viernes, 25 de julio de 2014

DON DIEGO DE ALVEAR Y ESCALERA

En la actualidad el apellido Alvear está alcanzando una resonancia internacional sin precedentes, motivada por episodio naval de la Fragata "Ntra. Sra. de las Mercedes" en 1804. Su protagonista, Don Diego de Alvear y Ponce de León, hubo soportar la pérdida de casi toda su familia, el fruto de su trabajo y su fortuna.

Por tal motivo, traemos hasta el blog un artículo escrito a principios de 2007 para la revista VERA+CRUX, boletín informativo de la cofradía homónima montillana. En aquella ocasión, dimos unas pinceladas biográficas del primer Alvear establecido en Montilla, Don Diego, abuelo y benefactor del marino, e hicimos público el devoto vínculo que manifestó a lo largo de su vida hacia el Cristo de Zacatecas, de cuya cofradía fue Hermano Mayor y Mayordomo.


Escribir de la familia Alvear, es escribir de la historia de Montilla. Ambas cosas pretendemos con este breve trabajo biográfico dedicado al primer vástago de este noble linaje que se estableció en nuestra ciudad, Don Diego de Alvear y Escalera, centrándonos en la vinculación que mantuvo con sus vecinos y en la defensa de sus libertades, así como en la especial devoción que profesó al Santo Cristo de Zacatecas.

El linaje Alvear

Los orígenes de los Alvear se pierden en los comienzos de la reconquista cristiana de España. Según los genealogistas que lo han estudiado, los primeros varones insignes portadores de este apellido y armas proceden de las montañas burgalesas del Valle de Aras, donde aparecen sus antiguos escudos presidiendo las principales casas solariegas, siendo éste el lugar de donde arrancan las distintas ramas de los Alveares.

La ascendencia paterna de Diego la encontramos establecida en tierras riojanas. Su abuelo Sebastián García de Alvear y Medinilla fue Gobernador del Estado ducal de Nájera y su padre Juan García de Alvear y Garnica nació en esa ciudad en 1657, trasladándose por motivos de trabajo hasta Córdoba, donde ejerció en la administración de la Hacienda Real. Fue en esta ciudad donde contrajo matrimonio con Francisca de Rajadel y Castillejo, hija de José Rajadel y Escalera, secretario del Santo Oficio de la Inquisición en el antiguo reino de Córdoba.

Diego nace en Fuente Obejuna en 1697, villa donde su padre desempeñaba el cargo de Administrador de la renta de millones. Al amparo de familia materna, pasa su juventud en Córdoba y su consiguiente formación académica. Es en esta ciudad donde contrae matrimonio con María Margarita de Morales y Navarro el 2 de mayo de 1719 en la Parroquia del Sagrario de la catedral cordobesa. De esta unión nacen sus dos hijos. El primero, Santiago María, nace en Córdoba en 1725, ciudad donde primeramente se establece el joven matrimonio; su hermano, Juan Nicolás, ya es montillano, y es bautizado en la Parroquia de Santiago el 12 de diciembre de 1729, siendo su madrina su abuela paterna.[1]

Los Alvear en Montilla

A partir de este año encontramos a Don Diego instalado en Montilla como Gentilhombre de cámara del Duque de Medinaceli y Tesorero General de Rentas del marquesado de Priego. Con el paso del tiempo su primogénito, Santiago María, contrae matrimonio el 6 de marzo de 1746 en la Parroquial de esta ciudad, con Escolástica Fernández-Ponce de León y Arnedo-Rivera, natural del Puerto de Santa María e hija del Ldo. Juan Luis Fernández Ponce de León, Abogado de los Reales Consejos y Corregidor de Montilla, y de Inés de Rivera-Pérez y Mendoza.[2] En cambio su segundo hijo, Juan Nicolás, se dedica a la religión, siendo presbítero y ejerciendo como capellán en Montilla durante el resto de sus días.

Don Diego de Alvear pronto aparece en la vida comercial montillana, sus negocios con el mundo vinícola los deja entrever una escritura notarial dada el 8 de enero de 1745, donde “Alonso González y Francisco López de Luque se obligaron a que prontamente y sin detención a sacar de las casas y bodegas de D. Diego de Alvear y Escalera 800 arrobas de vino añejo y 600 de vino nuevo importando todo 1600 reales que se obligan a pagar”.[3]

Como único heredero por línea materna, fue poseedor de dos vínculos dotados de censos y casas en Córdoba, y patrono de cuatro Capellanías de fundación familiar generosamente dotadas y, como las anteriores, otorgadas en la ciudad califal. Con los beneficios de la redención de una de ellas, la erigida por su pariente el Capitán Juan Rodríguez de Morales, en “septiembre de mil setecientos y cincuenta en el cual se compró en el término de esta ciudad de Montilla al pago que dizen del Prado de la Villa y llano del mesto… la Hazienda que en casa llamamos de la Capellanía” la cual remoza, plantándola de olivos, reformando su caserío y construyendo un molino de aceite.[4]

Defensor de las libertades de los montillanos

Durante estos años, la familia Alvear está plenamente integrada en la sociedad montillana, especialmente con las élites ilustradas y los hacendados, que quieren hacer frente a la política feudal de Duque de Medinaceli, y que llevan más de un siglo pleiteando a éste por la abusiva política de tributos y privilegios estancos que ejerce en la ciudad y que son jurisdicción de la Corona. Don Diego de Alvear se suma a sus vecinos en el litigio, ante la prohibición que le hace el Consejo de Justicia y Regimiento de la ciudad para producir aceite en su finca sin permiso expreso del Duque.

En el siglo XVIII la economía montillana se mantenía básicamente de los productos agrícolas, de su transformación y su posterior comercio. La Casa Ducal mantiene monopolizados los molinos de trigo, los hornos de cocer pan, los mesones y tabernas, las almonas de jabón y, sobre todo, los molinos de aceituna. Asimismo ejercía un férreo control de alcabalas e impuestos sobre la carne, el pescado, el vino, el vinagre, y el aceite. Hastiados los vecinos de este sumiso sistema que no hace desarrollarse a la ciudad, deciden tomar el camino de la Justicia Real, donde interponen al Duque varias demandas en la Chancillería de Granada. Todos estos procesos judiciales fueron encabezados, en nombre de los vecinos por Don Diego de Alvear, quien se gana la confianza y popularidad de todos aquellos que ven en él a la persona que pretende dar solución a una situación que tiene sumida a la mayoría de la población en la carencia de alimentos básicos para subsistir.[5]

Su holgada economía, procedente de rentas familiares, le permite hacer frente al poder feudal establecido durante el transcurso de este largo pleito, que finalmente fue ganado por el vecindario, aunque Don Diego nunca llegaría a conocer su resultado, ya que falleció antes.

Mayordomo del Santo Cristo de Zacatecas

Don Diego de Alvear y Escalera descendía de una familia profundamente religiosa, como queda confirmado en la gran cantidad de bienes y vínculos que sus predecesores legaron a la iglesia cordobesa. Más aún, cuando el segundo de sus hijos, Juan Nicolás, decide dedicarse al sacerdocio, ejerciendo su presbiterio en la Parroquia de Santiago de nuestra ciudad.

Desde su llegada a Montilla, Don Diego se vincula con Cofradía de la Vera Cruz, ejerciendo de Hermano Mayor y Mayordomo del Santo Cristo de Zacatecas. Son muy escasas las noticias que revelan su labor como administrador de los bienes de la Cofradía, ya que no ha llegado hasta nosotros el archivo de la misma.

En el Archivo General del Obispado de Córdoba, se conserva una petición remitida al titular de la Diócesis, donde los cofrades solicitan su autorización para la venta de un solar, y así poder sufragar los gastos que van a ocasionar la construcción de un nuevo retablo para la imagen del Señor de la Cena, que formaba parte del cortejo procesional de la Vera Cruz en la tarde del Jueves Santo. La misiva, con fecha de 10 de octubre de 1773, expone lo siguiente:

“Iltmo. Señor. El Mayordomo y cofrades de la cofradía del Stmo. Cristo de Zacatecas, sita en la Ermita de la Sta. Vera Cruz de esta ciudad de Montilla, con su mayor respeto hacen presente a V.S.I. que han deseado días hace fabricar un retablo pequeño a la Stma. Imagen del Señor de la Cena cofradía de la misma Ermita su bovedilla correspondiente, y al presente se está trastechando a costa del Excmo. Sr. Duque de Medinaceli a que este templo y era ocasión de dicho retablo y bóveda, y para su ejecución tienen determinado vender un solar de casa en la calle de Ortega de este pueblo, que sin de mi poco o nada y para proceder a la venta por pregón y en el mejor postor. // Suplicamos a V.S.I. se sirva concedernos su licencia que será muy del agrado del Señor por el culto a aquella sagrada Imagen favor que agradecemos a V.S.I. // Dn. Diego de Albear y Escalera. Manuel Hidalgo de Luque. Juan de Ariza [rúbricas].” [6]

El prelado cordobés solicita información al vicario de Montilla, Pedro Fernández del Villar, quien el 29 de dicho mes le responde con un escrito donde expone la situación de las hermandades y su postura hacia dicha solicitud: “En obedecimiento del supremo mandato de V.S.I. retroescripto, bien informado, y entendido el contenido del memorial adjunto, que, ente informe de delusivo a V.S.I. debo decir: que la Cofradía principal sita en la enunciada ermita es, y se denomina de la Cena. Ay otros varios pasos con respectivos hermanos y jefes, y entre ellos es uno el del Santo Crucifijo de Zacatecas, que le trajeron de la Provincia de la América septentrional parte de la nueva Galicia en el México, según el Diccionario de Lorenzo Echard, inglés, la cual Imagen que esta en el altar mayor es la de mayor devoción de todas las de la referida ermita, y a ella se le donó el solar de que se trata y solicita licencias para venderlo y con su producto hacer un retablito al Santo Cristo de la Cena, que esta en un Arco de la ermita, como lo esta en otro el mencionado Crucifijo, que reside en el primer lugar. Dicho solar vale de 500 a 600 maravedíes de renta cada año 15. Ay varios que por linderos le quieren y en estos términos soy de parecer no ser justo que siendo del Señor de Zacatecas, se despoje de su propiedad, transfiriendo su producto a beneficio de otra imagen, por siempre se a dicho, no serlo, y el insolidun que tributare, como de Derecho Notarial a todo ente abraza y transciende: a que se junta no tener retablo dicho Crucificado, y siempre, que la devoción le quiere podrá incluirse con el producto de dicho solar. De aquí concluyo que o no se vende ínterin no se proporciona ocasión de hacer el retablo o si se vende su imposición ponga en el Arca de Capitales, ínterin se le haga el retablo que por ahora lo veo difícil por el año no hará poco en darnos pan, y así aun debo pensar que respecto de que reditúe mejor será tenerlo en ser hasta la forzosa de hacerle retablo. Este dictamen juzgo será agradable a los devotos del Santo Cristo, y no parecerá mal a V.S.I. cuyo supremo juicio es sobre todos. La bovedilla se hizo que de la obra que costeó su Excelencia con otra de esta Parroquial, de San Roque y de San Agustín porque el Excelentísimo es sumamente piadoso y limosnero y como tiene un contador tan justificado, cuanto le pide se logra en virtud de los buenos informes que Dn. Pedro Matías le da”.[7]

Como trasluce la contestación y opinión del Vicario, la venta del solar no fue autorizada, salvo que fuera para la construcción de un retablo al propio Cristo de Zacatecas. Esta segunda iniciativa sí que estuvo presente entre los cofrades del crucificado indiano, ya que Don Diego de Alvear dejó constancia en su testamentaría de la devoción que profesaba al Señor de Zacatecas, única imagen sagrada a la que alude en su última voluntad y a la que lega parte de sus bienes. Recogemos este párrafo de su testamento “Y t. mando al Santísimo Christo de Zacatecas, sito en la Ermita de la Santa Bera Cruz de esta ciudad, ciento y cincuenta reales de vellón por una vez para ayuda al retablo o repisa o cualquiera otra obra de adorno que se dispusiere para el culto de dicha Santísima Imagen”.

Don Diego de Alvear y Escalera fallece el 19 de febrero de 1776. En su testamentaría dispuso su entierro, ordenando “que mi cuerpo sea amortajado con el Abito de Ntro. Padre Sn. Fco. Sepultado en el convento de Sr. San Agustín de esta Ciudad, en sepultura propia que allí tengo, y dejo a disposición de mis Albaceas el orden y forma de mi entierro, que suplico sea con la mayor humildad y ajeno de toda vanidad, convirtiendo en sufragios lo que había de servir de pompa”. [8]

Sus descendientes continuaron vinculados con la sagrada imagen y centenaria Cofradía a la que había pertenecido su progenitor. En los inventarios efectuados en 1842 a raíz de la desamortización emprendida por Mendizábal, encontramos a su nieto Miguel de Alvear y Ponce de León, como administrador de los censos que aún poseía la Cofradía del Santo Cristo de Zacatecas, ya establecida en la Parroquia de Santiago.

FUENTES


[1] Archivo Parroquial de Santiago de Montilla (APSM). Lib. 42, f. 102.
[2] APSM. Lib. 19, f. 49 v.
[3] ZEJALBO MARTÍN, J. Comercio exterior de vinos y aceites en Cabra en 1730. Cosecheros y pleitos antiseñoriales. En las actas de Encuentros de Historia Local. La Subbética. pp. 271 – 286. Cabra / Priego, 1990.
[4] Archivo Notarial de Protocolos de Montilla (ANPM). Escribano Tomás López de Casas, f. 361 – 370 v. Nª 1ª. Lib. 144.
[5] Fundación Biblioteca Manuel Ruiz Luque. Memorial Ajustado. Nº 15800.
[6] Archivo General del Obispado de Córdoba (AGOC). Despacho ordinario del obispado. Fila 54. Leg. 35. Caja 2ª. s/f.
[7] AGOC. Ibídem.
[8] ANPM. Escribano Tomás López de Casas 

miércoles, 9 de julio de 2014

LA PILA BAUTISMAL DE SAN FRANCISCO SOLANO*

Pila bautismal de la Parroquia de Santiago
Centenaria es la costumbre que los montillanos mantienen cuando bautizan a sus vástagos en la pila de la Parroquia matriz de Santiago. Ello obedece a que en este vaso pétreo de cristianar recibió las benditas aguas el patrón de la localidad, San Francisco Solano. La universal fama de santidad del seráfico Solano, hizo que todo aquello que recordase o tuviese vinculación alguna con su estancia en la villa que lo vio nacer, fuera un preciado testimonio y valiosa reliquia para sus paisanos y devotos.
Así lo entendió el arcipreste Luis Fernández Casado (1872 – 1953) quien, tras varios intentos fallidos de dignificar la ubicación del baptisterio parroquial, aprovechó unas obras de urgencia que se acometieron en el muro lateral izquierdo de la capilla de San Miguel Arcángel que amenazaba con desplomarse hacia la calle Escuchuela.

Para emprender tal proyecto, el docto párroco organizó una comisión compuesta por el sacerdote Amador Rodríguez, el diputado provincial José Cuesta, el conde de la Cortina Francisco de Alvear, el profesor y escultor Manuel Garnelo y el médico Antonio Cabello de Alba, así como por los recordados montillanos Rafael Gracia, Francisco Salas, Rafael Luque y Félix Valderrama, los cuales se reunieron por vez primera en la sacristía de la desaparecida iglesia de San Francisco de Asís el miércoles 13 de septiembre de 1916. 

El arcipreste Luis Fernández expuso a los asistentes su idea de cambiar de ubicación de la pila bautismal desde su emplazamiento original (a la entrada de la nave de la Epístola, junto a la puerta de la torre y campanario) y su traslado a la citada capilla de San Miguel, que estaba reconstruyéndose, ampliando así el espacio para celebrar el sacramento del bautismo y decorando el nuevo establecimiento con motivos solanistas que recordaran y enaltecieran la valiosa pieza gótica donde fuera cristianizado el hijo de Mateo Sánchez y Ana Ximénez, el 10 de marzo de 1549. Tras la explicación de la propuesta, se acordó encargar un proyecto al artista Manuel Garnelo y Alda, allí presente, para que recogiera todas las inquietudes tratadas en la reunión.

A la semana siguiente volvió a reunirse la comisión, en la que Manuel Garnelo presentó su proyecto y presupuesto aproximado de las obras, que ascendía a 5.793 pesetas. Según el diseño del escultor montillano, el nuevo baptisterio iba a significar un santuario de exaltación solanista, al objeto de que toda la ornamentación y decoración estuviera ligada a pasajes de la vida y milagros del patrón de la ciudad.

Las obras se comenzaron con 2.000 pesetas que fueron concedidas por el Ministerio de Gracia y Justicia. A esta cantidad se le sumaron 1.000 pesetas que aportó Manuel Garnelo, en concepto de cuatro medallones de escultura en relieve que formaban parte del proyecto. Para sufragar el resto de los gastos, la comisión decidió abrir una suscripción popular creando una lista de donativos, encabezada por el mismo arcipreste con la entrega de 100 pesetas. El total del coste se tardó varios meses en alcanzarlo y como podemos apreciar en la revista dominical Eco Parroquial, órgano de las parroquias de Montilla, fueron muchos los montillanos que sumaron su donativo y su nombre a la citada suscripción.

Meses después, el proyecto diseñado por Manuel Garnelo fue una realidad. La atención que siempre tuvo el artista con su pueblo quedó patente por la gran cantidad de iniciativas culturales montillanas de las que fue partícipe. De hecho, siempre que sus obligaciones se lo permitían, pasaba en su cuidad natal las vacaciones estivales y las festividades anuales, que aprovechaba para visitar a sus familiares y amigos.

 La decoración del baptisterio es una exaltación a la vida y obra de San Francisco Solano.
En la actualidad, podemos contemplar en la Parroquia de Santiago –solar garneliano por excelencia– las obras y remodelaciones que se llevaron a cabo entre los años 1916 y 1918 a iniciativa del celoso y culto arcipreste Luis Fernández y que fueron sufragadas por suscripción popular “ya que a todos toca el interés de conservar dignamente la pila de San Francisco Solano, y todos deben sentir el aplauso o la censura del forastero que encontrándose en Montilla sienta la sana curiosidad de ver lo importante de la ciudad entre cuyos monumentos notables se encuentra la repetida pila”.

El escultor Manuel Garnelo

Manuel Garnelo y Alda (1878 - 1941)
Manuel, hijo de José Ramón Garnelo y Josefa Dolores Alda, nace en Montilla el 1 de enero de 1878. Su enseñanza básica la recibe en la localidad de la Campiña Sur, si bien con doce años se traslada a Roma de la mano de su hermano José Santiago, que estaba pensionado en la Academia Española. 
Desde sus primeros pasos en el arte se decanta por la escultura, asignatura que cursa durante dos años en la Ciudad Eterna, impartida por el insigne Aniceto Marinas. En 1892 –con sólo catorce años– recibe su primera mención honorífica en la Exposición Nacional de Madrid, con su obra Tota pulcra est María. Completa su formación artística en la Escuela Superior de Bellas Artes de la capital española. En 1899 consigue una plaza, por oposición, de pensionado en Roma, donde continúa los cuatro años siguientes con sus estudios de Dibujo y Escultura.

Tras terminar su etapa formativa, obtuvo la plaza de profesor numerario de Carpintería Artística en la Escuela de Bellas Artes de Granada, donde desarrollará toda su trayectoria profesional.

Sus obras de académico fueron premiadas y elogiadas por la crítica coetánea, la mayoría de las cuales fueron llevadas a exposiciones nacionales y adquiridas por el Estado. En Montilla se conserva una buena muestra de sus trabajos escultóricos y decorativos, repartidos por las distintas iglesias, edificios públicos y casas particulares de nuestra ciudad.

Manuel Garnelo y Alda falleció el 4 de mayo de 1941 en Loja (Granada), ciudad natal de su segunda esposa, y el mismo lugar donde pasó los últimos años de su vida otro montillano ilustre: Gonzalo Fernández de Córdoba, El Gran Capitán.

*Artículo publicado en el Diario Córdoba, el 11 de julio de 2007.