual de San Agustín y enviar las limosnas oportunas a sus devociones y obras pías, recoge una serie de cláusulas donde especifica cómo destinar y repartir su herencia. 

  
Portada del Enchiridion Predicable, una obra
de apoyo al teólogo para el estudio de la Biblia.
 Fue la primera obra escrita por Fr. Miguel
de Aguilar, publicada en 1706.
A través de la escritura notarial es posible seguir la pista a los hijos del viudo Alonso, quien estipula y declara que “tengo por mis hijos legítimos a fray Miguel de Aguilar del orden de mi padre san Francisco de Asís, y a fray Luis de Aguilar del Orden del Sr. San Agustín los quales son religiosos profesos y al tiempo de sus profesiones renunciaron en mí sus legítimas paterna y materna por lo qual no son ya interesados a mis bienes y hacienda”(6). El testador no indica el lugar de residencia de sus hijos, lo que manifiesta que eran moradores en los conventos de su ciudad natal(7).

Por tanto, los herederos de sus bienes serán sus hijos “D. Alonso de Aguilar, que está sirviendo a Su Majestad en el ducado de Milán” y su hermana Doña María de Aguilar, a la que encomienda la parte de su hermano ausente hasta “que el susodicho vuelva a estos reinos la dicha su hermana tenga en su propiedad los bienes que le tocaren de la dicha mi hacienda”(8).

Poco más sabemos de Fr. Miguel de Aguilar hasta 1704. El 25 de octubre de aquel año tiene lugar en Córdoba el capítulo de la Orden, donde Fr. Miguel ya es Lector Jubilado y resulta elegido Definidor de la provincia franciscana de Granada(9). Como tal, adquiere gran fama de teólogo y predicador apostólico, lo que le hace viajar por el extenso territorio andaluz.

Por la publicación de sus escritos y sermones, sabemos que en 1706 se halla en Alcalá la Real, al año siguiente en Alcaudete y dos años después está de nuevo en Córdoba.

Nuevamente lo hallamos en la ciudad de Acisclo y Victoria, donde asiste al capítulo provincial de 1711, del cual saldrá elegido para ocupar el cargo de Provincial, cuyo mandato no estuvo exento de discordia y dificultades(10). Durante los tres años que está al frente del privincialato Fr. Miguel de Aguilar impulsa la reforma de los conventos de Baena “cuya mayor parte fabricó de nuevo” y de Priego.

Tras un paréntesis de tres años que Fr. Miguel pasa a predicar en la provincia la Provincia franciscana de los Ángeles (que ocupaba la vega del Guadalquivir y parte norte de los territorios de Córdoba, Sevilla, así como se adentraba en Extremadura y algunas poblaciones de Castilla), en el trienio posterior nuevamente resulta elegido Custodio de la Provincia de Granada, cuyo capítulo fue celebrado el día 23 de octubre de 1717 en el convento de San Esteban de Priego(11).

  
Portada de Luz Seraphica, libro de obligada
 lectura para los miembros del Venerable
 Orden Tercera. Vio la luz en 1709.
Desde su vuelta, Fr. Miguel de Aguilar situó su residencia definitiva en el convento de San Esteban de Priego, donde pasará el resto de sus días hasta que fallece sobre el mes de junio de 1729, cuando la Orden Franciscana celebraba su Capítulo General en la ciudad de Milán.

Antes de morir, el ya septuagenario franciscano tuvo el gozo de conocer y festejar la canonización de su paisano y referente espiritual, San Francisco Solano, de quien el cronista de la Orden, Laín y Rojas, dice tras reseñar el óbito de Fr. Miguel: “Por estos tiempos se celebraban con particulares regocijos en la Provincia de Granada las canonizaciones de varios santos de la orden, especialmente de su ilustre hijo San Francisco Solano, natural de Montilla, profeso de aquel mismo convento, maestro de novicios y guardián de San Francisco del Monte, apóstol del Perú canonizado por el señor Benedicto XIII”(12).

APORTACIÓN BIBLIOGRÁFICA

La obra literaria de Fr. Miguel de Aguilar –localizada hasta la fecha– es meramente de materia religiosa. Hemos hallado cuatro obras, todas impresas en la primera década del siglo XVIII. Su notoriedad como eminente teólogo le llevó a escribir un manual complementario para el estudio de la Sagrada Escritura y un compendio de la historia, reglas, observaciones e indulgencias para el ejercicio de los miembros del Venerable Orden Tercero. Además, dada su fama de gran predicador, sus fervorosos seguidores patrocinaron la edición de dos sermones, lo que nos hace prever que fueran más las obras de este tipo llevadas a la imprenta.

En 1706 ve la luz la primera de ellas, bajo el título de Enchiridion Predicable, un manual destinado a los teólogos, que complementa y ayuda al mejor conocimiento y estudio de la Biblia. El libro, del que sólo conocemos una edición, fue estampado en la Imprenta de su Ilustrísima, de Alcalá la Real, por Francisco de Ochoa en 1706, a expensas Gonzalo Antonio de Padilla Pacheco Guardiola y Solís, Caballero de la Orden de Calatrava. Comprende un total de 224 páginas en octavo(13).

En 1707 Fr. Miguel de Aguilar predica en el convento de Santa Clara de Alcaudete, de cuyas lecciones hemos localizado dos sermones impresos. El primero de ellos tiene lugar el día 25 de marzo, viernes de cuaresma, como indica el título del opúsculo de 32 páginas que carece de pie de imprenta, aunque la Aprobación Eclesiástica fue dada en Alcalá la Real(14). Su contenido versa sobre la actualidad del momento histórico, donde el franciscano proclama una abierta defensa a favor de la causa de Felipe V, cuyo reinado comenzó con la Guerra de Sucesión (1701-1715). 

Unos meses después vuelve a subir al púlpito del convento de las clarisas con ocasión de declamar la acción de gracias que la villa de Alcaudete ofreció a San Francisco de Asís por el natalicio del príncipe Luis I de España, primogénito de Felipe V, manifestando una vez más su adhesión a la causa borbónica en plena guerra. El panegírico, de 24 páginas, fue estampado en Córdoba en la imprenta episcopal por los tipógrafos Diego de Valverde y Leyva, y Acisclo Cortés de Rivera(15).

 
Sermón predicado por  Fr. Miguel de Aguilar
en la villa de Alcaudete, que fue impreso en 1707.
Por último, en 1709 aparece la obra más conocida de Fr. Miguel de Aguilar(16), cuyo título resume su contenido: Luz seraphica: breve compendio del venerable Orden Tercero de Penitencia de N. Seraphico P. S. Francisco y de sus principales indulgencias, siendo auspiciada por el licenciado Gregorio de Leyva y Martos, sacerdote de Alcaudete miembro de la Orden Tercera. Y, aunque carece de pie de imprenta, su publicación está aprobada por el Ordinario de Córdoba, lo que induce a algunos bibliógrafos a señalar como su lugar de impresión(17).

A MODO DE CONCLUSIÓN

A través de esta breve aportación, que se puede consultar en su versión completa en las Actas del Congreso El Franciscanismo: Identidad y Poder(18), podemos percibir un capítulo más del esplendor cultural montillano emergido durante los siglos barrocos. Pues, como es sabido, desde el siglo XVI existió en nuestra ciudad un sustrato intelectual que dedicó parte de su vida a plasmar sobre el papel los amplios conocimientos de la materia que dominaron, entre los cabe citar a San Juan de Ávila, San Alonso de Orozco, el Inca Garcilaso de la Vega, o los jesuitas Martín de Roa y Alonso Rodríguez. 

A este elenco de famosos escritores que proyectaron el nombre de Montilla gracias a su relevancia y prestigio social hay que sumar otros tantos que subyacen bajo el título de sus obras literarias, olvidadas en los fondos antiguos de las bibliotecas y superadas por la evolución del pensamiento, pero no debemos olvidar que fueron muy empleadas en su época. Tal fue el caso del protagonista de este estudio, un fraile mendicante, seguidor de las huellas de Francisco de Asís, teólogo, profesor, biblista y predicador de prestigio que ocupó los máximos grados del solar franciscano andaluz y elevó su oratoria en incontables púlpitos de nuestra región, como demuestra el interés por editar sus panegíricos.

Del mismo modo, sus obras fueron muy utilizadas en aulas de seminarios y universidades  como fuera el caso del Enchiridion predicable, un manual de apoyo al estudio de la Biblia –el libro más publicado de la historia– que en el Siglo de Oro era exclusivo de grandes teólogos. Tampoco hemos de olvidar su Luz Seraphica, un volumen de lectura obligada para los miembros de la Orden Tercera, una de las entidades religiosas de carácter laico más propagadas del orbe católico, ya que fue instaurada en la práctica totalidad de los conventos franciscanos masculinos y femeninos e incluso integrada dentro otros grupos como hermandades y cofradías. Esta obra sirvió posteriormente de base a otros autores que la ampliaron e incluso la llegaron a publicar con el mismo título dado por el fraile montillano.

De su vasta erudición han llegado hasta nosotros las cuatro obras impresas que hemos tratado, lo que nos hace pensar en la probable existencia de impresiones de más obras morales de características similares a los sermones hallados. Por ello, no debemos de dejar de profundizar en la vida y obra de hombres como Miguel de Aguilar si queremos en el futuro conocer algo más y mejor nuestro pasado y sus protagonistas.

FUENTES:
(1) Por la fecha de su bautismo intuimos que el día de su nacimiento pudo ser el 29 de septiembre, festividad de San Miguel arcángel.
(2) Archivo Parroquial de Santiago de Montilla (APSM). Libro 23 de bautismos, f. 333.
(3) APSM. Libro 6 de desposorios (pequeño), f. 16. Ítem: Libro 8 de velaciones y desposorios, f. 85.
(4)Archivo Histórico Municipal de Montilla (AHMM). Actas Capitulares, Libro 14, f. 67 v.
(5)DE CASTRO PEÑA, I.: La Orden Franciscana y San Francisco Solano en la documentación del Archivo Municipal de Montilla, págs. 55-71. En: “XVI Curso de Verano El Franciscanismo en Andalucía. San Francisco Solano en la Historia, Arte y Literatura de España y América”. Córdoba, 2011.
(6) Archivo de Protocolos Notariales de Montilla. Escribanía 3ª. Leg. 464, f. 91. Véase ítem: APSM. Libro nº 23 de testamentarías, f. 318.
(7) Esta deducción podemos confirmarla en su hijo Fr. Luis, morador del convento de San Agustín de Montilla, donde predica uno de los días del solemne Octavario celebrado con motivo de la colocación de la imagen de Jesús Nazareno en su nueva capilla de la iglesia agustina, en enero de 1689.  Biblioteca Nacional de España (BNE). Sig. R/34986/1.
(8) Ibíd.
(9) LAÍN Y ROJAS, S.: Historia de la Provincia de Granada de los frailes menores de N.P.S. Francisco, pág. 460. Martos, 2011.
(10) Ibídem, pág. 462.
(11) Ibíd., p. 476.
(12) Ibíd., p. 486.
(13) Los ejemplares que hemos manejado se hallan en la Biblioteca Diocesana de Córdoba, con las signaturas: R18/10732 y R18/12695.
(14) Sermon (dia veinte y cinco de marzo) tres de los seis, que en las seis tardes de los Vierness [sic] de la Quaresma de este presente Año de 1707 /predico (tomando por temas las cartas, que el Evangelista S. Juan escribiò à los Obispos de el Asia) en el Convento de Santa Clara de la Villa de Alcaudete... P.F. Miguel de Aguilar... sacale a luz Don Miguel Gonzalez de Lara.  [s.n., s.a.]. 32 p. ; 4º. Biblioteca Provincial de Cádiz. Sig: Folletos CXXVII-32.
(15) Sermon de accion de gracias a N.S.P.S. Francisco por el natal del serenissimo principe de las Asturias Luis Primero de España en la especial fiesta que a esse fin hicieron sus tres órdenes de la villa de Alcaudete en el Convento de la Gloriosa V.S. Clara de dicha villa / lo saca a luz ... Diego Sanchez Esteban de Leon ... ; predicolo el R.P. fr. Miguel de Aguilar ... de N.S.P.S. Francisco. Impresso en Cordova : en la Imprenta de Dign. Episc., por Diego de Valverde y Leyva y Acisclo Cortés de Ribera, [s.a.]. [6], 18 p. 4º. Biblioteca del Convento de los Padres Capuchinos de Antequera (Málaga), Sig. 4101 (2).
(16) Este volumen es el único de los escritos por Fr. Miguel de Aguilar que aparece en la bibliografía del siglo XX: VALDENEBRO, n. 310. / RAMÍREZ DE ARELLANO, nº 8 – II [Copia la referencia de Valdenebro, aunque toma equivocadamente la fecha]. / PALAU, n. 3624.
(17) Para este trabajo hemos consultado dos ejemplares que existen en la Biblioteca Provincial de Córdoba (Fondo Antiguo, Sig. 13-34 y 14-24), procedentes del convento franciscano de San Lorenzo de Montilla, así como un ejemplar en la Biblioteca Diocesana de Córdoba (Sig. R-18/11572), procedente del Colegio de la Compañía de Jesús de Montilla.
(18) JIMÉNEZ BARRANCO, A.L.: “El franciscano Miguel de Aguilar (1655-1729), semblanza biográfica de un predicador y escritor montillano”. En: El Franciscanismo: Identidad y Poder. Córdoba, 2016; págs. 559-567.