lunes, 13 de marzo de 2017

MARÍA DE LA ENCARNACIÓN, LA «LLENA DE GRACIA»*

La última década del siglo XX resultó ser para la religiosidad popular montillana una verdadera revolución. Nuevas hermandades introdujeron en nuestra ciudad un soplo de aire fresco en el vetusto mundo cofrade local, cuyo espejo fue la sin par ciudad de Sevilla. Para muchos todo era novedoso, porque todo partía de la imaginación de una prole de cofrades deseosos de estrenar una mayoría de edad que les permitiera dar un nuevo significado a la añeja Semana Santa de su tierra natal.

María Stma. de la Encarnación, obra de Antonio Bernal, 1994.

Aquel insólito fervor hizo recalar en Montilla iniciativas que colmaron el ambiente cuaresmal de cultos y actividades que no tenían precedente. Las cofradías, poco a poco, se iban haciendo de un ajuar sacro cuyo punto de partida era la hechura de las que iban a ser en adelante sus imágenes titulares. Y esta hermandad no pudo elegir mejor, apostando por un joven Antonio Bernal que ya despuntaba en Córdoba.

Otro de los grandes aciertos que la bisoña corporación tuvo fue la de escuchar los sabios consejos de sus consiliarios, los sacerdotes Juan Valdés Sancho y Cristóbal Gómez Garrido, cuya pasión cofrade no podían ocultar.

Comenzaba la hermandad su andadura en 1993, aunque será en los años siguientes cuando apuntalen su existencia vital una vez fuese realidad tangible la veneración a sus «amantísimos» titulares, que vendrían a representar el trance evangélico en que Cristo muerto es desclavado y descendido de la Cruz, ante la rota presencia de su madre la Virgen María.

Quien escribe estas líneas, sin saberlo, se iba a convertir en testigo privilegiado de uno de aquellos episodios iniciales que se hallarán impresos en la memoria de los hermanos fundadores. Corrían los días otoñales de 1994 cuando una tarde me acerqué hasta el hogar de Cristóbal Gómez para empaparme de su infinita sabiduría. Aquella casa era muchas cosas además de vivienda familiar: confesionario, consultorio histórico, lugar de encuentro, sede de tertulias cofrades, etc… pero sobre todo era un hospital sacro, con su taller-enfermería, donde aquel virtuoso sacerdote sacaba el artista innato que escondía para restaurar a cuantas obras religiosas arribaban a sus aposentos.

Y como tal, aquel edificio no podía estar mejor situado en el callejero montillano, pues –como es sabido– configura la esquina de dos calles que la ciudad dedicó siglos atrás a santos enfermeros, San Luis de Tolosa y San Juan de Dios. Nada escapa a la providencia divina, porque aquel refugio de iconos religiosos heridos por el paso del tiempo que esperaban pacientes ser sanados por las manos de Cristóbal se iba a convertir en la primera «posada» montillana donde se hospedara la nueva imagen mariana de la hermandad jesuítica, hasta la llegada del día de su bendición.

Como era costumbre aquel sacerdote recibía las visitas en una sala que había a la derecha cuya ventana se abría a la citada calle San Juan de Dios. Allí, nos hallábamos cuando, echada ya la noche, de repente alguien llama a la puerta. El sacerdote se encamina hacia el zaguán. Al punto, una voz grave prorrumpió: –Padre Cristóbal, buenas noches, ya estamos aquí.

Entraron varios hombres que portaban un cuerpo envuelto en sábanas blancas. Él les indicó la sala donde habían de colocarlo, una habitación que estaba a mano izquierda de la entrada, junto a la escalera. Me acerqué para intentar ayudar, pero pronto me percaté de que no era necesario.

Una vez retiradas las telas apareció la bella silueta de una Virgen dolorosa. El rostro de aquellos cofrades lo decía todo, invadía el ambiente de aquella recoleta estancia la emoción contenida de un júbilo interior que atestiguaban sus brillosas pupilas. Para romper el silencio, el hermano mayor agradecía al consiliario su hospitalidad y todos coincidían en la excelencia artística y calidad humana del autor de la obra.

En aquel momento comprendí que había llegado a Montilla una nueva interpretación en la iconografía dolorosa de la Madre de Dios, un soplo de aire fresco que habría de ser el punto de inflexión en el panorama cofrade de la ciudad. María Santísima de la Encarnación, una inspirada creación de sublime expresividad barroca que aquella primera noche atraparía todas las miradas de quienes allí nos citó la providencia, una imagen «llena de gracia» que estaba llamada a cautivar los corazones de muchos cristianos. Desde entonces, el mío es uno de ellos.

* Artículo publicado en la revista Cruz de Guía, marzo 2017.

jueves, 2 de febrero de 2017

LA DEVOCIÓN A LA VIRGEN DEL SOCORRO EN LOS SIGLOS XVI Y XVII*




Una advocación ligada a El Gran Capitán

Efigie actual de Ntra. Sra. del Socorro,
realizada por Antonio Bernal en 2005.
Cuando nos disponemos a indagar sobre los orígenes de la advocación mariana del Socorro, debemos trasladarnos hasta los albores del siglo XIV y, concretamente, a la ciudad italiana de Palermo, capital de la isla de Sicilia. En este lugar, la propagación de la devoción por la Virgen del Socorro se debe a la orden agustiniana, ya que en su convento conservan el icono más antiguo, de origen bizantino, de la Señora del Socorro.

Pero fue en el medioevo cuando suceden una serie de hechos milagrosos relacionados con fervorosos devotos del icono siciliano de la Madre de Dios. Tras los mismos, la devoción crece vivamente por toda Italia, promovida por los frailes agustinos, que la trasladan a Nápoles, Roma, Cerdeña, Mallorca, Valencia y, prácticamente, por todos los conventos que fundan en el reino de Aragón en los siglos XV y XVI.[1]

Es tal la devoción que los italianos tienen a la Virgen del Socorro, que logran transmitírsela al insigne militar montillano Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán, tras llegar a Sicilia en su “socorro”, frustrando así la inminente invasión francesa de la península itálica. En años sucesivos, El Gran Capitán dio muestras de patronazgo y veneración hacia esta advocación de la Santísima Virgen.

Pero dentro de la península ibérica, también se suceden los ejemplos de devoción a esta advocación mariana. Así, en la villa de Tíjola, situada en la alpujarra almeriense, la patrona es la Virgen del Socorro. Su historia íntima nos dice que la imagen abogada de la población fue traída desde tierras napolitanas por El Gran Capitán. Así lo narra un historiador local:

La tradición nos dice que nuestra Virgen vino de Italia. Era el año de gracia de 1498. El Reino de Nápoles se vio invadido por las tropas de Carlos VIII de Francia. En su auxilio, los Reyes de España, D. Fernando Doña Isabel. Mandaron sus mejores Tercios, a cuyo frente iba un gran Jefe, Gonzalo de Córdoba. Al final de la histórica campaña, en la que los triunfos españoles se fueron sucediendo uno tras otro –Nápoles, Ceriñola, Garellano...- donde las tropas francesas quedaron completamente deshechas, el Gran Capitán, en conversación sostenida con su Capellán, reconocía que la causa principal de su plan estratégico fuese un éxito, no era otra que la intersección de la Virgen del Socorro; así llamada desde entonces, por haberles “socorrido” en todos los campos de batalla.”[2]

Monumento a Gonzalo Fernández de Córdoba en Montilla, su tierra natal, erigido en 1959.

Otro testimonio de la encendida devoción que Gonzalo Fernández de Córdoba tuvo hacia Nuestra Señora del Socorro lo tenemos en la provincia de Córdoba. En los primeros años del siglo XVI, cuando Don Gonzalo volvía de la capital del Reino de una audiencia en la corte, pasó por la villa de Pedroche, donde se estaba construyendo un convento para franciscanos.

 “Tuvo noticia de esta construcción el Gran Capitán, don Gonzalo de Córdoba, y quiso sufragar todos los gastos de la iglesia del convento, para cumplir cierta promesa hecha,  que se pondría bajo la advocación de Nuestra Señora del Socorro.
Respecto a tan alto caballero, el pueblo de Pedroche accedió y fue admitido como fundador, bajo las siguientes condiciones: Que no se enterrase en la capilla mayor persona alguna que no fuese religioso o noble de nacimiento, y que quedaba obligado a los reparos y reedificaciones de la iglesia, obligación que pasaría a sus sucesores. Sobre la puerta de la iglesia de la Virgen del Socorro se hizo la capilla y fue colocada la imagen. Desde el propio Pedroche se veía con claridad, pues estaba al descubierto por esta parte, defendida por una reja sobre la que el Gran Capitán puso sus armas.”[3]

En Montilla, la Orden de San Agustín se establece en 1520, y la advocación del Socorro estaba ya implantada cuando llegan los primeros frailes a habitar la primitiva ermita de San Cristóbal, ya que Nuestra Señora del Socorro recibe culto por esta época en uno de los lugares más privilegiados de los templos montillanos: en la capilla sacramental de la Parroquial de Santiago.

Aunque, hasta el momento, no hemos podido verificar documentalmente la entronización de la primitiva imagen de gloria de Nuestra Señora del Socorro en Montilla, es lógico ponderar que pudo haber sido enviada por Don Gonzalo Fernández de Córdoba, si no establecida por él mismo en una de sus visitas a la tierra que lo vio nacer.

Restos del convento franciscano de Ntra. Sra. del Socorro
 en Pedroche, hoy convertido en cementerio municipal,
 en cuya entrada se halla el escudo de El Gran Capitán.
De esta manera, la primitiva Virgen del Socorro –de la que no conocemos su iconografía– impregna su veneración entre los montillanos. Ha llegado hasta nosotros la noticia de un fervoroso devoto, el Licenciado Juan Rodríguez de Baeza, clérigo Beneficiado de Carmona, [primo hermano del] Chantre de la Catedral de Sevilla y muy vinculado a los Fernández de Córdoba por su linaje, ya que es nieto de Fernán Rodríguez de Baeza, recaudador y criado de Don Pedro, señor de Aguilar y padre de El Gran Capitán.

Juan Rodríguez de Baeza manifiesta su devoción hacia la Virgen del Socorro, legándolo por escrito en 1578 de su puño y letra en su testamentaría, donde favorece a la imagen y cofradía. “Ítem  mando se den tres mil maravedíes a la ymagen de Nª Sª del Socorro que esta en la yglesia del Sr. Santiago desta villa junto al Sagrario para ayuda al tabernáculo o para aquello que el administrador de la Cofradía della lo quisiere emplear, porque Ntra. Sª benditísima se acuerde de socorrerme en esta vida y al tiempo que Ntro. Sr. me llamare lo qual es de derecho de tiempo que yo fallezca…”[4] Del mismo modo, pidió ser enterrado en la cripta funeraria del Sagrario de la Parroquia Mayor.

Lo que sí podemos verificar en este bosquejo histórico, es la antigüedad de la advocación del Socorro en Montilla. En los primeros textos manuscritos que se conservan en el archivo parroquial de Santiago, ya aparece establecida la cofradía de Nuestra Señora del Socorro. Se trata del Libro Segundo de Testamentarías (el Primero está desaparecido), donde podemos leer cómo el Vicario toma cuenta al Colector de las misas funerales de los difuntos de las distintas cofradías que “se contaron veinte y tres días del mes de febrero del año pasado de 1575 hasta el último testamento que es en la plana de esta otra parte contenido inclusivamente de las misas que tiene recogidas y así las pagadas como por pagar y así de testamentos como de las cofradías de las Animas de purgatorio y de la Vera Cruz y de San Sebastián y de Ntra. Señora del Socorro[5].

Asimismo, constatamos dicha antigüedad en el Archivo General del Obispado de Córdoba. En el primer libro de Visitas Generales que se conserva, podemos leer la primera visita realizada a Montilla en 1580 por el Provisor del Obispo. En la relación de “Cuentas de cofradías, ermitas y hospitales” aparece la Cofradía de Nuestra Señora del Socorro.[6]

En agosto de 1580, la imagen de gloria de la Virgen del Socorro es tomada para fundar la cofradía de Nuestra Señora del Rosario, como quedó plasmado en la fundación de la misma por el dominico fray Diego Núñez del Rosario, quien “erigió y a erigido e fundado en esta villa en la dicha iglesia la Cofradía devota del Ntra. Sra. del Rosario e señaló la Imagen y altar que hasta aquí solía llamarse de Ntra. Sra. del Socorro que esta a la mano derecha como entramos en el Sagrario de la dicha iglesia y la nombró de nuevo del apellido y devoción del Rosario”.[7]

La antigua imagen de Ntra. Sra. del Sorroco
preparada para la estación penitencial de 1945.
Tras el cambio de advocación a la primitiva imagen de gloria, los hermanos de la Vera Cruz proponen titular a su imagen dolorosa Madre de Dios del Socorro, pasando así la advocación a venerarse en su ermita, junto al Santo Cristo de Zacatecas. Desde los años siguientes, la advocación del Socorro está incluida en el acervo patrimonial de la Cofradía de la Santa Vera Cruz.

A partir de 1580, los hermanos comienzan a venerar la imagen, integrándola en la estación de penitencia del Jueves Santo, donde iba cerrando el cortejo procesional. De su ajuar nos da buena noticia un inventario fechado en 1617 donde aparecen todos los atuendos propios de la Madre de Dios. “Una imagen de Nuestra Señora de bulto, un vestido grande de brocado verde y naranjado, un manto verde quemado, una saya de tafetán negro, una ropa de tafetán realzado negro, un manto de burato, una saya de tafetán de picote de seda tornasolada con molinillos, otra saya de tafetán amarillo cretado, una ropa de terciopelo negro con pasamanos de oro, un frontal de damasco ocre y naranjado que se hizo de una saya que dio Dª María Castro mujer de D. Juan López Banda. En el altar de Nuestra Señora un frontal carmesí y amarillo, otro negro de tafetán, una cruz grande dorara, otra cruz verde con fajas de oro alrededor, unas andas doradas de Nuestra Señora, dos jubones de telilla de Flandes azul, tocas y valonas de Nuestra Señora.[8]

Como refleja el extracto que hemos recopilado de este inventario, las pertenencias de la Madre del Socorro eran considerables. Muchas de ellas habían sido donadas por hermanos y devotos de la Virgen. Estas ofrendas se hacían generalmente en las testamentarías de los donantes y se conocen sobradas de ellas, entre las que hemos destacado las mandas que hace Lucía de Aguilar, viuda de Juan Trapero en su testamento otorgado en 1685: “Mando mi entierro sea en la hermita de la Santa Vera Cruz de esta ciudad.[…] Al Santo Cristo Crucificado desta dicha hermita de la Santa Cruz media libra de cera. […] A la Madre de Dios del Socorro que está en dicha hermita de la Santa Cruz una basquiña de ormesí que tengo mía propia.”[9]

A modo de conclusión, podemos decir que la documentación conservada en los archivos locales delata la presencia de la advocación de la Madre de Dios del Socorro en los umbrales del siglo XVI. Son éstos los que nos revelan los cambios y avatares históricos que sufrió la primera imagen que se veneró en Montilla, pasando de gloria a dolorosa y quedando fusionada desde entonces a la Cofradía de la Santa Vera Cruz, que le confeccionó altar y patrimonio propio en su desaparecida ermita.

*Artículo publicado en la revista Vera+Crux de Montilla, en marzo de 2006.

NOTAS


[1] CARMONA MORENO, F.: Devoción a Nuestra Señora del Socorro en Mallorca. Actas del I Congreso Nacional “Las Advocaciones Marianas de Gloria”. Córdoba, 2002. Tomo I, p. 545 – 562.
[2] RODRÍGUEZ CHECA, P.: Tíjola, ayer y hoy, p. 56. Almería, 1982.
[3] OCAÑA TORREJÓN, J.: Historia de la villa de Pedroche y su comarca, p. 76. Córdoba, 1962. Véase también: MORAL MANOSALVAS, A.: Pedroche Monumental, p. 135. Córdoba, 1997.
[4] Archivo Notarial de Protocolos de Montilla (ANPM). Escribano Jerónimo Pérez del Campo, f. 449.
[5] Archivo Parroquial de Santiago de Montilla (APSM). Libro 2º de testamentarías, f. 273. Año 1583.
[6] NIETO CUMPLIDO, M.: El patrimonio artístico de Montilla en sus textos (1580 – 1638), p. 189. Montilla: Historia, Arte, Literatura. Baena, 1988.
[7] ANPM. Escribano Juan Díaz de Morales, nª 1ª, Leg. nº 13, fs. 889-896.
[8] APSM. Libro 5º de Visitas Generales, f. 705.
[9] ANPM. Escribano Juan Márquez del Barranco. Leg. 1054, f. 227.

domingo, 18 de diciembre de 2016

UNA RELIQUIA DEL SANTO SOLANO LLEGADA DE LIMA EN 1749

Antigua calle del Sotollón, donde estuvo ubicado el hogar familiar
 en que nació San Francisco Solano. Sobre el solar de aquella
 casa se edificó el templo que lleva su nombre.
(Foto: Ruquel)
En los meses pasados, los montillanos hemos vuelto a revivir la presencia tangible de nuestro patrono en forma de reliquia. Esta vez llegada de La Puebla de Castro, un recóndito municipio de la provincia de Huesca. Hasta allí peregrinaron hace poco más de un año un grupo de fervorosos devotos de San Francisco Solano para comprobar in situ la autenticidad de las noticias localizadas a través de internet, la red de redes.
Como no podía ser de otra forma, después de aquella peregrinación se fueron estrechando lazos de unión entre ambas diócesis, que se vio confirmada cuando el Ordinario oscense autorizaba el traslado de la sagrada reliquia a Montilla, donde ha permanecido desde el día 3 de julio hasta el pasado 20 de noviembre.

A raíz de tan histórica visita se ha despertado en los devotos solanistas un inusitado interés por los testimonios y recuerdos de nuestro santo patrono, por ello hemos querido traer hasta estas páginas un episodio similar al vivido los meses pasados que sucedió a mediados del siglo XVIII.

Tiempos aquellos en los que Montilla festejaba la canonización del seráfico Francisco Solano, en octubre de 1727, un año después de que fuera elevado a los altares por Benedicto XIII, donde se celebraron “dos lucidísimos octavarios y procesión general, y entretejió graves diversiones de fuegos, juegos de cañas, corridas de toros, autos sacramentales, poesías y suntuoso adorno, fue tanta la concurrencia que las gentes no cabían en el pueblo…”[1] como nos evoca el historiador coetáneo Francisco de Borja Lorenzo Muñoz en sus obras.

Más tarde, en 1742 los montillanos lo votaban –por tercera vez– por patrono y patricio de la ciudad, y no contentos con aquello solicitaban a la Santa Sede Romana que el día 14 de julio, fecha de su glorioso tránsito, fuera instituida por fiesta de precepto para sus paisanos, lo cual aprobó Benedicto XIV en 1745.

En medio de aquellos lustros de insólito fervor solanista llegaba a nuestra ciudad una importante reliquia del apóstol de las Américas procedente de Lima. Se trataba de otro capítulo más de aquel reguero de efemérides que no dejaban de elevar la admiración de los montillanos a su prodigioso paisano.

La crónica de su traída estará protagonizada por otro gran montillano y franciscano, Alonso López de Casas, que siendo Guardián del seráfico convento Casa Grande de Granada fue elegido Comisario General de la Orden para las Indias Occidentales.

Tal cargo permitirá a fray Alonso recorrer el virreinato del Perú durante un largo periplo, que se prolongará entre los años de 1735 y 1746. En Lima pasó la mayor parte del tiempo, desde donde realizaba las visitas a los conventos franciscanos establecidos en los nuevos territorios del imperio español. Asimismo, durante su estancia en la capital ocupó una cátedra en la Real y Pontificia Universidad de San Marcos y fue elegido calificador y consultor del Santo Oficio de la que desde su fundación fuera llamada Ciudad de Reyes[2].

Una vez regresa a tierras andaluzas, fray Alonso vuelve a su tierra natal para donar una reliquia ósea y un pedazo del sayal que vestía el mejor de los montillanos en su óbito, que logró le fueran proveídos por el Procurador General de la causa del Santo Solano, fray Fernando de Herrera, en 1737.

No en vano, López de Casas entrega las reliquias y su auténtica a la iglesia patronal de Montilla el día 11 de julio de 1749. Para la ocasión, había adquirido un relicario de plata donde iban alojados ambos vestigios de aquel humilde fraile que llevara la cruz y los evangelios al Nuevo Mundo. Para certificar el traspaso de aquella joya espiritual asistió el escribano de la ciudad, Domingo González Domínguez, que levantó acta del histórico momento.

Atrio porticado que da acceso a la iglesia erigida en honor
del Santo Solano, cuyo alzado se proyectó a partir de su
beatificación, en 1681.
(Portfolio Fotográfico de España, c. 1913)
Dada la importancia de la misma, hemos preferido transcribir íntegra la declaración López de Casas:

“En la Ciudad de Montilla en once días del mes de Julio del año de mil sietecientos quarenta y nueve Ante mí el escribano del Rey Nuestro Sr. y público del número de esta Ciudad el R[everendísi]mo. Padre Fr. Alonso López de Casas natural de esta Ciudad Lector Jubilado Ex definidor y Padre de esta Santa Provincia de Granada del orden de nuestro Padre San Francisco, Ex comisario General de las del Perú, del Claustro y Universidad de la Ciudad de Lima, Catedrático de Prima en la Cátedra de Escoto, Calificador y consultor del Santo Oficio de la Inquisición de dicha Ciudad, y al presente residente en ésta, bajo de juramento que hizo en forma de Derecho puesta la mano en el pecho dijo que hallándose en la referida Ciudad de Lima en el uso de su empleo de tal Comisario General, y en el Convento de Nuestro Padre San Francisco de ella, en cuya Iglesia se venera el sepulcro de Sr. San Francisco Solano, natural y patrono de esta dicha Ciudad, a principios de el año pasado de mil sietecientos treinta y siete por el Rvdo. Padre Fr. Fernando de Herrera Ex definidor de la Provincia de Lima, Procurador General de dicho Glorioso Santo y Notario Apostólico, se le entregó un hueso, a el parecer de una espaldilla del expresado Glorioso Santo, y parte del su hábito con que murió, que dicho hueso es del tamaño de media nuez mediana, y lo uno y otro lo sacó de la Urna en se veneran sus reliquias, y se lo dio con certificación escrita y firmada de su puño para que lo trajese o remitiese a esta dicha Ciudad su dichosa patria, y el Rmo. Padre Declarante ha conservado y guardado dichas reliquias y Certificación con el cuidado que se requiere, y habiendo conseguido con felicidad su restitución a esta dicha Ciudad, le ha hecho fabricar un relicario de plata en forma de custodia, del alto / de una tercia con su viril ovalado, y con rayos de sol y estrellas, y en el remate una cruz, todo de peso de quince onzas, y en dicho viril dos vidrios de cristal, que por un lado se ve la dicha reliquia del hueso y sayal del hábito que en él se ha colocado, y por el otro solamente se ve el sayal que llena dicho viril, y el tamaño de este es de cuatro dedos de alto y tres de ancho, para que se coloque y tenga con la mayor veneración en la iglesia del Santo Glorioso Sr. San Francisco Solano fabricada en la misma casa en que tuvo su feliz nacimiento en esta dicha Ciudad. Y para que en ningún tiempo se dude de la realidad de dichas reliquias y se les dé por fieles el culto que merecen hace su Rma. esta declaración voluntaria Ante mí, con todas las circunstancias que para su fe y crédito se requieran. Y todo dijo ser la verdad por el juramento que lleva hecho. Y lo firmó, y que es de edad de sesenta y cinco años, de todo lo cual yo el escribano doy fe”[3].

La declaración anterior está precedida de la patente que certifica la entrega en Lima, la cual está rubricada por el citado delegado de la causa, cuyo contenido trasladamos a la letra:

“Certifico yo Fr. Fernando de Herrera ex Definidor Procurador General de San Francisco Solano y Notario Apostólico como tal, que este hueso y parte de hábito es del Santo Solano Solano [sic], que lo saqué de la urna en que se veneran sus reliquias, para que N.M.R. Padre Comisario General Fr. Alonso López de Casas, tiernísimamente amante y paisano del Santo lo lleve o remita a Montilla dichosa patria del Santo, y para que conste di la presente en Lima &ª”[4].

Reliquias y relicario donados en 1749 por el montillano
Fr. Alonso López de Casas. En la actualidad se veneran
en el altar mayor del templo patronal.
Seguido a la declaración de López de Casas, el acta notarial recoge dos declaraciones más de testigos que se hallaron presentes en Lima durante la extracción de las reliquias y su posterior entrega al Comisario General. Ahora,  ambos declarantes le acompañan en Montilla y vienen a corroborar la declaración del fraile montillano.

La primera de ellas está rubricada por “el M.R.P. Fr. Eugenio de Lanuza y Sotelo del orden de nuestro P. San Francisco Ex Secretario General del Perú y Definidor de esta Santa Provincia de Granada, y estante a el presente en esta Ciudad, bajo de Juramento que voluntariamente hizo in verbo sacerdotis puesta la mano en el pecho dijo que ha acompañado en su viaje a el Rmo. Padre Fr. Alonso López de Casas Comisario General de las Provincias del Perú en la América, desde que salió de estos Reinos de España hasta que se ha / restituido a ellos, despachando la secretaría de dicha Comisaría General”[5].

Como el mismo Lanuza expone, había acompañado a López de Casas durante aquel dilatado viaje, siendo autor de un detallado diario manuscrito titulado Viaje ilustrado a las provincias del Perú, que hoy se conserva en la Biblioteca Provincial de Córdoba, del cual hizo una edición la Pontificia Universidad Católica del Perú en 1998[6].

La segunda declaración está tomada a “Don Fabián Preciado / natural de la población de Zipaquirá inmediata a la Ciudad de Santa Fe de Bogotá en el nuevo Reino de Granada de las provincias del Perú en la América, y residente al presente en esta Ciudad”[7].

Fabián Preciado se agregó a la comitiva franciscana en enero de 1736 a su paso por Zipaquirá, durante su visita a Bogotá. Según declara, desde esa fecha se hallaba en compañía de fray Alonso, con quien decide viajar a España. Una vez en tierras andaluzas, se establece en Montilla donde contrae matrimonio y está plenamente integrado hasta el fin de sus días. Además, Preciado hizo honor a su apellido y origen, pues se ganó la simpatía de los montillanos que comenzaron a denominar la calle donde reside como la del Indio, nomenclatura que aún subsiste en el léxico común del vecindario, a pesar de llevar dedicada esta vía pública ocho décadas a José María Carretero.

Concluye el documento notarial con la entrega del relicario a la «Obra Pía de San Francisco Solano» institución que desde sus orígenes fue la encargada del culto y conservación del templo patronal.

Capilla mayor de la iglesia de San Francisco Solano,
hacia 1960. (Foto: Arribas)
En ella, por parte de López de Casas se incluyeron las condiciones de su custodia y veneración, quien las confería “a la Iglesia y Obra pía / de Sr. San Francisco Solano que se sirve y venera en esta dicha Ciudad en la misma casa de su sus dichosos Padres, y en que tuvo su feliz nacimiento para que siempre perpetuamente se conserven en ella y en su Altar mayor en sitio decente como se requiere bajo de dos llaves, que la una ha de estar y permanecer en poder del Sr. Vicario que es y fuere de esta dicha Ciudad y la otra en poder del Mayordomo de dicha Obra pía del glorioso Santo sin que se puedan manifestar dichas reliquias sin la precisa concurrencia de ambos ni por ningún caso por urgente que sea, se han de poder sacer de dicha Iglesia si no fuere para procesión pública”[8].

En caso de que dichas cláusulas fueran vulneradas, fray Alonso daba “facultad a el síndico del Convento de Ntro. Pe San Francisco extramuros de esta dicha Ciudad que es y en adelante fuere para que inmediatamente pueda recoger y recoja las dichas reliquias y relicario, y llevar lo uno y otro al dicho Convento en donde permanezcan perpetuamente con toda veneración, sin que por sus prelados permitan que se saquen de ella y para que sus religiosos como hermanos del glorioso Santo tengan dichas Reliquias con la veneración y culto que corresponde”[9].

El mayordomo de la Obra pía, Francisco Sánchez Prieto, aceptaba lo estipulado en el protocolo notarial por López de Casas, quien le hacía entrega del relicario en presencia del escribano, los declarantes y los testigos Alonso de Aguilar Tablada, el clérigo Francisco Javier de Cea e Ignacio González Domínguez.

Alonso López de Casas había nacido en Montilla el 21 de noviembre de 1683, fruto del matrimonio formalizado por Diego López de Casas y Ana María de Rivera[10], vecinos de la calle Corredera. Desde su infancia tiene presente la estela franciscana en el hogar familiar, pues su padre era hermano de la Santa Escuela de Cristo –cuya dirección espiritual estaba a cargo de los franciscanos– y uno de los hermanos de éste, Fr. Juan de Casas, era observante morador del convento de San Lorenzo extramuros y Vicario de la clausura clarisa de Ntra. Sra. de la Coronada en Aguilar de la Frontera.

Como hemos referido antes, Fr. Alonso López de Casas fue lector jubilado y definidor en la provincia de franciscana de Granada, además de guardián del convento Casa Grande de la ciudad nazarita, hasta que embarca para América en 1735. A su vuelta, ya como afamado exégeta, parece que dedicó el resto de sus días a predicar por toda la bética. De hecho, en Montilla ya había ocupado el púlpito de la iglesia patronal en octubre de 1727, siendo el último de los panegiristas que disertaron en el primer octavario celebrado en honor de San Francisco Solano –en acción de gracias por la canonización– cuyos sufragios corrieron a cargo del X duque de Medinaceli, Nicolás Fernández de Córdoba y de la Cerda[11].

Detalle de la firma ológrafa de Fr. Alonso López de Casas,
 que fue elegido Comisario General de la Orden Franciscana
 
para las provincias del Perú en 1735.
Fr. Alonso López de Casas hallará la muerte repentinamente “sin poder recibir los sacramentos” en el convento franciscano de Baena, en 1759. Según reseña el cronista Laín y Rojas, desde que regresó del virreinato del Perú, trece años antes, el fraile montillano “repartió por los conventos de la Provincia muchas limosnas que había traído de América”[12]

De esta afirmación tenemos constancia documental, pues fray Alonso también realizó otras donaciones a los conventos de Santa Clara y Santa Ana de nuestra ciudad, de cuyo estudio nos ocuparemos en otra ocasión. Entretanto, seguiremos tras los pasos de este insigne montillano olvidado, para intentar rescatarlo de la ignorancia histórica y sumar un eslabón más a la cadena que une a Montilla y la Hispanidad.

NOTAS


[1] LORENZO MUÑOZ, F. de B.: Historia de la M.N.L. Ciudad de Montilla, 1779. Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque, ms-54, pág. 157.
[2] LANUZA Y SOTELO, E.: Viaje ilustrado a los reinos del Perú en el siglo XVIII. Lima, 1998.
[3] Archivo de Protocolos Notariales de Montilla. Escribanía 7ª. Leg. 1288, fols. 251-255v.
[4] Ibídem.
[5] Ibíd.
[6] Op. cit. Viaje ilustrado…
[7] Ibíd.
[8] Ibíd.
[9] Ibíd.
[10] Archivo Parroquial de Santiago de Montilla. Lib. 30 de bautismos, fol. 236.
[11] Op. cit. Historia de la M.N.L. Ciudad de Montilla… pág. 158.
[12] LAÍN Y ROJAS, S.: Historia de la Provincia de Granada de los frailes menores de N.P.S. Francisco, pág. 510. Martos, 2011.

domingo, 23 de octubre de 2016

LAS COFRADÍAS Y HERMANDADES DEL ROSARIO EN MONTILLA Y SU PROYECCIÓN SOCIO-RELIGIOSA Y ARTÍSTICA.

Notas para la comunicación presentada en el Congreso Nacional de Priego.


El pasado 24 de junio tuvo lugar en Priego de Córdoba la celebración del Congreso Nacional "Historia, cultura y tradición de las hermandades y cofradías del Rosario de la Aurora" organizado por la Venerable Hermandad de Ntra. Sra. de la Aurora y San Nicasio de la bella ciudad de la Subbética cordobesa, mirador del mejor barroco que conserva la provincia.

El congreso contó con el respaldado de numerosas instituciones, asociaciones y empresas locales y provinciales, las sesiones se celebraron en el antiguo convento de San Francisco, hoy rehabilitado en hospedería, y fueron dirigidas por el Doctor y Académico don Manuel Peláez del Rosal.

Como en ocasiones anteriores fui invitado a participar por el director académico. En esta última, me propuse exponer la riqueza histórica que Montilla guarda en relación a las hermandades, cofradías y movimiento popular rosariano desde las postrimerías del siglo XVI hasta nuestros días.

Para el breve tiempo de intervención que disponíamos preparé un escueto guión donde insertar los aspectos esenciales reseñados en el título de la comunicación, que serán las líneas básicas de un trabajo más extenso y documentado que formará parte de las actas futuras del citado congreso.

Dado que nos hallamos en octubre –mes rosariano por excelencia– creo oportuno compartir con los lectores montillanos aquellas líneas leídas entre los seráficos muros priegenses, donde sucintamente los congresistas escucharon la importante presencia de la devoción al rezo del Rosario en Montilla, ciudad muy vinculada durante la edad moderna a Priego que contó hasta con cuatro corporaciones rosarianas, y fueron  protagonistas de numerosos capítulos de la historia religiosa de la población que vio nacer a San Francisco Solano.

Antigua estampa de la actual Virgen del Rosario,
que suplió en 1909 a la realizada por las hermanas
Cueto en 1740. (Foto González)
Como es sabido, la práctica del rezo del Rosario fue difundida por los frailes dominicos, a tenor de las directrices que su fundador, Santo Domingo de Guzmán, dejó reflejadas en las constituciones de la mendicante Orden de Predicadores, allá por el siglo XIII. Aunque hay que esperar hasta el último tercio del siglo XVI para que la advocación del Rosario se popularice, gracias en parte a la llegada del dominico Pío V al trono pontificio. Este sucesor de Pedro asimismo fue el precursor de la Liga Santa que protagonizó la victoria naval de Lepanto, que al decir de Miguel de Cervantes fue “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”.

Aquel triunfo de la Europa cristiana sobre el imparable imperio otomano fue atribuido a la intercesión de la Stma. Virgen, gracias a las plegarias elevadas a través del rezo del Rosario por toda la cristiandad en las vísperas de aquella batalla que cambiaría el rumbo de la historia. De ahí que la festividad de Ntra. Sra. del Rosario fuera instituida el 7 de octubre de 1571, en conmemoración de aquella efeméride.

A raíz de aquel acontecimiento, Pío V otorgó sugestivas gracias espirituales que fueron refrendadas por su sucesor, Gregorio XIII, lo que incentivó la proliferación de cofradías del Rosario, cuyos hermanos y devotos serán los beneficiaros directos de tales indulgencias.

Estas medidas tienen su mayor resonancia en la diócesis cordobesa durante el episcopado del también dominico fray Martín de Córdoba y Mendoza, que ocupó la silla de Osio entre los años 1578 y 1581. En Montilla se funda la primera cofradía del Rosario el 22 de agosto de 1580, fruto de la misión celebrada en la Parroquia de Santiago por el dominico fray Diego Núñez del Rosario, morador del convento de San Pedro Mártir de Marchena, quien tomó a la antigua imagen mariana titulada del Socorro y la volvió a bautizar del Rosario, como especifica el acta fundacional.

A finales del siglo XVII nacen en Sevilla los rosarios públicos, manifestación popular que poco después trasciende a todos los rincones de Andalucía, gracias a los frailes predicadores que incluyen en sus misiones el rezo comunitario del Rosario por las calles de la población. Tal fue el caso de Montilla, donde la cofradía matriz del Rosario se verá desbordada ante la difusión de los rosarios públicos en la ciudad, producto de unas misiones dirigidas por los capuchinos que conllevó a la creación de una nueva hermandad en la recién acabada iglesia dedicada al entonces Beato Francisco Solano, construida sobre el solar de su casa familiar.

Así nace la cofradía del Santo Rosario de Ntra. Sra. de Aurora en 1698. La nueva corporación contará con el patrocinio de la Casa Ducal de Medinaceli y con la aprobación del Cardenal fray Pedro de Salazar y Toledo, entonces obispo de Córdoba, que sancionará sus Reglas y concederá generosas indulgencias a todos los fieles que asistan a los rosarios públicos organizados por esta cofradía desde su templo hasta la ermita de la Vera Cruz.

Sin embargo, los primeros lustros del siglo XVIII fueron de tal fervor rosariano en nuestra ciudad que tras unas misiones populares celebradas en 1719 en la ermita de San Antonio los participantes acordaron constituirse en cofradía, cuyas reglas fueron aprobadas por el mitrado cordobés, Marcelino Siuri Navarro, que mandó sentarse por hermano. Nace así la cofradía de Ntra. Sra. del Santo Rosario de Antonio.

Por si no fuera suficiente, a mediados del siglo XVIII encontramos establecida en el convento de San Agustín a la hermandad del Santo Rosario de Ntra. Sra. de la Soledad, que no dejaba de ser una extensión de la Cofradía pasionista de la Soledad y Santo Entierro de Cristo. De ella, sólo sabemos que practicaban el rezo del Rosario dentro del templo y es posible que tuviera cierta relación con las corporaciones servitas de la diócesis.

Imagen de Ntra. Sra. de la Aurora, realizada en Granada
en 1698. La talla está vinculada al taller del
artífice Diego de Mora. (Foto González)
El florecimiento de las cofradías y hermandades rosarianas de Montilla durante la centuria dieciochesca quedará patente en el incremento de su patrimonio material y artístico. La cofradía matriz de la Parroquia de Santiago, construyó entre 1693 y 1789 una nueva capilla, con camarín, cripta y sacristía, donde intervinieron artistas como los hermanos Pedro José y Gaspar Lorenzo de los Cobos, que se encargaron de la ejecución del retablo, el tallista lucentino Pedro de Mena Gutiérrez, que proyectó la decoración del camarín, y las hermanas Cueto Enríquez de Arana, autoras de la nueva imagen titular, realizada en 1740, y de la Candelaria, un año después.

La cofradía de la Aurora no escatimó en gastos y rivalizó con la matriz. La imagen de la titular fue realizada en Granada en 1699  –cuyas formas recuerdan a la gubia de Diego de Mora– y su primer retablo fue realizado por Cristóbal de Guadix en 1705. Ya entrado el siglo, entre los años 1721 y 1745 acometieron la ampliación de la capilla, incorporando un  nuevo camarín, cripta y sacristía. Para ello, renovaron el retablo que fue contratado con el maestro jienense Mateo Primo.

Por su parte, la Cofradía de Ntra. Sra. del Rosario de la ermita de San Antonio, encargó la hechura de su titular al prestigioso artista hispalense Pedro Duque Cornejo en 1720, y dadas las modestas proporciones de su primera sede, entre 1758 y 1763 los cofrades se decidieron a levantar una nueva ermita de mayores dimensiones en la plaza mayor de la ciudad.

Pero la rivalidad entre las cofradías rosarianas no se quedó en el campo de las artes y la parafernalia barroca, sino que afectó también al terreno devocional, dado que la cofradía matriz no estaba dispuesta a compartir el derecho de primacía que decía tener sobre la advocación del Rosario. Tal justificación obligó a la cofradía radicada en la iglesia de San Francisco Solano a cambiar la advocación de su titular, que pasó a denominarse «de la Aurora» en 1714 sin mayores consecuencias.

El problema llegó cuando la joven cofradía rosariana establecida en la ermita de San Antonio se negó a variar el apellido de su titular, lo que provocará la interposición de un pleito por parte de la corporación matriz que recorrerá todas las instancias de la justicia civil y canónica hasta desembocar en el tribunal de la Rota Romana. Tras quince años de gravosos litigios, la razón prevaleció sobre la pasión y ambas cofradías se reunieron en cabildo extraordinario para buscar una solución más rápida y coherente. Así sucedió, y finalmente salió elegido el título de Rosa Mística para la imagen que tallara Duque Cornejo, en alusión a la letanía lauretana. Corría el año de 1735.

En cuanto a los cultos que las cofradías rendían a sus titulares, «la cofradía de la parroquial» celebraba las festividades marianas de la Purificación, Anunciación, Asunción, Natividad y Concepción de la Stma. Virgen, aparte de su fiesta principal en octubre con su octavario y procesión.

Una vez concluidos los cultos principales de la cofradía matriz, a la semana siguiente se iniciaban los de la Virgen de la Aurora con la fiesta principal, procesión y octava.

Majestuosos altares de cultos fueron levantados para las
glorias de Ntra. Sra. de la Rosa durante los primeros años
del siglo XX, como prueba esta antigua instantánea de época.
La tercera y última, la Virgen de la Rosa, centró sus cultos principales en torno a la festividad del Patrocinio de Nuestra Señora, el segundo domingo de noviembre, y al igual que sus predecesoras celebraban por todo lo alto su fiesta principal, procesión y octava.

La popularidad de estas corporaciones en Montilla fue tal que cada una de ellas llegó a contar entres sus filas con más de millar de hermanos. Y como recuerdan los historiadores del siglo XVIII organizaban rosarios públicos casi a diario, al anochecer y al alba, amén de las fiestas principales.

Aquellas manifestaciones populares se complementaron con cantos y coplas que, en el caso de Montilla, dejaron de practicarse en la segunda mitad del siglo XIX. Aunque los cultos intramuros continuaron organizándose y la devoción popular se mantuvo en el interior de los templos hasta la llegada de tiempos más propicios.

Así lo demuestra, por ejemplo, la veneración a la Virgen de la Aurora, que fue considerada copatrona de la ciudad a partir de 1878. En los albores del siglo XX se reorganizaron las cofradías de la Rosa y del Rosario a iniciativa del arcipreste Luis Fernández Casado, quien agregó a esta última la Asociación del Rosario Perpetuo.

Muestra del gran arraigo que nuestra ciudad manifiesta hacia las advocaciones rosarianas es la gran cantidad de mujeres montillanas que aún hoy llevan por nombre Rosario, Rosa o Aurora, fiel reflejo del indisoluble fervor que Montilla guarda con su pasado.