miércoles, 1 de junio de 2016

EL INCA GARCILASO DE LA VEGA, CON LA ESPADA, LA PLUMA… Y LA ESPUELA.

Se cumple este año el IV centenario de la muerte del Inca Garcilaso de la Vega y de Miguel de Cervantes, eminentes hombres de letras que dejaron en su obra  patente su amor por los caballos. Del autor del Quijote baste recordar que fue el padre de uno de los alazanes más famosos de la literatura universal: «Rocinante», al que el hidalgo de La Mancha "cuatro días se le pasaron en imaginar que nombre le pondría... y así después de muchos nombres que formó borró y quitó, añadió, dezhizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo". Y sobre él cabalgó Alonso Quijano durante su delirada vida de aventuras creyendo que "ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban".

Pero la realidad del caballo andaluz estaba más cercana. Córdoba, cuna de la familia Cervantes, será la ciudad elegida por el rey Felipe II para crear una nueva estirpe de caballos, que a la postre será conocida como la Pura Raza Española. Así, en 1567 el monarca disponía todo lo necesario para comenzar este proyecto, en la pretensión de aumentar la calidad morfológica de la especie hasta alcanzar el caballo perfecto, un animal imprescindible en aquella época, no sólo para el paseo, la agricultura o el transporte, sino también para la guerra, cuyo escenario era una constante en el devenir de la Monarquía Hispánica de los Austrias.

Caballerizas Reales de Córdoba, mandadas construir
en 1567 por el rey Felipe II. En ellas se gestó el caballo
de Pura Raza Española. 
Al año siguiente se comenzó a construir el edificio de las Caballerizas Reales y se designaron las dehesas de Córdoba la Vieja y las Gamonosas, entre otras, para alimentar las más de mil doscientas cabezas de yeguas y sementales que adquirió la Corona de las ganaderías más afamadas de la nobleza andaluza. El cordobés Diego López de Haro, familiar de la Casa del Carpio, tuvo la gloria y el desvelo de ser el primer Caballerizo Mayor nombrado por el Rey Prudente, que será el precursor de la cría caballar y remonta.

Por aquellos lustros ya eran famosas las caballerías del Marqués de Priego “y fue siempre su casa señalada en hacer criar los mejores caballos de España, para servir con ellos a sus reyes”. Por ello, es lógico pensar que el Señor de Montilla aportara parte de aquellos primeros équidos de las razas ibérica, bereber y árabe sobre las que se fundamentara la estirpe del Caballo Español.

Para conseguir tales ejemplares, los capitulares del Concejo montillano elaboraban cada año por el mes de febrero un censo de las yeguas existentes en el término municipal, y en marzo organizaban un concurso hípico donde una comisión compuesta por regidores y albéitares que elegían varios corceles de los presentados por los vecinos hijosdalgo de la villa. De aquellos, seis eran los escogidos sementales para fecundar a las veinticinco yeguas que habitaban cada una de las serenas dehesas de Piedra Luenga, Santa Cruz, el Carrascal, el Prado, las Lagunillas y Panchía.

En 1579 resultará elegido “el caballo castaño de Garcilaso de la Vega, dos pies calzados y una lista en la frente… de edad de cuatro años” que le fue asignada la dehesa “del Carrascal”.

Según el diplomático e historiador Raúl Porras Barrenechea “La apacibilidad del ambiente montillano es únicamente interrumpida por el trote alegre de los caballos en las calles de la villa. Garcilaso es, desde su niñez en el Cuzco, un amante del arte de la equitación. En Montilla acendra esta afición de tan pura cepa andaluza. […] Sabrosa y directa erudición equina, que habría de relucir más tarde en La Florida y en los Comentarios Reales, al describir con delectación los caballos de la conquista y de las guerras civiles.”

El mestizo Garcilaso de la Vega, antes llamado Gómez Suárez de Figueroa, había nacido en Cuzco en 1539, siendo hijo del capitán español Sebastián Garcilaso de la Vega y la princesa inca Isabel Chimpu Ocllo. Con 21 años, por expreso deseo de su padre, se traslada a España para continuar con sus estudios. Finalmente se establece en Montilla en 1561 al amparo de su tío paterno, el capitán Alonso de Vargas.

Casa del capitán Alonso de Vargas, tío de Garcilaso
de la Vega. En ella vivió el Inca treinta años y construyó
una caballeriza.
Si trajo consigo la pasión por la hípica del Virreinato del Perú, en la solariega casa de su tío Alonso desarrollará esta antigua afición, pues a poco de residir en ella el joven mestizo construyó unas caballerizas a su costa, convirtiéndose en un acreditado criador de caballos, como declaran los vetustos legajos que guardan la historia montillana.

No es de extrañar que Garcilaso fuera animado por su tío Alonso, ya retirado de la milicia imperial, colmado de experiencias y conocimientos ecuestres, pues el viejo Capitán había pasado su vida como jinete al servicio de la Caballería Real de Carlos V y Felipe II, a los que acompañó en sus viajes a los feudos del Sacro Imperio a lomos de aquellos admirables corceles que inmortalizaran los pinceles de Tiziano y Rubens.

Pero Garcilaso no sólo había heredado la genética castrense de sus mayores, sino que también la literaria. «Con la espada y con la pluma» reza la leyenda que orla su blasón nobiliario. Y así, llenará el vacío de las horas en la inquietud de cultivar su intelecto al pupitre de los mejores teólogos, ascetas y humanistas moradores del colegio de los Jesuitas y los conventos montillanos, maestros y amigos que le despejaron el sendero de las letras y le animaron a traducir y a escribir la vieja historia del Nuevo Mundo, desconocida hasta entonces en Europa.

En 1591 Garcilaso se trasladará a Córdoba, donde toma los hábitos clericales, completa sus estudios y publica su última obra, la Historia General de Perú. Allí muere en 1616 siendo enterrado en la privilegiada capilla de las Ánimas de la mezquita-catedral, a orillas del Guadalquivir y a escasos metros de las Caballerizas Reales, por cuyo entorno pasearía durante su ocaso cordobés añorando su mocedad montillana al contemplar y disfrutar de la cría y doma de aquellos primeros caballos que los siglos bautizaron de Pura Raza Española.

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